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Bioy y Scherezade

Adolfo Bioy Casares
Adolfo Bioy Casares | Adolfo Bioy Casares

Hace algunos años, mientras simulé trabajar de periodista, almorzaba con mis compañeros y amigos de profesión. Eran encuentros por lo general dichosos: charlas sentimentales, debates de política, quejas por la escala salarial, chismes de oficina. Durante aquella época había aparecido el Borges de Bioy, 1664 páginas asombrosamente fieles a la entonación, de las reflexiones, ocurrencias, réplicas, ensoñaciones del registrado, y a las reflexiones, ocurrencias y respuestas en las que se ejercitaba Bioy en su papel de segunda guitarra o acompañante.  Yo leía ese libro diariamente, con el demorado deleite de ir consumiendo un fruto del tiempo que soñaba inagotable, y noche tras noche, en la lectura solitaria, extraía alguna pieza o cita citable, una perla del humor, la malicia o soberbia vanidosa de ambos hablantes, y que al mediodía siguiente llevaba a la hora del almuerzo. Notablemente, más de uno de mis compañeros de mesa, o de los visitantes ocasionales que se sumaban a la tertulia, habían leído o estaban leyendo el libro, por lo que la cita citable y su anecdotario funcionaban de manera discontinua, a manera de revisión o adelantamiento de algún episodio del “Borges come en casa”, o bien a la manera de repaso, exégesis o glosa. 

Yo leía ese libro diariamente, con el demorado deleite de ir consumiendo un fruto del tiempo 

Esos encuentros duraban, claro está, lo que duraba el almuerzo, tirando a frugal y y estirado en beneficio de las anécdotas por una sobremesa regada con módicos cafés y alguno que otro coñac de baja calaña, ya que tampoco guardábamos en los bolsillos manteca para tirar al techo. Lo que recuerdo es que, aun siendo económico en el suministro de mis citas del anecdotario borgiano, mi libro iba engordando hacia atrás, lo que es un modo poco elegante de decir que las páginas a descubrir en el futuro próximo adelgazaban, amenazando con una terminación que inexorablemente sucedió. No recuerdo bien, porque ese otro texto es inagotable, pero creo que en algún momento sentí lo que sintió Scherezade en las Mil y una noches cuando debía entretener a Sharyar, y fue que ya no había más historias que contar. Por supuesto, Scherezade no pudo menos que seguir (aun en la circularidad) porque su vida dependía de ello. Pero mi lectura había concluido.

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(Una interpolación: cuenta Bioy que Borges asegura o sospecha que el verdadero origen de las Mil y una Noches, la fuente de las fuentes, es el Libro de Ester, texto, para los judíos, externo a la Torá, y para los cristianos perteneciente al Antiguo Testamento. Dios, el gran bibliotecario y editor, tiene la última palabra. Borges no aclara las razones de su hipótesis, solo la enuncia).  

Bien. Lo que quería decir, ahora y para finalizar, son dos cosas. La primera, que las últimas páginas del Borges de Bioy son de una perfección estilística y de una dimensión humana estremecedoras; las palabras tiemblan, se agitan en la constancia del dolor. La segunda, que, una vez que terminé de leer ese libro, renuncié a mi trabajo.