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El lobo está

Lobo 20240323
Lobo | Unsplash | Milo Weiler

Me gustaría saber cuándo la especie humana descubrió que bajando de los árboles accedería a más y mejores alimentos, y entendió también que la combinación de la cueva y el fuego eran buena protección contra sus predadores. Por ahí leí que hace treinta mil años los lobos advirtieron que arrimándose al calor de la llama tenían posibilidad de conseguir algún hueso con carne sin necesidad de cansarse corriendo tras de sus presas. Sería lindo viajar en alguna máquina del tiempo imaginaria y atestiguar el momento en que el hombre comprendió que no sería atacado por el lobo y el lobo advirtió oscura o luminosamente que se estaba convirtiendo en perro. Esta escena bien podría ser escrita por algún Jack London resurrecto.

En mayo de 1940, hace casi 84 años, en el número 68 de la revista Sur (tapa verde jade), Borges publicó “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”, su cuento más arduo, extraordinario y complejo, que entre otras pretende probar que no hacen falta quinientas páginas para tratar asuntos que pueden desarrollarse en unas pocas. Por supuesto, ese texto demuestra varias cosas más: que la literatura sale de la literatura (en este caso, en este cuento, de “El zapallo que se hizo cosmos”, de Macedonio Fernández); que un autor produce teoría para justificar su propia práctica (Borges dice que no puede escribir novelas y por lo tanto, en el más evidente de los planos, se esfuerza por demostrar que no tiene sentido hacerlo, y al querer probar que la novela es un género rudimentario y saturado de elementos innecesarios, escribe, a su pesar, una novela, ya que nadie puede leer “Tlon” de un tirón, como un cuento más, tal es su poderosa compresión y su riqueza. Es una novela genial, condensada).

Eterno y efímero

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Ahora bien, como muchos otros grandes textos, “Tlon” es un aviso de lo nuevo que desciende como un bólido sobre la literatura, y al mismo tiempo es un oblicuo e inadvertido panfleto político que pone en escena los signos de algo que ya se viene incubando: que la maquinaria general de los relatos impresos sobre nuestra percepción están siendo progresivamente sustituidos por un signo discursivo único: el fascismo. La singularidad radica, me parece, en la convicción borgiana de que un mundo horrible se precipita sobre las conciencias lúcidas (y en su caso a veces liberales, a veces conservadoras, siempre bien pensantes) y que frente a ese horror organizado no puede hacerse más que buscar refugio en su bien más caro, en su cueva más recóndita: la literatura. 

Naturalmente, años más tarde, para Borges el peronismo no será sino el modo particular, localista, de esa catástrofe universal. Acierte o se equivoque en este punto (buscando el justo medio un tío mío me dijo: “Perón era un hijo de puta, pero todos los peronistas que conozco son buena gente”), lo cierto es que no parece haber manera de evitar que a tiempos de mínima esperanza los reemplacen siempre figuras del mayor espanto. Otra de las paradojas que ofrece la Argentina es que aún conserve fuerte apoyo un gobierno cuyo mayor goce se expresa en la expulsión y  supresión del otro por la vía del despido o la expropiación del salario (como si el sueldo no fuera propiedad y derecho del que trabaja para cobrarlo), y que se complace y publicita cada una de esas bestialidades como ejemplo de virtud republicana. No es curioso que el actual mileísmo enardecido y feroz se apropie de formulaciones discursivas del macrismo, que no fue precisamente feliz en la demostración de la verdad de sus metáforas, porque lo que propone no es sino una aceleración de los mismos mecanismos que llevaron a muchos a creer en la promesa de una luz al final del túnel, ilusión que se descubre falsa cuando el crédulo ve que enfrente solo tiene la oscura y dura sombra de una pared contra la que se reventará la jeta. 

Hace un par de años despertó en mí un repentino interés por el autor americano Lovecraft y sus arquitecturas del horror. Lo leí (no voy a entrar hoy en detalle de mis impresiones), pero solo encontré la explicación más cierta de la duración de esa obra que inquieta en el fondo de los espejos cuando escuché una entrevista en la que Mauricio Macri llamaba a combatir a los orcos, esos monstruos que para los “argentinos de bien” son siempre los otros, la bestia que acecha en el umbral. El lobo que quiere ser lobo y vuelve a mostrar los dientes.