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El fin de las negociaciones bilaterales: un gran pacto regional para Oriente Próximo

Solo un marco regional integral que resuelva los focos de conflicto y la cuestión palestina podrá garantizar una paz duradera y una arquitectura de seguridad estable en la región.

libano
Residentes desplazados pasan en coche junto a un edificio destruido mientras regresan a la ciudad libanesa de Nabatieh, el 17 de abril de 2026. | AFP

El colapso de la primera ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán, mediada por Pakistán, no debería haber sorprendido a nadie. Las posiciones atrincheradas de ambas partes y la retórica de línea dura hacían improbable cualquier progreso significativo desde el principio. Se dice que una segunda ronda de conversaciones está a pocos días de distancia, pero también está destinada al fracaso. El regateo bilateral no logrará la paz, pero un marco regional integral podría hacerlo.

Cualquier acuerdo viable debe alcanzar dos objetivos simultáneamente. Debe sentar las bases para una paz duradera y, al mismo tiempo, permitir que cada bando presente el resultado como un éxito en su propio país. Este delicado equilibrio se complica aún más por la influencia indirecta pero decisiva de actores externos, muy especialmente Israel.

Fundamentalmente, la crisis actual no está impulsada por una única disputa, sino por la convergencia de cuatro líneas de fractura: el estrecho de Ormuz, el programa nuclear de Irán, la ausencia de una arquitectura de seguridad regional y el conflicto palestino-israelí. El progreso en cualquier frente es improbable sin un movimiento paralelo en los demás.

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El estrecho de Ormuz ha surgido como el foco principal de la crisis. Aunque desde entonces ha sido reabierto, el cierre temporal del estrecho por parte de Irán —y el posterior bloqueo naval estadounidense contra los puertos iraníes— puso de relieve tanto su vulnerabilidad como el riesgo de una escalada rápida. Una solución más duradera implicaría situar el estrecho bajo la administración temporal de una coalición de intermediarios de confianza como Turquía, Pakistán, Malasia e Indonesia. Bajo condiciones claramente definidas, podrían desplegar una misión marítima conjunta para restaurar el paso seguro.

Pero tal disposición requeriría que Estados Unidos se comprometa a poner fin de inmediato a las operaciones militares contra Irán, incluidas las realizadas en coordinación con Israel. Irán, a su vez, tendría que garantizar la seguridad marítima y abstenerse de atacar a sus vecinos. Los propios países del Golfo, al haber sido arrastrados a la guerra contra su voluntad, tendrían fuertes incentivos para apoyar dicho mecanismo.

Para garantizar la legitimidad, la iniciativa debe ser respaldada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el apoyo formal de sus cinco miembros permanentes con derecho a veto. Más allá de la estabilización inmediata, este marco podría allanar el camino para un régimen a largo plazo que regule el tránsito por el estrecho, incluyendo mecanismos para compensar los daños relacionados con la guerra a través de los ingresos marítimos.

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Aunque las ambiciones nucleares de Irán siguen siendo un importante escollo, todavía existe una vía para la desescalada, siempre que ambas partes adopten un enfoque recíproco. Irán debería reafirmar su compromiso de larga data de no buscar armas nucleares, y Estados Unidos debería reconocer formalmente el derecho de la República Islámica a la energía nuclear con fines pacíficos. Tal reconocimiento mutuo permitiría a ambas partes reclamar un éxito diplomático.

El Acuerdo de Teherán de 2010 —negociado por Turquía y Brasil en cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica— ofrece un modelo útil. Como ministro de Asuntos Exteriores de Turquía en aquel momento, ayudé a mediar en el acuerdo, que requería que Irán depositara su uranio enriquecido en Turquía a cambio de combustible nuclear para uso civil. Una versión actualizada de ese acuerdo, facilitada potencialmente de nuevo por Turquía o Pakistán, podría proporcionar una base prometedora para renovar las negociaciones.

Una vez establecido un terreno común, la atención puede centrarse en crear una región libre de armas nucleares, incluidas las que posee Israel, abordando así las preocupaciones de seguridad más amplias de la zona. Si bien los llamamientos para que Irán abandone sus capacidades de misiles balísticos tras los sostenidos ataques de EE. UU. e Israel no son realistas, el progreso sigue siendo posible. El reto principal reside en abordar los conflictos por delegación (proxies) y la ausencia de un marco de seguridad compartido.

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Esta cuestión no puede resolverse únicamente mediante negociaciones bilaterales entre Estados Unidos e Irán. La creación de una arquitectura de seguridad regional de múltiples niveles requiere, en primer lugar, pasos prácticos para generar confianza entre Irán y los países del Golfo, con Turquía, Pakistán, Malasia e Indonesia actuando como facilitadores. Una comisión conjunta podría rebajar las tensiones inmediatas mientras se sientan las bases para un acuerdo más permanente.

El segundo nivel es un foro de seguridad regional que reúna a Turquía, Pakistán, Egipto, Irak, Siria, Jordania, Líbano y Yemen, junto con los Estados del Golfo e Irán. Con el tiempo, ese proceso podría evolucionar hacia un diálogo regional estructurado, que conduzca a un equivalente en Oriente Próximo de los Acuerdos de Helsinki de 1975.

Al igual que en la Europa de la Guerra Fría, un marco fundamentado en la transparencia, la moderación mutua y los mecanismos de verificación podría reducir significativamente el riesgo de escalada. El Tratado de 1990 sobre Fuerzas Armadas Convencionales en Europa demostró que incluso las regiones profundamente divididas pueden acordar límites a las capacidades militares cuando se reconoce la vulnerabilidad mutua.

Pero cualquier orden regional sostenible debe abordar la cuestión palestina, ya que la negación de la autodeterminación de los palestinos sigue siendo un motor fundamental de la inestabilidad en Oriente Próximo. La ocupación israelí de Cisjordania durante seis décadas y sus operaciones militares en Gaza han descartado un entorno de seguridad estable. Los esfuerzos por eludir el conflicto, como los Acuerdos de Abraham, solo han alimentado el resentimiento.

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Se necesita urgentemente un nuevo enfoque. A Israel se le debería ofrecer la integración en una arquitectura de seguridad regional, incluyendo la normalización diplomática total y garantías formales, a cambio de reconocer el Estado palestino y poner fin a sus operaciones militares en el Líbano.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que inició su segundo mandato con la esperanza de ganar un Premio Nobel de la Paz, se enfrenta ahora a una elección trascendental. Puede continuar una guerra que carece de claridad estratégica y corre el riesgo de sumir a la región en un caos más profundo, o puede aprovechar la oportunidad para lograr un avance diplomático que culmine en una paz duradera. Al mismo tiempo, los responsables políticos internacionales deberían buscar una iniciativa diplomática coordinada para orientar la política hacia la desescalada.

La reactivación de la Alianza de Civilizaciones —lanzada por Turquía y España en 2005 e institucionalizada posteriormente en la ONU— podría proporcionar una plataforma ideal para tal esfuerzo. Una cumbre de líderes convocada bajo sus auspicios señalaría el compromiso compartido de ir más allá de la gestión de crisis hacia un orden regional cooperativo. Sin un enfoque integral de la seguridad, el actual ciclo de escalada persistirá e se intensificará.

(*) Ahmet Davutoglu es ex primer ministro (2014-16) y ministro de Asuntos Exteriores (2009-14) de Turquía.