Milei en España: mucho ruido, pocos aliados y un fracaso difícil de disimular
Llamó “impresentable dictador” al Presidente de España y sus agravios terminaron desplazando el verdadero propósito comercial de su visita. El rey Felipe VI rechazó su visita y otros políticos lo evitaron. ¿Qué ganó Argentina?
Javier Milei llegó a España dispuesto a vender su revolución económica y presentar a la Argentina como una oportunidad excepcional para los inversores. Pero su visita dejó una imagen bastante menos alentadora: pocos aliados, escaso respaldo institucional y una confrontación política que terminó eclipsando cualquier propuesta económica.
El problema no fue solamente lo que dijo, sino cómo lo dijo y desde qué responsabilidad institucional lo hizo. Milei parece olvidar que, cuando viaja al extranjero, no representa únicamente a sus seguidores. Representa a la República Argentina y a millones de ciudadanos que no tienen por qué pagar las consecuencias de sus enfrentamientos personales.
En Madrid volvió a atacar a Pedro Sánchez, al que calificó de ladrón e “impresentable dictador”. No hace falta simpatizar con Sánchez para considerar semejante comportamiento una falta de respeto institucional. La crítica política es legítima; el insulto entre mandatarios es otra cosa.
Sectores de la prensa española cuestionaron sus formas. No se trataba de defender al socialismo, sino de exigir el respeto y la educación política que corresponden a un jefe de Estado. La mala educación no es sinónimo de firmeza, ni el maltrato constituye una estrategia diplomática.
Milei consiguió que sus agravios desplazaran el verdadero propósito de su visita. En lugar de hablar de inversiones, empresas y oportunidades comerciales, buena parte de la discusión terminó girando alrededor de sus provocaciones.
La recepción política tampoco fue una demostración de respaldo, pocos políticos españoles se ¨embarraron¨ cerca de Javier Milei, solo Isabel Díaz Ayuso fue prácticamente la única dirigente relevante que lo recibió personalmente.
Santiago Abascal, su aliado ideológico, participó mediante una videollamada desde un automóvil. Alberto Núñez Feijóo, por su parte, mantuvo distancia. Felipe VI también rechazó el pedido de Javier Milei, para ser recibido durante su visita. La negativa del mandatario argentino a reunirse con Pedro Sánchez, era una condición que, según el protocolo institucional exigía el rey antes de reunirse con Milei
Mucha fraternidad ideológica en los discursos, pero poca disposición a compartir los costos políticos de semejante espectáculo.
Lo más paradójico es que Milei terminó ofreciéndole al PSOE una oportunidad electoral. Los socialistas pudieron asociar a la oposición con los excesos del presidente argentino, incluso a Nuñez Feijóo, que evitó en todo momento reunirse con él.
Milei llegó para incomodar a Sánchez y pudo haber terminado regalándole un argumento político que el socialismo necesitaba desesperadamente.
Pero la cuestión verdaderamente importante no es quién ganó o perdió en la política española, sino qué ganó la Argentina.
España y Europa conocen demasiado bien la inestabilidad argentina. Sus empresas han soportado crisis, incumplimientos y cambios arbitrarios en las reglas de juego.
Resulta contradictorio pretender atraer capitales españoles mientras se agravia al Gobierno de España. Los empresarios no necesitan compartir las convicciones de Milei. Necesitan garantías de que sus inversiones estarán protegidas, independientemente de quién gobierne.
También sería recomendable moderar el entusiasmo por exportar un modelo económico cuyos beneficios sociales todavía deben consolidarse en la Argentina. La estabilidad macroeconómica importa, pero debe traducirse en crecimiento, mejores salarios y oportunidades reales. Antes de ofrecer recetas al mundo, convendría demostrar que funcionan de manera duradera en casa.
Milei puede acumular titulares, aplausos y notoriedad internacional. Pero la notoriedad no significa prestigio, ni la provocación equivale a liderazgo.
Seguramente regresará satisfecho por la repercusión de sus discursos y el reconocimiento de quienes comparten sus ideas. Sin embargo, el balance de una visita presidencial exige bastante más.
No corresponde utilizar los recursos del Estado argentino para intervenir en las disputas partidarias españolas. Lo que habría que conocer es qué inversiones consiguió, qué compromisos dejó encaminados y qué beneficios concretos obtuvo la Argentina.
El presidente parece sentirse cada vez más cómodo en la confrontación ideológica que en la construcción de acuerdos. Y esa diferencia no es menor para un país que necesita recuperar credibilidad internacional y atraer inversiones.
La visita a España dejó un sabor amargo. Milei regresará con mayor protagonismo personal, pero sin que todavía esté claro qué ganó la Argentina. Y esa es una explicación que, más allá de los aplausos y las controversias, el presidente debería ofrecer a los argentinos.
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