En busca del sentido

La humanidad delegada

Decidir, interpretar y anticipar el futuro fueron hasta hace poco parte de nuestra condición. Esas virtudes no desaparecieron, pero perdieron jerarquía desde que somos “usuarios”. “¿Qué tipo de libertad conseguimos y cuáles estamos abandonando al transitar con docilidad el camino del algoritmo?”, nos pregunta el autor. Dónde quedó lo que más nos distingue.

Condición humana. Pensar y tomar decisiones siguen siendo parte de nuestra humanidad. Foto: Pixabay

Buscar una única clave explicativa que logre dar cuenta de nuestra actualidad, un concepto que permita comprender el conjunto de las transformaciones que estamos atravesando, es en rigor una empresa inconducente, cuando no directamente imposible. 

En cualquier época y dentro de cualquier horizonte histórico-cultural, el mundo contemporáneo ha sido y seguirá siendo un cúmulo de complejidades que exceden las síntesis totalizantes. 

Postular una noción capaz de abarcar mutaciones tecnocientíficas, geopolíticas, económicas y subjetivas de enorme densidad puede servir para tranquilizar nuestras conciencias o para intentar lucimientos de sobremesa. Pero de allí a esclarecer efectivamente nuestra comprensión de lo que estamos siendo, la distancia suele ser considerablemente mayor.

Eso no implica, sin embargo, que el pensamiento deba renunciar a su tarea. Entre la búsqueda de la clave definitiva y el silencio pasivo de la resignación existe un amplio territorio intermedio: el de los conceptos tentativos, las ideas cuya potencia debe ser puesta a prueba, las formulaciones que no buscan censurar o clausurar sino fortalecer y enriquecer. 

 

Humanidad delegada

Se trata del espacio para el debate, la polémica, el ejercicio crítico donde se sopesan razones y se intercambian argumentos para intentar reflexionar un poco por encima, un poco por debajo de las estructuras habituales. En dicho espacio pueden aparecer algunas expresiones que, sin pretender funcionar como una explicación holística, colaboran con la tarea de activar la reflexión, nutrir discusiones y habilitar nuevas preguntas. 

Propongo leer en ese registro –esto es, como una idea que, sin pretender ser definitiva, puede colaborar con la comprensión del presente– la expresión “humanidad delegada”. 

Dicha expresión fue esbozada por Tomás Rebord durante el evento de fin de año de Blender, uno de los más importantes canales de streaming, ante un Movistar Arena colmado. Conviene detenerse en ese dato, en primer lugar, por elemental reconocimiento de autoría. 

Pero además porque el contexto de enunciación no es un detalle menor: en su actual nivel de desarrollo, las nuevas dinámicas de transmisión on-line y las nuevas lógicas de conformación de audiencias alcanzan a producir nuevas formas específicas de inteligibilidad de lo social. 

La humanidad acostumbrada a comportarse según los dictados de los algoritmos sigue siendo un resultado provisorio"

Figuras como Rebord articulan discursos con una particular capacidad de interpelación de la experiencia cotidiana. A quienes venimos del mundo académico, no deja de producirnos una herida narcisista el hecho de constatar que este tipo de comunicadores (¿conductores, periodistas, comentaristas políticos, productores de infotainment?) consiguen efectivamente decir algo relevante sobre nuestra época sin pretender hacer teoría ni impostar erudición. 

Y lo hacen, además, con una eficacia simbólica que buena parte de la producción de la intelectualidad comprometida parece haber perdido. No se trata de celebrar ese fenómeno, sino de revisar qué tipo de discursos logran hoy hacerse escuchar, y por qué lo logran. Tomemos, entonces, esa formulación que Rebord apenas desarrolló y, atendiendo al contexto en el que fue dicha, intentemos dotarla de carnadura hasta convertirla en un concepto.

“Humanidad delegada” remite, en primera instancia, a la manera en que la humanidad se piensa a sí misma: sus condiciones de posibilidad, su campo de acción, sus fines. La noción sugiere que una parte sustantiva de aquellas funciones que durante siglos fueron pensadas como propias de lo humano –decidir, narrar, interpretar, anticipar– hoy se transfieren a dispositivos, sistemas y mediaciones que operan con una lógica que resulta opaca a los ojos de quienes se dejan orientar por ellos. 

La delegación, por extendida que esté, nunca cancela por completo la posibilidad de intervenir"

Delegar no significa aquí abdicar de toda agencia, sino ejercerla de un modo indirecto, mediado, tercerizado. Seguimos eligiendo, pero lo hacemos dentro de marcos preconfigurados. Seguimos interpretando, pero a partir de sentidos ya jerarquizados. Seguimos anticipando el futuro, aunque apoyados en cálculos que nos resultan ajenos e ininteligibles. La delegación se presenta como eficiencia, como alivio cognitivo, como promesa de previsibilidad, pero conlleva un efecto silencioso: la progresiva despolitización de decisiones que ya no reconocemos como tales. 

