Preguntas

El precio de estar vivo

“¿Cuánto de nuestra humanidad estamos dispuestos a perder para seguir viviendo? ¿Qué hace que una vida siga siendo vivible?”, se pregunta la autora. A veces parecería que vivir es menos un derecho que una deuda heredada pendiente… y un día se dispuso averiguarlo.

TAREAS DE CUIDADO. Desde el movimiento de mujeres se insiste en que debe ser una tarea compartida. Foto: cedoc

“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo” (Friedrich Nietzsche).

Algunos días atrás llamé a Rita, antigua y querida amiga, para saber si luego de pasar uno de los peores años de su vida, seguía recuperándose. Con su invariable ADN chispeante, contestó que estaba muy bien y, ante mi incrédula insistencia, enumeró algunos achaques rezagados, “pero bueno, es el precio de estar viva”, dijo sonriendo.

Fue un disparo a repetición, la frase gatillada había dado en el blanco para explotar en mi desprevenido cerebro.

Sé que toda buena pregunta tiene el poder de desordenar certezas, marcar lo que falta y producir pensamiento.

Esa misma noche dos acontecimientos casuales confabularon en mi ayuda. El primero, un insomnio irreverente permitió que a las 4 de la madrugada buscara a tientas el celular en el piso (duermo en un tatami) para teclear una serie de preguntas que amontonadas sobrevolaban el testimonio del precio que mi amiga estaba dispuesta a pagar para continuar en esta vida.

Segundo el viernes estaría libre de “culpa y cargo” para disponer del tiempo necesario e interrogar amigos y extraños con las trasnochadas devaneos de la noche anterior.

La deformación profesional indicaba construir una muestra heterogénea en edad, sexo ejercido como adquirido, nivel económico social, barrio, educación etc. Ah, también la guerra en Oriente Medio jugó un papel crucial haciéndome acordar del rol que dios tendría en todo esto. El resultado fue un interrogatorio impreso en apariencia “normal” y en esencia truculento.

No existe un “umbral objetivo” de cuánto deterioro físico podemos soportar antes de dejar de ser nosotros mismos o de sentir que la vida 'deja de valer'"

Organicé un formulario con preguntas que debía repartir a mis potenciales  colaboradores, intuyendo rechazos o insultos.
Luego de interminables días de un sol tan implacable que llegué a sentir enemigo, un diluvio con viento huracanado arrasó no solo la pretendida prolijidad de las indagaciones sino también el block que la empapada entrevistadora llevaba en la mano huérfana del pequeño e inservible paraguas que rodaba sin rumbo por la vereda.

Comprobé que la cabeza aunque mojada puede seguir funcionando y en ese instante recordé la frase mantra de mi madre: “No está muerto quien pelea” y, cebada, elegí  la oralidad, práctica que a esa altura debería dárseme espléndidamente.

Por lo tanto decidí, antes de parar a alguien, mejor mirarse en un espejo. Entré en un negocio de ropa, la imagen me acobardo, la conclusión se las ahorro. Me sequé como pude, me peiné con los dedos y salí al toro.

¿La lluvia habría ablandado las almas? El desastre inicial quedó convertido en un éxito moderado, éxito porque alguna gente se detenía, saludaba, y respondía. Moderado porque el 70% huía al escuchar las preguntas.

1.    ¿Cuánto de nuestra humanidad o de integridad corporal estamos dispuestos a perder para seguir viviendo?
2.    ¿Que hace que una vida siga siendo vivible, cuánto sufrimiento puede soportar una persona?
3.    ¿Pensas que vivir no es un derecho, sino una deuda heredada?
4.    ¿Crees que la identidad está anclada en la autonomía: moverse, hablar, decidir sin ayuda?

Así arranque y debo decir que no solo ellos fueron los sorprendidos. En realidad la nota se convirtió en el testimonio de un primer fracaso, el mío, por apostar a una idea que terminó fallida. 

¿En qué me equivoque? Lo sé con certeza. Creí poder especular con los límites, evaluar, inferir y lo cierto es que no existe un “umbral objetivo” de cuánto deterioro físico podemos soportar antes de dejar de ser nosotros mismos o de sentir que la vida “deja de valer”.

El límite no es solo cuanto sufre el cuerpo, sino si aun sentimos que la vida tiene sentido y sobre todo los vínculos que nos unen a ella. Decidir hasta cuándo seguir no es solo una cuestión de dolor físico. Es una negociación entre dignidad y dependencia, entre deseo y agotamiento, entre la propia voz y el entorno.

Cuando el mundo nos decreta irrelevantes, simbólicamente nos están mutilando"

No dejamos de ser nosotros cuando el cuerpo falla. Dejamos de serlo cuando no hay nadie —ni siquiera uno mismo— dispuesto a sostener esa identidad.

El cuerpo puede limitarse, pero lo que no puede desaparecer es el reconocimiento. Cuando el mundo nos decreta irrelevantes, simbólicamente nos están mutilando. Fue así que sin que haya existido una decisión consciente mis interrogantes desviaron su rumbo.

¿Qué cambió? Las preguntas cambiaron impulsadas por una realidad hoy tan devastadora como pertinente.

No dejamos de ser nosotros cuando el cuerpo falla. Dejamos de serlo cuando no hay nadie —ni siquiera uno mismo— dispuesto a sostener esa identidad"

¿Cuánto cuesta sostener un cuerpo con vida? O ¿Cuál es el precio de estar vivo?  Descubrí que estar vivo no es gratis.Comer, habitar, trasladarse, enfermar, todo tiene precio.

El cuerpo como organismo consume sus propios recursos. Somos administradores de una cuenta regresiva. Cada decisión es un intercambio, tiempo por supervivencia.

 Pareciera que lo decisivo no es cuánto cuesta vivir, sino quién puede pagarlo. El valor de la vida es una construcción política que se dirime todos los días, no todas las vidas valen lo mismo para el sistema. La  clase social, el género, la edad, todo influye.

Hoy pareciera que una determinada vida puede ser cuidada o descartable, sobre todo para un Estado cada vez más ausente.

El valor de una vida se revela en márgenes, un indigente no muere solo por su destino, sino por falta de decisión, el Estado no falla: elige.  Y lo que no se reconoce no se protege.

Hay vidas premium y vidas low cost, irrelevantes, donde se desliza un engaño agazapado: el fracaso es personal (no te esforzaste o sacrificaste lo suficiente), nunca es estructural. Así no solo pagas la cuenta, también cargas con la culpa.

Algunos, más afortunados, deseamos más de lo que necesitamos, esto encarece la vida, otros necesitan más de lo que pueden siquiera desear. No se trata sólo de sobrevivir, es querer vivir, derecho que hoy parece repetidamente negado. 

Volviendo al inicio, para relajar un poco, creo que Rita colgó el teléfono confiada en haberme tranquilizado; dadas las circunstancias, pienso: ¿imaginamos lo que una frase espontánea puede generar en el otro? En tren de recordar refranes le diría: “Rita, no te preocupes, no hay comedido que salga bien”.


* socióloga, actriz, streamer