COLUMNISTAS
UN TIEMPO NUEVO

Gramsci y Milei

Apareció un artículo interpretando el triunfo de Milei usando las teorías de Gramsci. Seguramente fue escrito en la máquina de escribir con la que el autor se conecta con internet para leer los artículos de este periodista italiano cuando cubrió los hechos de la revolución soviética. Lo que no toman en cuenta los académicos arcaicos es que pasaron más de cien años desde la llegada del Potemkin a Petrogrado. La clase obrera está siendo reemplazada por robots, las mujeres tienen derechos que habrían sido impensables en la sociedad soviética, ya no existen países gobernados por dictaduras del proletariado, con economías centralmente planificadas. Las siglas PC que usábamos en nuestra juventud para referirnos al Partido Comunista, ahora significan personal computer. Los seres humanos y las sociedades actuales no se parecen en nada a los de 1917, están dando el salto más grande de la historia de la evolución con el desarrollo de la inteligencia artificial y la computación cuántica. Nada de esto se comprende desde los textos de Gramsci.

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| Pablo Temes

Lo ocurrido en las elecciones argentinas de este año, que mencioné como posible hace dos años en esta columna, tiene que ver con el tema que hilvana mis textos: el desencuentro de los occidentales con una democracia representativa que atraviesa una crisis radical. En la sociedad individualista de las pantallas, la mayoría de la gente no quiere ser representada, tiene una actitud irreverente ante todo tipo de autoridad, rechaza al establecimiento en su acepción más amplia, vota por el candidato que menos se parece a los políticos tradicionales. Cuando eligen a un outsider que adopta las poses del poder, reaccionan, sienten que fueron engañados y sus gobiernos se derrumban.

Hemos insistido durante dos décadas, en que en la sociedad contemporánea gana el candidato que interpreta los sentimientos de la gente, y al mismo tiempo es capaz de expresar con sus actitudes sentimientos que mueven a los votantes.

Esta sociedad es distinta de la vertical que conocí en mi infancia. Amo la música formal, pero los electores contemporáneos no se parecen a los melómanos que disfrutamos escuchando en silencio a los virtuosos. Se parecen más a las decenas de miles que asisten a conciertos de rock en los que bailan, saltan, gritan, terminan más agotados que los artistas. Me encanta el rock, pero sé que no puedo pedir a los fans de las bandas, que guarden, entre canción y canción, el silencio que se exige en el Colón, entre los movimientos de una sinfonía.

Para comprender los procesos electorales de estos años, más que leer a Gramsci y Weber hay que estudiar las investigaciones de las ciencias del comportamiento sobre  cómo funcionamos los habitantes de las sociedades horizontales de la posverdad, en las que se licuaron los antiguos valores. Defendemos nuestras tesis con un fanatismo y superficialidad inusuales antes de que existan los algoritmos. Con el mismo entusiasmo con el que los chilenos eligieron a Boric, rechazaron a los pocos meses su proyecto de Constitución.

Erraron quienes creyeron que ganaría las elecciones el que tuviera el mejor programa

Nos acostumbramos a un iempo vertiginoso al que Zygmunt Bauman denominó realidad  líquida. Sabemos que las cosas que tenemos no van a durar mucho y que pronto aparecerán nuevas oportunidades que dejarán obsoletas a las existentes. Esto sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con los bienes materiales, con los otros seres humanos y lo que es más importante, en la relación que mantenemos con nosotros mismos, nuestra imagen, nuestras metas, la evaluación de lo que hacemos y vivimos. Es lo que Bauman llama situación líquida: todo puede cambiar en cualquier rato, estamos signados por lo efímero, tememos fijar algo para siempre.

Los políticos y analistas que comprenden el mundo desde el antiguo paradigma rígido de la Antigüedad, pierden contacto con la gente que vive en la realidad líquida. En una sociedad en la que nos evalúan y evaluamos a los otros con likes, no sirven demasiado las teorías eternas.

Estaban equivocados quienes creyeron que las elecciones las ganaría quien tenga el programa más coherente. Nadie lee ni compara programas. La gente no vota por el que la convence, sino por el candidato que le gusta o que les ayuda a exorcizar a sus fantasmas. La mayoría sabe que las coherencias programáticas son engañosas y no reflejan lo que harán los políticos cuando se enfrentan a la realidad del poder. Quienes propusieron que se necesitaba un ajuste radical que significaría al menos cuatro años de penurias, no llegaron a la segunda vuelta.

También se equivocaron los que demostraban con números que este gobierno nos ha llevado a tener un 100% de inflación anual y una situación económica calamitosa, suponiendo que con eso provocaban una ola de rechazo al oficialismo. La política clientelar obtuvo un triunfo importante cuando el ministro de Finanzas, Sergio Massa, pasó a la segunda vuelta, y estuvo a 3% de ganar la presidencia en la primera.