En ese desplazamiento, lo humano no desaparece, pero se reubica; no se extingue, antes bien, se administra. 

La “humanidad delegada” nombra así una forma específica de relación con el presente, marcada menos por la pérdida abrupta de capacidades que por su externalización progresiva. 

No podemos desprendernos de la responsabilidad última"

No dejamos de ser humanos de un día para otro, pero nos acostumbramos a identificarnos como usuarios, como gestores parciales de procesos que ya no podemos (ni queremos) comprender ni menos aún controlar. Tal vez la pregunta más incómoda que esta noción pone sobre la mesa no sea si estamos delegando demasiado, sino si aún somos capaces de reconocer qué tipo de “libertad” estamos consiguiendo y qué tipo de libertades estamos abandonando al transitar con docilidad el camino del algoritmo

La “humanidad delegada” señala, entonces, una condición ambigua: la de una humanidad que continúa actuando, pero que lo hace apoyándose crecientemente en una infraestructura cuyo diseño y objetivos le son ajenos. Y acaso el núcleo del problema no resida en la delegación misma, que es inevitable en sociedades complejas, sino en la naturalización de ese gesto, en el punto en que deja de ser una decisión revisable para convertirse en un destino aceptado silenciosa y alegremente.

Por más que lo intentemos, no podremos dejar de hacernos cargo de nuestra existencia"

Desde esta perspectiva, no se trata sólo de un cambio en las condiciones técnicas de nuestra existencia o en las formas de organización de nuestras sociedades, sino de una transformación profunda en los modos de autocomprensión colectiva. 

Ahora bien, aun asumiendo el tono inquietante de este diagnóstico, la idea de “humanidad delegada” no se agota en una lectura sombría. En ella se insinúa también una posibilidad fértil: pensar la humanidad ya no como un conjunto estable de atributos a actualizar –razón, lenguaje, conciencia–, sino como un resultado históricamente producido y siempre precario. 

La humanidad no como un dato, sino como un proceso abierto, atravesado por tensiones, disputas y recomposiciones permanentes. No se trata, entonces, de medir cuánto nos alejamos de una esencia humana supuestamente dada, sino de interrogarnos por los modos concretos en que estamos siendo humanos aquí y ahora. 

Desde esta perspectiva, incluso una humanidad acostumbrada a comportarse según los dictados de los algoritmos sigue siendo un resultado provisorio. 

Ciertamente, en ese trayecto pueden perderse capacidades, atrofiarse disposiciones críticas, empobrecerse vínculos. Pero ninguno de esos resultados quedará fijado de una vez y para siempre. No hay automatismo histórico que nos condene sin resto. Ese estado de la situación se reproduce porque lo sostenemos, porque lo naturalizamos, porque lo reiteramos cotidianamente. Y del mismo modo podríamos dejar de hacerlo si las prácticas, las decisiones y los marcos colectivos se modificaran. La delegación, por extendida que esté, nunca cancela por completo la posibilidad de intervenir.

De allí que quedemos, en rigor, frente a una buena mala noticia: delegar la humanidad, en sentido estricto, es imposible. Podemos externalizar funciones, tercerizar decisiones, automatizar mediaciones. Pero no podemos desprendernos de la responsabilidad última por los efectos de ese gesto. 

Nos guste o no, seguimos siendo protagonistas. Ningún dispositivo, ningún sistema, ninguna infraestructura puede quitarnos esa condición sin que nosotros mismos colaboremos activa y continuamente en ello. Tal vez haya que leer esta hipótesis en una clave similar a aquella célebre frase ricotera “maldición, va a ser un día hermoso”: no como expresión de optimismo ingenuo, sino como afirmación de que la resignación definitiva es sencillamente un contrasentido.

La dimensión ético-política de la vida humana es irreductible; no entendida como refugio moral ni como patrón de medida, sino articulada como el espacio de resistencia que aparece allí donde descubrimos que, por más que lo intentemos, no podremos dejar de hacernos cargo de nuestra existencia. 

Se mencionaron más arriba los sentidos ya jerarquizados que hoy rigen nuestros modos de interpretar. Durante buena parte del siglo XX, lo que parecía estar en disputa era justamente eso: qué entendemos (y qué deberíamos entender) por política, democracia, justicia, libertad, igualdad. Hoy el escenario se ha desplazado. 

La disputa central ya no es por los sentidos, sino por la atención. La atención se ha convertido en la mercancía por excelencia: allí donde se la captura, se orientan conductas, deseos y expectativas. La distracción dejó de ser un efecto colateral para convertirse en una estrategia de sustracción –de tiempo, de energía, de espacios reflexivos, de capacidad de cultivar el vínculo con los otros y con nosotros mismos. 

En ese marco, hoy la oposición decisiva no es entre tecnología y humanidad, sino entre distracción y construcción de sentidos. Tal vez el desafío ético, político y cultural más urgente de nuestro tiempo consista en recapturar esa atención delegada y reorientarla hacia la producción de lo común.