miércoles 26 de enero de 2022
COLUMNISTAS dolores
07-01-2022 23:55
07-01-2022 23:55

Cine disminuido

07-01-2022 23:55

Durante el festival de cine de Nueva York en su edición de 2017, Scorsese presentó One Eyed Jacks, curioso western de 1961, al que Fernando Peña dedica uno de los textos que componen su nuevo libro, Cine maldito (La Tercera Editora). Se trata de la única película dirigida por Marlon Brando, quien también la protagonizó junto a un particularmente glorioso Karl Malden. Hablando, como siempre, al modo de un audio acelerado de WhatsApp, Scorsese aprovechó para adentrarse en las precisiones técnicas del Vistavision, formato fílmico de enorme capacidad de detalle del que One Eyed Jacks es el último exponente. Como el Cinerama, el Cinemascope y el Panavision, el Vistavision cedió ante el avance de nuevos usos que fueron clausurando la vocación expansiva que tuvo la gran pantalla, incluidas las estrambóticas propuestas de tipos como John Waters, Jack Cardiff o William Castel. 

La idea de añadir otros sentidos, además de vista y oído, a la experiencia cinematográfica, denominada Smell-o-vision System, por ejemplo, cobró vida en películas icónicas como Polyester, de 1981, protagonizada por Divine y llena de alusiones olfativas que se acompañaban de tarjetas con olores que cada espectador recibía al ingresar a la sala, o Scent of Mystery (cuyo mérito más grande probablemente sea haber reunido a Liz Taylor y Peter Lorre en el mismo elenco) que ya había recurrido a algo similar en 1960. Incluso un poco antes, Castel había ido más lejos, aunque sin ningún éxito, llegando a sumar nada menos que algo similar a las descargas eléctricas a las butacas para The Tingler, de 1959, con Vincent Price. Los anteojitos 3D, por su lado, son la pieza más famosa de una extensa lista de intentos destinados a exaltar los efectos de una película sobre quien la ve. 

Con la masificación de las tecnologías portátiles, aquella voluntad expansiva se invirtió, llevándose puesto, de yapa, al espíritu comunitario que suponía reunirse en un lugar público a ver una película, hoy en proceso de sostenida disolución. Edison estaría satisfecho al ver que su querido kinetoscopio, primitivo sistema de visualización de imágenes individual, terminó por triunfar, condenando a los que amamos, como Scorsese y Peña, la forma de ver películas típica del siglo XX a un dolor difícil de definir. Un dolor que se agudiza horriblemente cada vez que cruzamos a alguien procurando recrearse en solitario con una película frente a la mezquina pantallita de su teléfono.

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