La contundente derrota del ultraderechista Viktor Orbán, tras 16 años en el poder en Hungría, supone -en términos más amplios- un triunfo para el proyecto y el modelo de la Unión Europea (UE), que el país integra desde 2004.
Más que un crítico de la UE, Orbán fue el principal exponente de un proyecto europeo alternativo abrazado por otras derechas del bloque: discutía las decisiones de Bruselas y bloqueaba su funcionamiento, pero sobre todo puso en debate el modelo mismo, sobre qué es Europa y quién la define.
Su argumento central era que el avance de la UE suponía el retroceso de los Estados nacionales. Y en nombre de esa “soberanía”, consolidaba puertas adentro un esquema personalista y autoritario promoviendo una “democracia iliberal”: menos controles, menos pluralismo, más poder concentrado.
La apuesta de Orbán fue más profunda que una típica agenda conservadora. Frente a una Europa de derechos y diversidad, opuso una idea de comunidad basada en nación, raíces culturales y tradición cristiana. No se trató solo de un desacuerdo normativo, sino de un intento de redefinir el núcleo cultural del proyecto europeo.
Sus restrictivas políticas migratorias, su persecución de la comunidad LGBTI y el deterioro del estado de derecho marcaron un quiebre con la UE. Orbán reconfiguró el espacio público cercando y deslegitimando a la prensa independiente para reducir los márgenes de disenso. Bruselas leyó en todo ello una deriva autoritaria.
Pero el líder ultraderechista operó hábilmente dentro del sistema y llevó su lógica al límite aprovechando una regla clave de la UE: la unanimidad en temas de alta sensibilidad. Así, con su solo veto, Hungría pudo frenar o condicionar decisiones estratégicas del bloque sin necesidad de abandonarlo, actuando desde dentro.
Entonces, la UE respondió con sus propias reglas: retuvo 18 mil millones de euros de fondos comunitarios a un gobierno que, desde la invasión de Ucrania en 2022, insistía en cuestionar decisiones clave de la UE, como el congelamiento de activos a la Rusia de Vladimir Putin, aliado y sostén de Orbán. La dependencia húngara del bloque acentuó la crisis económica del país y terminó pesando en las urnas.
La derrota de Orbán, ante un conservador católico y nacionalista pero tolerante como Péter Magyar, no es solo un dato local. Se inscribe en una serie de reveses de las nuevas derechas en Europa, avances que empiezan a chocar con sus propios límites, liderazgos que pierden impulso y electorados más volátiles.
Los ciclos políticos globales están en revisión y América Latina no está al margen: también aquí está en juego qué modelo se construye y quién lo define. Porque cuando el mundo corrige, quedarse quieto también es una forma de error.