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Apuntes en viaje

Año nuevo

El ruido del motor llega a través de la medianera, algo no termina de funcionar, discuten entre ellos, finalmente el equipo no arranca y bajan.

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Año nuevo. | marta toledo

Festejamos el fin de año en la terraza de casa, con amigos. Algo que hicimos siempre, durante muchos años en las distintas casas que habitamos, y que se había suspendido con la pandemia. La última vez, no había sido en la terraza si no en Abasto, bajo los árboles. Yuyo se había robado un pedazo de asado de la parrilla, se rompieron algunas copas, lo de siempre… una amiga llevó las predicciones del 2020 de Ludovica, leímos en voz alta lo que nos deparaba el año según el signo. Ahora nos acordamos: a todos nos vaticinaba viajes, y nos reímos.

Un poco después del brindis, justo cuando estaba por empezar el baile, hubo un apagón. Por Twitter nos enteramos enseguida que es general, toda la ciudad a oscuras la primera hora del primer día del año. ¿Querrá decir algo? A los niños de la fiesta les divierte estar a la luz de las velas que quedaron encendidas luego de que cada uno de nosotros prendiera una y pidiera un deseo. Alguno pone música en su teléfono. Los vecinos con los que estuvimos compitiendo en volumen de música y de voces mientras había luz, intentan poner en marcha un grupo electrógeno. El ruido del motor llega a través de la medianera, algo no termina de funcionar, discuten entre ellos, finalmente el equipo no arranca y bajan, abandonan el espacio aéreo para seguir la reunión abajo, adentro de la casa.

Grillo nos regaló a cada uno un Pikachu de la suerte, chiquito, de goma y con chifle. Jugamos a hacer música con los muñequitos, los chillidos crecen como si acabara de despertarse una banda de cigarras, como si la noche fuera, de repente, la siesta. Las conversaciones, que eran casi a los gritos un rato antes, se suavizan, nos acercamos para hablarle al otro casi al oído, y los que se animan al baile también se mueven despacio. La oscuridad nos serena, nos pone más íntimos.

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Me hace acordar a cuando era chica y pasábamos fin de año en la casa del abuelo, en el campo, sin luz eléctrica. Creo que no llegábamos a la medianoche, que brindábamos antes y nos íbamos a dormir temprano porque al otro día, también tempranísimo, el abuelo empezaba a hacer el lechón o el cordero a las brasas. Nos íbamos a dormir con el olor a ajo y limón del adobo, con el animalito marinándose despacio en la mesa de la cocina, tapado con un paño blanco.

No sé cuánto dura el corte, tal vez una hora, no mucho más. De golpe todo vuelve a encenderse, las lamparitas, la música, desde distintos lugares del barrio, balcones, otras terrazas, ventanas abiertas salen aplausos y expresiones de alivio… la fiesta se pone en marcha de nuevo, los vecinos suben con un karaoke. Se abren botellas, saltan corchos, cuidado los ojos, seguimos charlando, comiendo, después de los dulces volvemos a lo salado, las horas pasan, amanece.

En el video que al otro día nos manda un amigo, estamos todos envueltos por la luz blanca de las siete de la mañana, el cielo está encapotado pues va a llover todo el día a partir de las 12. Los chicos se durmieron así que sólo estamos los adultos, tenemos copas en las manos y bailamos, cantamos fragmentos de las canciones que buscamos en el teléfono: ahora Favio, ahora Gilda, ahora Los Palmeras y así… algunas nos sacamos las sandalias y bailamos descalzas, aunque todavía no dormimos tenemos las caras relajadas, estamos contentos. El video dura un ratito, tal vez un minuto. No se ve en el video pero nos vamos abrazando, nos decimos te quiero, decimos qué bueno estar juntos. Sí, qué bueno estar juntos.