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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 8 septiembre, 2019

El tiempo perdido

Todo esto me llevó a hacer cuentas. Leer una novela como las de Child lleva más tiempo que ver su adaptación al cine.

por Quintín

Lee Child Foto: Cedoc
domingo 8 septiembre, 2019

Leo en una entrevista a Lee Child que cuando publica un libro no quiere decepcionar a los lectores. Supongo que a todos los escritores les pasa lo mismo, e incluso a los periodistas. Pero si uno escribe una columna mediocre, el tiempo que se pierde leyéndola es mínimo, mientras que una novela de quinientas páginas ocupa un lugar apreciable en el reloj y hasta en el calendario. Child dice justamente eso: que el problema con los libros malos no es tanto lo que cuestan sino el tiempo que insumen. Aunque, como nos recuerda Benjamin Franklin cada vez que vemos su retrato en un billete de cien dólares, time is money. (También recordé que Franklin hizo un famoso experimento sobre la electricidad usando un barrilete y me puse a pensar en las capacidades voladoras que tiene el billete de cien dólares en estos días).

Todo esto me llevó a hacer unas cuentas. Leer una novela como las de Child lleva mucho más tiempo que ver su adaptación al cine. Quiero decir que el tiempo perdido nunca fue un tema demasiado importante para los espectadores. De todos modos, cuando el cine era parte de una salida, si se agregaban el viaje, los trailers previos (alguna vez el noticiero) y el café o la cena posteriores, el tiempo empezaba a contar. Más tarde, desde la invención de la videocasetera y el delivery, este se redujo de un modo formidable: se podían ver cinco películas en una tarde, lo que alejaba de un modo radical el tiempo de consumo del cine del de la literatura.

Pero después llegaron las series y, por primera vez, el espectáculo audiovisual dio alcance a la lectura. Pensé en el tema después de ver la segunda temporada de Mindhunter, la serie sobre agentes del FBI que investigan asesinos seriales en la década del 70. Fueron nueve capítulos de alrededor de una hora, el tiempo en el que un lector veloz puede devorar una novela y el tiempo en el que se liquidan seis películas de una hora y media: nueve horas son más que suficientes para dar cuenta de la obra de Jacques Tati. O de la de Jean Vigo y la de Víctor Erice juntas. Y, si nos ponemos cholulos, la de Jame Dean y la de Sharon Stone juntos. Alguien podría argumentar que con Mindhunter vi nueve películas, pero los capítulos de las series modernas no tienen la mínima autonomía para contar como films. Y tampoco la temporada entera, aunque por distintas razones: cambio de directores, vaivenes del guión, estiramiento de las tramas, prestaciones rutinarias de los actores. En el caso de Mindhunter, hay que agregar los avances de las temporadas posteriores como otro factor de perturbación a la estabilidad estructural del producto. Por otra parte, las películas más comerciales pueden tener secuelas, pero no están construidas para crear la necesidad de verlas de inmediato, que es como funciona la calculada adicción que producen las series.

Creo haber sido convincente en mi argumentación para disuadir al lector de ver Mindhunter, segunda temporada. Sin embargo, no me hubiera molestado en escribir esta columna después de la primera temporada, que me gustó mucho más. Después de todo, tampoco puedo tirar la primera piedra en materia de refinamiento del consumo: me paso los fines de semana viendo fútbol. Pero los partidos, por suerte, duran noventa minutos. Aunque la idea de temporada viene justamente del deporte.


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