sábado 02 de julio de 2022
COLUMNISTAS Iconografías

Inclusivo y exclusivo

17-06-2022 23:55

Luego de la perentoria prohibición porteña del inclusivo en los colegios, que tan bien nos hace quedar con las academias de toda laya y tan poco sabe de la evolución de los lenguajes, me acordé del hispánico caso de Zurbarán, que tanto viene a cuento como ejemplo.

Entre los maestros del Siglo de Oro español, junamos menos la vida de Francisco de Zurbarán que las del resto de la escuadra áurea (Velázquez, Ribera, Alonso Cano, Murillo). Hay un contraste involuntario pero ejemplar entre la duración de una obra y la desaparición de quien la ejecuta. Lo curioso es que Zurbarán se inició como firma no firmada de la voluntad de imposición de la Iglesia Católica, y fue su mejor artífice. La pintura como un acto de fe, como documentación de aventuras celestiales, de historias edificantes, de vicisitudes extrahumanas nacidas del éxtasis o la mortificación de la carne. Eso fue Zurbarán y eso hizo para las órdenes monacales: ciclos de telas, retablos, decoraciones en serie para sacristías, refectorios y enteros edificios monásticos. 

¿Y qué hizo Zurbarán con ese asunto, con esos temas? Fue de la Iglesia hasta reventar. La iconografía tradicional era su ley y el decoro su límite. Nada que permitiera una interpretación equívoca. Rezos, muertes ejemplares, la Virgen y el Niño sacándose los corazones para que estos envíen sus rayos iluminadores de los santos. Es que Zurbarán es luz, una luz, una clase de luz aplicada. 

Hay un contraste ejemplar entre la duración de una obra y la desaparición de quien la ejecuta

Después, ocurre lo de siempre: en su momento de mayor gloria, cuando puede ponerse en puntas de pie y otear los panoramas y decir “ni aquí ni allá veo otro pintor que pueda comparárseme”, justo entonces aparece un buey corneta: Velázquez. Y sin buscarlo, la pintura de Velázquez pone límites a la suya, su libertad y sus nuevos códigos denuncian el rasgo transicional de Zurbarán: su sensibilidad moderna constreñida por temas y convenciones antiguas. 

A Zurbarán le queda un resto. Pero ya pinta menos, deja casi todo en manos de sus alumnos. El mundo es ancho y es chancho y es ajenjo, la verde tentación del pecado, solo que él bebe la luz inmaterial de un cielo que se ha perdido. Muere ignorado y pobre en Madrid, luego de haber probado fortuna en Lima y Buenos Aires pintando las cosas impuras que le pedían las oligarquías criollas.