Ganó las elecciones un candidato que ofreció que la gente no perdería los planes sociales y que el ajuste lo pagaría la casta política. Triunfó Milei quien comunicó transparencia y espontaneidad. De todos los candidatos, fue el que más expresaba sentimientos con un lenguaje corporal franco. Se reía, se emocionaba, gritaba, hacía que sus seguidores tengan ilusiones, era un ser humano atractivo. Lo suyo no expresa solo un estado de animo de la mayoría de los argentinos, sino un fenómeno general.  Por eso, no hay ningún político argentino contemporáneo que haya tenido tanto impacto en el mundo.

Su principal competidor, Sergio Massa, parecía un gerente, proyectó la imagen de un político con experiencia, bueno si se usaban los parámetros del siglo pasado. Si hacemos un análisis frío del debate, Massa apabulló a Milei desde esa perspectiva. Ganó el debate, pero perdió una elección posmoderna en la que la gente no buscaba una estatua, sino un ser humano. Por lo demás Massa no pudo superar, a esa altura de la campaña, el principal problema, que arrastra desde hace años: comunica falta de credibilidad. Cuando la elección se resuelve en una competencia de discursos, es mortal la desconfianza en la palabra del candidato. Puede convencer, no necesariamente reunir adhesiones.

La presentación de Massa, desde la perspectiva tradicional fue impecable. Milei lucía improvisado, desarreglado, poco preparado. En un concurso de oratoria formal, Massa habría sido declarado triunfador por el jurado. Milei fue el líder espontáneo que provocó la solidaridad de la gente común siendo derrotado. El libro de Gladwell “David y Goliat”  tuvo vigencia.

Simbólicamente podríamos decir que Massa estuvo bien presentado, con un frac elegante, listo para una recepción oficial. Milei tuvo actitudes vacilantes, censuradas por los analistas. Su presentación no es la de un líder pedante al que los ayudantes le cargan sus objetos. Aparece con frecuencia con algo en las manos, lleva apuntes a sus intervenciones, no pretende lucirse como los oradores de los viejos tiempos que improvisaban porque se sentían iluminados por su sabiduría. Todo eso provoca una enorme empatía.

Fue un problema de época. Actualmente, los debates no son concursos de oratoria que se celebran en un escenario académico, sino festivales en los que las actitudes formales alejan al artista del público y no se producen los aplausos, que en este caso son los votos. Milei entusiasma a la audiencia como lo hacen los rockstars.

En la segunda vuelta Massa se había posicionado de manera tal que su derrota era inevitable si jugaba como el político tradicional que es. Los votantes que quedaron vacantes, los de Juntos por el Cambio y del peronismo cordobés, eran antikirchneristas. En la segunda vuelta iban a votar en contra de Massa, digan lo que digan los dirigentes del PRO, del radicalismo o del peronismo republicano. La comunicación de la moderna campaña de Milei, que fue muy moderna, los iba a atraer sin necesidad de mediaciones.

Cuando un grupo nuevo llega al poder, pasan meses antes de que la gente interiorice el estilo de las nuevas autoridades. Tanto los medios de comunicación como el círculo rojo, extrañan los rostros y usos de los políticos anteriores, tienen la sensación de que los nuevos no son normales. Se necesitará tiempo para que memoricen los nuevos rostros y los nuevos códigos de comunicación que implantará Milei, si no deja que le pavimenten el espíritu y continúa siendo un león disruptivo.

Pasan meses antes de que la gente ineriorice el estilo de las nuevas autoridades

Su estilo es propio de los liderazgos contemporáneos, trabaja en equipo, reconoce a quienes colaboran con él, como es normal en la sociedad de las redes. Sus seguidores le llaman “el peluca”, se detiene a saludar con la gente y a tomarse selfies. Si quieren convertirlo en un tótem al que le cantan “Milei, Milei, quée grande sos, mi economista cuánto valés”, perderá su personalidad. Esto no significa que no tenga liderazgo, sino que tiene una autoridad más sofisticada.

El equipo de Milei integra a gente joven y valiosa, que trata con naturalidad temas que resultan irritantes para quienes vivimos en Argentina la década del 1970, una etapa en la que los derechos humanos se sentían de otra manera, en un país en el que la Guerra Fría se calentó y produjo miles de muertes.

Javier Milei, Karina Milei, Diana Mondino, Ramiro Marra, Santiago Caputo, y otros que acompañaron al candidato desde un primer momento, supieron hacer una campaña exitosa que consiguió un triunfo electoral inédito. Milei ganó porque fue original, porque supo expresar el sueño de cambio que tienen los argentinos actuales, especialmente los más jóvenes.

Desgraciadamente quedan rémoras de la vieja política. Las empresas de la pobreza, a pesar de usar decenas de millones de dólares para hacer proselitismo, sacaron un porcentaje minúsculo  en las elecciones. Manejan los planes de decenas de miles de personas a las que utilizan para paralizar todo el tiempo a la Ciudad de Buenos Aires. Sin peso real, ya salieron a oponerse al nuevo gobierno de la mayoría, antes de que se posesione. Son la máquina de escribir de Gramsci que enfrenta a una computadora cuántica.

* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.