Los libertarismos son muchos y allí está la cuestión
“La dualidad interna libertaria podría asomar en la Argentina ante el desarrollo del RIGI: unos a favor, porque promueve la inversión al dar garantías a la propiedad privada, mientras para otros sería nefasto un programa impulsado desde el Estado”, sostiene el autor. Cómo lo analiza.
El libertarismo, ¿es rígido y monolítico? Rígido puede serlo, monolítico decididamente no. Así lo que muestra el libro Los individualistas escrito por Matt Zwolinski y John Tomasi. El perfil de ambos es muy interesante ya que son partícipes del movimiento libertario estadounidense, pero a la vez son profesores universitarios, lo cual les permite tomar la distancia necesaria para tener una mirada más amplia y abarcadora del fenómeno.
Zwolinski es profesor de filosofía en la Universidad de San Diego y John Tomasi de ciencia política en la Universidad de Brown. Apelando a la analiticidad académica, ambos distinguen el libertarismo, del liberalismo clásico y del neoliberalismo. Si bien coinciden en algunos autores de referencia lejanos, como Adam Smith y John Locke, en el presente las ramificaciones llevan a divisiones más claras y en algunos casos incompatibles.
Referentes del libertarismo son claramente Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises, Robert Nozick, Ayn Rand, Murray Rothbard, Lysander Spooner y Benjamin Tucker, por sólo citar a algunos. Si bien en el libro no está citado, Richard Stallman, el gran promotor del software libre, podría ser considerado un libertario de izquierda. Sí, es necesario aclarar que hay libertarios que pueden tildarse de derecha y otros de izquierda. No es fácil el tema.
El libertarismo muestra rigidez teórica extrema en ciertos temas, pero al ser muy heterogéneo y no tener una organización unívoca, lleva a que carezca de una implementación precisa de sus principios en el caso de actuar sobre el terreno.
El libertarismo parte de dos principios inamovibles: 1) desconfianza frente a la autoridad y al Estado; 2) respeto y resguardo intransigente de corte moral hacia la propiedad privada. A partir de allí se despliegan numerosas corrientes diversas que pueden llegar a oponerse entre sí.
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El problema de los libertarios es, por tanto, pasar del plano teórico a la plasticidad que requiere la acción concreta. Como ejemplo los autores citan que, frente a una manifestación de inmigrantes o de una minoría étnicade personas que protestan ante una persecución estatal, un grupo libertario puede apoyar enfáticamente a dicha movilización, mientras que otro grupo, con el mismo énfasis, puede apoyar una represión policial ante la posibilidad de que la movilización genere daños a la propiedad privada. Ambos grupos no dudan de su libertarismo.
Asimismo, hay una heterogeneidad de base desde la geografía. Un libertarismo nace en Europa, mientras que otro lo hace en Estados Unidos. Ambos en el siglo XIX. La corriente europea pone el foco en su resistencia frente al igualitarismo creciente que generan los movimientos obreros y la construcción de estados con mayor capacidad de involucrarse en la vida cotidiana, mientras que la vertiente estadounidense se activa en la lucha contra la esclavitud.
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La rigidez teórica libertaria suele fundir moral con acción. Si la economía o la política no pueden distinguirse de la moral esto implica que la postulación libertaria adquiera tintes jacobinos, inflexibles. Siguiendo esta línea de razonamiento, el libertarismo tiene puntos de conexión con el leninismo. Como afirman Zwolinski y Tomasi “el libertarismo, por tanto, no aconseja una reforma gradualista, sino una revolución radical”.
Un supuesto generalizado sostiene que los libertarios apoyan a los empresarios. Esto no es un principio universal. El empresario es aquel que concibe, crea y gestiona una actividad económica rentable al margen de todo apoyo o subsidio estatal. Así lo sostiene uno de sus adalides, Murray Rothbard. Si una actividad económica recibe algún tipo de subsidio o beneficio impositivo, ventaja en materia de leyes laborales o un estímulo para radicar empresas en alguna región específica, esto sería un atentado al libre desempeño de las fuerzas productivas.
La dualidad interna libertaria podría asomar en la Argentina ante el desarrollo del RIGI: unos estarían a favor porque promueve la inversión al dar garantías a la propiedad privada mientras que otros lo podrían considerar nefasto ya que es un programa impulsado desde el Estado.
Otro caso sobre la cuestión de la propiedad privada. Lysander Spooner, libertario estadounidense, encuadraba al derecho de propiedad intelectual dentro de los tipos de usura. El respeto al derecho de propiedad tiene sentido en la medida que el bien es escaso. Las ideas no lo son. Imponer el derecho a la propiedad intelectual supone una intromisión estatal inaceptable sobre la libertad de expresión y de pensamiento.
Para finalizar, el libertarismo es un movimiento con rigideces en la cúspide y con una gran diversidad potencial de implementación en el llano de sus principios.
Por lo tanto, de un gobierno libertario puede esperarse un abanico muy amplio y por momentos contradictorio de implementación de políticas públicas. Como decía Tato Bores, “mis queridos chichipíos, vermouth con papas fritas y ¡good show!”
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