martes 28 de junio de 2022

Acuerdismo

12-02-2022 23:55

La normalidad argentina tiene dos rasgos: el deterioro y la repetición. No han mejorado las condiciones de los más pobres y han empeorado las de amplios sectores de capas medias. Eso dicen los números que organizan sociólogos y economistas de diferentes persuasiones ideológicas. Es difícil acallar un sentimiento de decadencia. El país, en el curso de un siglo, pasó de la promesa, que atrajo oleadas de inmigrantes españoles e italianos, al fracaso que evitan quienes averiguan el precio de un pasaje a Barcelona. Lo que va de ayer a hoy.

Cuando explotan las noticias sobre consumo de drogas, es difícil sorprenderse. No hay que ser un experto para intuir que un camino con salidas mezquinas y mezquinas oportunidades conduce a la desilusión y, salvo que una voluntad subjetiva, social y política pueda aplicar a fondo sus recetas, conduce a la desesperanza que pronostica frustradas historias de vida.

Mientras tanto, la política no encuentra una forma de volverse audible para los centenares de miles que transitan el camino de la decadencia personal y social. La critica al Gobierno puede compartirse, y puede ser una posición valiosa, aunque no una solución. La política actual parece tener muchas más posiciones que soluciones.

Y, sobre todo, carece de liderazgos. Habría sido difícil una salida de la dictadura como la que se logró a comienzos de los 80 sin dirigentes como Raúl Alfonsín o Saúl Ubaldini. No necesitaban acordar entre ellos todos los puntos de un supuesto programa, ni seguir la misma hoja de ruta. Era suficiente con que tuvieran la potencia de ser escuchados por las masas que quedaban en disponibilidad y coincidieran en un par de reclamos básicos.

La política actual parece tener muchas más posiciones que soluciones

Tanto Alfonsín como Ubaldini lo lograron, y no necesitaron para eso coser los hilvanes en el orillo de un minucioso decálogo, ese tipo de programa que no se cumple, sino que se escribe sabiendo que después llega el momento decisivo donde la relación de fuerzas y la realidad imponen cambios. Alfonsín y Ubaldini se enfrentaron a menudo sin que eso hiciera peligrar el acuerdo democrático con que comenzamos una nueva etapa en los 80.

Debate vs. coincidencia. Por suerte, en aquellos años no estaba tan de moda decir que mucho se solucionaría si todos nos poníamos de acuerdo. Por el contrario, también compitieron duro Alfonsín y Luder en la elección y hubiera sido patético que se exhortaron mutuamente a lograr un acuerdo sobre temas como el juicio a los dictadores, hecho fundador de la democracia sobre el que no había coincidencia sino debate.

El único acuerdo que ambos suscribían sin declararlo a troche y moche era que las Fuerzas Armadas permitieran las elecciones y se retiraran a los cuarteles, lo que no era un logro menor en esa época. Ni Luder ni Alfonsín pensaban lo mismo respecto de cómo debían ser tratados quienes habían gobernado como dictadores del régimen militar. No se hubieran puesto de acuerdo. Y, por cierto, no se pusieron de acuerdo.

Tal desacuerdo no debilitó las posibilidades electorales de ambos dirigentes que encabezaban como candidatos a la presidencia las listas. Hubo elecciones pese a los desacuerdos manifiestos. Y hubo juicio a las Juntas Militares, pese a que sectores dirigentes del justicialismo lo consideraban arriesgado.

Alfonsín y Luder confiaban no en acuerdos poco probables sino en que uno de ellos ganara y el que otro respetara esa victoria. Convengamos que solo a alguien con chapa de ingenuo se le hubiera ocurrido otra cosa. Las elecciones más bien obligaban a  un compromiso implícito: no volver a equivocarse trágicamente provocando la caída del vencedor. Ese compromiso no excluyó decenas de movilizaciones. A pocos se les ocurría que era el momento de cerrar todas las diferencias ni explicar que la función de la política era detener todas las hostilidades. Alfonsín, por otra parte, era un dirigente que no se achicaba ante los conflictos políticos.

A diferencia de los acuerdistas del presente, fue agresivo con quienes consideraba, en muchos casos, enemigos de la República. Durante su gobierno, el sindicalismo peronista dirigido por Ubaldini no estaba dispuesto a bajar banderas para lograr acuerdos que no contemplaran una parte importante de sus reivindicaciones. Hubo arduas discusiones, que Alfonsín no tuvo problemas en continuar con otros sectores a quienes consideraba opositores a la democracia y su programa, como fue el caso de la Sociedad Rural y otras organizaciones agrarias.

El escenario era caliente y los reproches tocaron incluso a la Iglesia, uno de cuyos púlpitos Alfonsín no vaciló en ocupar cuando se vio interpelado por el sermón de un cura. Se subió y le contestó. Se ve que no tenía tiempo para llamarlo y firmar acuerdos sobre todo lo que se dice.

Falsa nostalgia. Evoco esta parte de nuestra historia porque quienes no la vivieron quizás puedan pensar que Ubaldini y Alfonsín se encontraban en Olivos todas las semanas para acordar vaya a saber qué. El actual modo del acuerdismo, que no logra ningún acuerdo económico ni social, es una especie de nostalgia patética de esa época, que se rememora con errores.

La palabra acuerdo perdió su sentido de pacto surgido de una discusión

 

Hoy la palabra acuerdo ha ido perdiendo su sentido de pacto surgido de una discusión donde se gana y se pierde. Un acuerdo no es una suma cero que, como no genera violencia inmediata, parece la mejor solución.

Los acuerdos sin pactos muy discutidos no duran nada. Y también los acuerdos surgidos de pactos pueden romperse cuando las circunstancias de la política internacional o local cambian para alguno de los firmantes. Pocos quieren seguir con lo que no conviene a sus principales objetivos.

Algo de esto debiera saber Alberto Fernández. Sentarse con los lideres mundiales de Rusia o China no implica acuerdo sino un capítulo preliminar, que ojalá traiga buenas noticias. Mejor no olvidar que Putin y Jinping se sientan a diario con variados representantes de la política mundial. Nos guste o no, Argentina es un país de segunda línea en sus diálogos internacionales.

Por eso, la actual popularidad de los acuerdos, muy impulsada por los medios, debería hacernos revisar el pasado para que la lección que allí aprendamos sea solo sobriamente optimista.