Geografía de una nación herida
“Al desmantelar el andamiaje que permitía al hijo del trabajador soñar con la universidad o la propiedad, se está mutilando la movilidad que nos definía como nación”, sostiene el autor. ¿Qué podría liberar a los humildes?
Al nacer nos entregaron un mapa que no solo contenía fronteras, sino promesas. Nos enseñaron que la Argentina era grande, y que esa grandeza no se agotaba en la extensión de la pampa o la bravura de los Andes, sino que se medía en calidad humana; en esa palabra tan preciada del vocabulario que se llama dignidad.
Esa dignidad no era verificable meramente con el acceso a bienes de consumo, sino que se desarrollaba en el sesgo de una Argentina que a su manera construyó un ideario nacional, basado en la cultura, el honor personal y el patriotismo; pero no desde una visión anacrónica, sino desde el quehacer de una soberanía: algo que simbolizara la cohesión de estar orgullosos los unos y los otros. Había un sistema para lograrlo, la democracia, entendida no desde la fría institucionalidad, sino como el ejercicio legítimo de una libertad de conciencia. Una libertad que no se agota en el rigor exacto del texto de las leyes, sino en la vía de una sociedad que nos permita alcanzar la meta de tener un techo, un ingreso que permita comer y recrearnos, y un tiempo para dignificarnos con el bienestar y el descanso.
Hoy, sin embargo, asistimos a una metamorfosis donde las categorías políticas han sido reducidas a un álgebra de exclusiones. Bajo la gestión de Javier Milei, se nos propone un trueque perverso donde la libertad se mide en la mera formalidad del texto mientras se degrada la calidad institucional y se fractura la cohesión social. Se nos pretende convencer de que somos más libres mientras se desguaza el contrato que nos hacía comunidad, ignorando que si una persona debe trampear el destino y trabajar dieciocho horas diarias para que los suyos apenas alcancen un plato de comida, esa persona no es libre por más que se le permita ir a votar a las urnas.
El Estado debía equilibrar la balanza allí donde la intemperie del mundo golpea más fuerte"
La libertad, cuando se despoja de su piel humana para volverse una cifra gélida, se convierte en un espejismo para los más humildes; pretender una carrera justa en un campo minado por la pobreza es, en el mejor de los casos, una ceguera voluntaria y, en el peor, una crueldad planificada que utiliza el hambre como combustible.
En esta arquitectura de la desolación, el concepto de igualdad social ha sido denunciado como un extravío y la equidad como un lastre para un progreso que nunca termina de derramar. Se olvida que la igualdad no es la uniformidad gris, sino la plataforma mínima de la condición humana: la garantía republicana de que nadie sea tan poco como para ser invisible, ni nadie tan mucho como para ser ley por sí mismo.
La equidad debería funcionar como el brazo sensible de la justicia, esa capacidad de reconocer que para que la libertad no fuera una ironía cruel, el Estado debía equilibrar la balanza allí donde la intemperie del mundo golpea más fuerte. Al erosionar estos pilares, el gobierno actual no solo afecta los números, sino que hiere de muerte la mística de lo que significa ser argentino: ese orgullo de no dejar a nadie atrás, esa convicción de que el triunfo de uno solo carece de sentido si se construye sobre el naufragio de los muchos.
En ese sentido, el trabajo, en esa Argentina que recordamos, no era un mero intercambio de fuerza por moneda, sino el gran ordenador de nuestra cosmogonía cotidiana. Era el rito que otorgaba al hombre y a la mujer su lugar en la asamblea de los iguales; no se trabajaba solamente para sobrevivir, sino para fundar.
Había en el oficio una liturgia de pertenencia que permitía transformar la realidad y, en ese acto, transformarse uno mismo en un ciudadano con derecho al futuro. Sin embargo, cuando la libertad se divorcia de la justicia, el trabajo se degrada en servidumbre. Hoy se nos pretende vender la autoexplotación como autonomía, ocultando que un ser humano encadenado a la fatiga perpetua ha perdido la soberanía sobre su propio destino.
La dignidad del trabajo reside en el equilibrio, en ese espacio sagrado donde el esfuerzo encuentra su sentido en el bienestar y el descanso. Sin ese remanso, la vida se vuelve un mecanismo circular de carencias, y la democracia se marchita: porque no puede haber pensamiento crítico allí donde el agotamiento ha confiscado la palabra y la urgencia ha sitiado la imaginación.
Esta degradación del trabajo como ordenador social no es un accidente, sino el síntoma de una visión que entiende al ciudadano como un recurso contable y no como un fin en sí mismo. En la Argentina que nos legaron, el ascenso social no era una anomalía estadística, sino la consecuencia lógica de un sistema que protegía la capacidad de ahorro y la proyección de vida de las familias
Hoy, al desmantelar el andamiaje que permitía al hijo del trabajador soñar con la universidad o la propiedad, se está mutilando la movilidad que nos definía como nación. La equidad ha sido reemplazada por una meritocracia de supervivencia, donde se ignora que la verdadera competencia solo es justa cuando el punto de partida no está dictado por la carencia extrema, sino por un Estado que garantiza un piso de humanidad compartido.
Asimismo, debemos entender que la libertad es también el derecho a la soberanía sobre el propio tiempo. Una sociedad que obliga a sus integrantes a vivir en un estado de emergencia perpetuo les está robando la posibilidad de habitar el presente. La libertad de conciencia, ese pilar democrático, se vuelve imposible cuando no existe el remanso necesario para la reflexión y el intercambio de ideas. Si la política se desprende de su compromiso con la igualdad de oportunidades y la protección del bienestar, deja de ser el ejercicio de la soberanía para convertirse en la fría gestión de un desierto. Recuperar el tiempo para la recreación, para el estudio y para el abrazo familiar no es una concesión graciosa del poder, sino la condición indispensable para que un pueblo pueda pensarse a sí mismo y decidir, con plena conciencia, su propio destino.
Reivindicar hoy esa dignidad es un acto de rebeldía contra el cinismo. Es volver a decir que la verdadera liberación humana no nace de un decreto de mercado ni de la desregulación de la indiferencia; nace de la ruptura de las estructuras que condenan al hombre a ser un engranaje de su propia necesidad.
Una libertad que ignora el hambre no es liberación, sino alienación. Para que la Argentina sea soberana, la libertad debe dejar de ser una propiedad privada de los que ya lo tienen todo y convertirse en un acto social de rescate de los postergados. La política, entonces, no puede ser otra cosa que la herramienta para que el humilde deje de ser un objeto de la estadística y se transforme en el sujeto de su propia historia, conquistando el derecho sagrado a la plenitud, al pan y a la belleza.
Esta liberación es, en última instancia, un compromiso con el prójimo. No nos liberamos solos, nos liberamos en comunidad, reconstruyendo los puentes de una ética que ponga a la vida por encima del capital. Si la libertad no sirve para que cada argentino sea dueño de su conciencia y de su destino, sin el látigo del hambre como combustible, entonces es una palabra vacía.
Acaso la Argentina no sea más que eso: una porfía de la luz contra la sombra, un país que insiste en nacer cada mañana a pesar de los naufragios. Debemos volver a la raíz de nuestra dignidad para entender que solo seremos libres cuando el bienestar del otro sea la condición necesaria del bienestar propio, sellando así un nuevo pacto de esperanza que devuelva al pueblo su lugar bajo el sol de la justicia. Al final, después de tanto estrépito y tanta furia, solo nos quedará aquello que supimos construir con los otros, esa invencible arquitectura de la dignidad que es, en definitiva, la única forma verdadera de la inmortalidad.
*abogado
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