martes 05 de julio de 2022
COLUMNISTAS historias

Pálido juego

04-06-2022 00:05

No se entiende qué pasaba por la cabeza de Adam Elsheimer a la hora de juntar tanta noche con cuerpos y amenazas de cabezas degolladas, salvo que eso exprese la tendencia alemana a entender al bosque como el mundo misterioso y remoto donde los dioses descienden a garchar, matar y morir en aquelarres de difusa y delicada luminosidad: góticos atenuados. Pero tal vez solo se trataba de los retorcimientos de un alma habituada o resignada a sufrir un matrimonio infeliz.

Su historia es semejante a la de casi todos los artistas de la época. Nace en 1578 en Frankfurt. Primeros maestros: Uffenbach, colorista; Vetter, pintor de vitrales. Hartazgo de la vida provinciana. Viaje a Italia. Venecia-Roma. Toma por maestro a Rottenhammer. Cierre temprano del período de aprendizaje juvenil en 1600, cuando firma sus primeros cuadros. Morirá diez años más tarde, dejando por legado apenas cuarenta obras. No se trata de la avaricia ni de la meticulosidad del obsesivo que apenas termina su tarea rasca la tela con la espátula y empieza de nuevo, fallando de nuevo, cada vez mejor, hasta encontrar el valor supremo en la sarna del fracaso más intenso. En el exilio, Elsheimer vuelve nostálgicamente a revisar el legado de Durero, Holbein, Grunewald y Baldung Grien, gigantes de entonces que hoy son polvo de letras en nuestra retina. El 22 de diciembre de 1606 se casa con Carlantonia Stuart, rubicunda comprovinciana y viuda reciente (su marido anterior, difunto hacía apenas dos meses). A la convivencia se incorpora, en dudosa situación, un flamenco, no se sabe si bailaor o gitano, de apodo Enrico, que tal vez era algo de él o algo de ella (clásicamente, a esa ambigüedad se la legitima bajo la figura parental del sobrino), o quizá era un discípulo. En realidad se trataba de un grabador, llamado Hendrick Goudt, que tras la muerte del maestro terminaría quedándose con muchas de sus pocas obras. Adam y Carlantonia tuvieron un solo hijo, que nació en 1608 y murió en 1609.

Triste, solitario y final de otros artistas perdidos en la noche de sus investigaciones, Elsheimer fue siempre una sombra y un extraviado de sí mismo. Tímido, reservado, melancólico al punto de la postración en la cama sucia que su Carlantonia concedía tenderle en el cuarto más frío y oscuro de la casa, tardaba en comenzar sus encargos y demoraba meses en concluirlos, sin reparar en que Enrico-Goudt, agente autodesignado de su producción, ya los había prevendido y cobrado. Esa escisión temporal terminó por mandarlo a la cárcel, donde subsistió hasta su fin más enfermo y deprimido que nunca. La viuda, consecuente, se casó a los pocos meses de la muerte de Elsheimer. El cronista, piadoso, no consigna si lo hizo con Enrico, con Goudt, o algún otro alegre fantasma o heterónimo.