domingo 03 de julio de 2022
COLUMNISTAS Trípticos

Hans Memlinc, el hereje

10-06-2022 23:55

¿Cómo no sumergirse en el mayor de los silencios y arrodillarse (figuradamente) ante el misterio sonoro que guarda su apellido? Líbrenos Dios de la tentación de escarbar en las etimologías y los significados, pero Memlinc suena a la vez a demonio y a santidad, lo cual puede ser un acierto de la naturaleza extrahumana, ya que el cielo es terreno de los valientes y los rebeldes, y como todo lo que existe tiende a caer, no es del todo extraño que alguna parte de las obras de este pintor, al que sus acólitos denominaban el “Beato Angélico del Norte” por considerarlo dueño de una serena religiosidad aristocrática, perdiera una de sus mejores obras a manos de los piratas. 

Suena rara esta avidez de bienes culturales por parte de tales personajes, cuentapropistas y emprendedores del mal  cuyas aventuras hoy entretienen a los lectores, pero lo cierto es que en 1470 Memlinc pintó para los Médicis un gran tríptico con el Juicio Universal (también llamado Juicio Final) y en 1473 lo envió con destino a Florencia, pero la embarcación que lo transportaba sufrió el asalto victorioso de Peter Benecke, corsario de Danzig. El Juicio Universal desapareció en sus manos y el mundo siguió andando; después de algunas idas y vueltas la obra terminó expuesta en la iglesia de Santa María de Danzig, ciudad natal de Benecke, lo que indicaría que Dios es el gran coleccionista y no se fija en los detalles. O tal vez que, por mucho que le haya pasado el Nuevo Testamento por encima, sigue conservando el mal talante del Antiguo, cuando se hacía llamar Jehová. 

Pruebas al canto para reforzar la hipótesis: en su panel izquierdo el tríptico muestra a San Pedro recibiendo, al pie de la escalera de mármol que culmina en el pórtico del noble castillo celestial, a una sucesión de carnales almas bienaventuradas y con perfectas beatíficas caras de boludos; en su panel derecho el cachengue es infernal: los diablillos rojos o pardos (de apariencia indígena y caras de maldad pura) tuestan y pinchan a los condenados mientras los ángeles sobrevuelan contemplando (azorados o excitados) el espectáculo. Finalmente, en su panel central, más amplio, vemos a un ángel alado y provisto de armadura (¿San Jorge?) sosteniendo una balanza donde pesa a los muertos resurrectos para evaluar si les concede por siempre el fuego que no cesa o el aire y sol del Paraíso. No deja de extrañarnos que una balanza permita estimar el peso de una mercancía tanto como la dirección de un destino ultraterreno, lo que a fin de cuentas demuestra que no existe la metáfora perfecta. Y, por supuesto, por encima de San Jorge, con la típica serenidad que depara el tráfico de lo eterno, encontramos al presidente de la Corte Suprema: un Cristo sentado sobre el aro de oro del Universo y con los pies apoyados sobre el mundo, observándolo todo. 

Es tan vívida la sensación de angustia y absoluto que brota del tríptico, tan exacta la impresión de lo completo, que uno tarda un tiempo en advertir que Dios Padre no está en ningún lado, no se lo ve ni se lo intuye en parte alguna de ese tríptico. Ni viejo ni joven ni hecho soplo ni nada.