miércoles 28 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS ENTRE UN LUGAR Y OTRO

Muchos años después

27-08-2022 23:55

Raymond Carver escribió un poema en el que menciona la ciudad de Rosario. Se trata de Cubertería (Cutlery), tal como ha sido traducido en la primera edición completa de su obra poética (Anagrama, 2019) o Cubiertos, una interpretación mejor que realizaron Mirta Rosemberg y Daniel Samoilovich para una guía literaria que publicó hace años la Editorial Municipal de Rosario.

Cuando Carver estuvo en Argentina, en 1984, aún su obra no había sido traducida al español, cosa que hizo Anagrama en 1986, cuando publicó Catedral, es decir, dos años después de aquel viaje a Rosario.

Esta es la razón –ignorancia, sin más– por la cual yo no asistí a esa lectura ya que había sido invitado por una profesora de Letras amiga. Mi memoria ubica el encuentro en el Jockey Club, pero parece que no fue así. Según la poeta y crítica de arte Beatriz Vignoli, la lectura de Carver y su pareja, la poeta Tess Gallagher, fue en el salón de actos del Normal Nacional Superior en Lenguas Vivas. El Jockey entra en juego, de manera errónea en mi recuerdo, porque es uno de los lugares que cita el escritor en el poema.

Vignoli describe a Carver como un personaje gris: “El hombre era como su voz. Todo cuadrado, todo gris. Tenía el traje gris, plano, liso. El pelo gris. La piel gris. Los ojos grises. Unos anteojos verdosos, de miope, enormes, cuadrados”. Ese día, lo que le gustó a Vignoli fue la lectura de Gallagher y no la de Carver, con quien confiesa haberse dormido porque el escritor leyó un cuento monótono en el que el narrador se limitaba a decir “ella dijo”, a lo que seguía una frase del personaje femenino para repetir la fórmula hasta la somnolencia. El cuento, siguiendo las pistas que da Vignoli, es Intimidad y está en último libro de Carver, Tres rosas amarillas (Anagrama, 1989). Intimidad es una narración muy breve que describe el encuentro de una pareja, largo tiempo después de la separación, y que de manera cruda ponen de manifiesto la imposibilidad de desbaratar la soledad a la que fueron condenados los personajes, quizás, incluso antes de conocerse.

Vignoli describe a Carver como un personaje gris: “El hombre era como su voz”

Carver, además de visitar muchos sitios como escritor consagrado, estuvo en Zurich. Tanto la ciudad suiza como Rosario, aparecen en sendos poemas que poco tienen que ver con el lugar como espacio físico, pero mucho como espacio moral. En Rosario la mayoría de las crónicas hablan de la visita del escritor y del poema como prueba de su estancia en la ciudad y no de su sentido. “Hemingway never ate here”, se podía leer hace unos años en el frente de un restaurante de Madrid. Difícil que en Rosario se permitan esa broma.

En Cubiertos, Carver rememora una tarde, pescando en un río de su país, en el momento en el que un gran salmón pica y sale fuera del agua: “Pareció pararse/ sobre su cola. Después volvió a caer y se fue./ Temblando, seguí hasta el puerto como si nada/ hubiera pasado./ Pero había pasado./ Y pasó tal cual lo acabo de contar”.

Esto lo recuerda Carver frente a otro río, el Paraná, en la costa rosarina. Llega a su memoria porque, según describe en el poema, anhela “que algo se levante y salpique./ Quiero oírlo, y seguir adelante”. Carver busca una revelación: la verdad de la belleza o la belleza de la verdad que señala Keats.

En el poema En Suiza, escribe Carver que en Zurich solía ir en tranvía hasta el cementerio para fumar ante la tumba de James Joyce y escuchar el rugido de los leones del zoo vecino. Cuando éramos niños, en Rosario, nos gustaba ir al Parque Independencia, donde entonces había un zoológico, para aguardar en las inmediaciones el rugido del único león que había allí en cautiverio.

En Zurich, en este entorno, el poeta reflexiona: “Todos nosotros, todos nosotros, todos nosotros/ intentando salvar/ nuestras almas inmortales por caminos/ en algún caso más sinuosos y misteriosos/ aparentemente/ que otros. Estamos/ pasándolo bien aquí. Pero con la esperanza/ de que todo me sea revelado pronto”.

En Rosario, aquellos niños, casi adolescentes, a principio de los 70, mientras escuchábamos al viejo león rugir, también alimentábamos la esperanza de que todo nos fuera revelado. Todos seguimos esperando, aún, muchos años después, “que algo se levante y salpique”.

*Escritor y periodista.