En diálogo con Canal E, Diego Szwarc, ingeniero agrónomo y especialista en protección vegetal del INTA en Reconquista, advirtió que la chicharrita del maíz vuelve a ganar protagonismo y requiere un manejo integrado para reducir pérdidas productivas.
La chicharrita del maíz volvió al centro del debate agropecuario tras la fuerte epifitia registrada en la campaña 2023-2024. Según explicó Szwarc, se trata de un insecto vector que transmite enfermedades que provocan el denominado complejo del achaparramiento del maíz.
“La chicharrita del maíz es un insecto de importancia agronómica para el cultivo”, afirmó. Y detalló: “La importancia radica porque transmite o es un insecto vector de enfermedades que le causan un complejo que se conoce como el complejo del achaparramiento del maíz”.
Si bien en la campaña 2024-2025 su presencia fue más habitual y concentrada en zonas endémicas, el especialista alertó que en la actual temporada se observa un incremento en las detecciones en trampas y cultivos. No obstante, aclaró que no basta con detectar el insecto: “La sola presencia de la chicharrita, si bien es importante, no es solamente el único factor determinante”. También influye cuántos individuos portan el patógeno y su capacidad de transmisión.
Impacto en el rendimiento y tranquilidad para la población
El efecto sobre el maíz depende del momento de infección. “Es mucho más severo cuanto más chica o más joven la planta de maíz se enferma”, explicó. El período crítico se ubica entre las dos y las ocho o diez hojas: si el contagio ocurre allí, las pérdidas pueden ser muy altas e incluso derivar en mortandad de plantas, como ocurrió en 2023-2024.
En cambio, cuando la infección se produce en estadios más avanzados, el impacto es menor. “Cuanto más tarde, el impacto es menor”, resumió.
Ante la preocupación social, Szwarc llevó tranquilidad: “Es una enfermedad específica del cultivo de maíz y no se transmite al ser humano”. El daño es exclusivamente productivo y no implica riesgos para el consumo.
Cambio climático y manejo integrado
Consultado sobre el contexto climático, el ingeniero observó una tendencia clara: “Lo que se observa es un incremento en la variabilidad climática”. Según explicó, el cambio climático no implica solo más calor o más lluvias, sino mayores vaivenes entre extremos, con inviernos templados seguidos por otros muy rigurosos y variaciones marcadas en precipitaciones.
Frente a este escenario, descartó la erradicación como estrategia. “No se habla de erradicación, no se habla de eliminar una plaga, sino de tratar de manejarla para mitigar las pérdidas”, sostuvo.
El eje central es el manejo integrado. Por un lado, el mejoramiento genético hacia híbridos más tolerantes. Por otro, prácticas culturales como el vacío sanitario invernal para eliminar el “maíz voluntario”, hospedero exclusivo del insecto. “Es una práctica fundamental para reducir la población de chicharritas”, explicó, comparándolo con el descacharrado para prevenir el dengue.
Además, recordó que la chicharrita —cuyo nombre científico es Dalbulus maidis— coevolucionó con el maíz y forma parte del ecosistema: también es alimento de insectos benéficos.
Así, la clave no es eliminar, sino equilibrar. Tecnología, genética y manejo agronómico serán determinantes para minimizar el impacto de una plaga que volvió a encender alertas en el agro argentino.