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Asuntos internos

No recomienden libros

La recomendación de libros es una de las pocas actividades humanas en las que uno confía sin reservas en que los demás se parecen a uno. Nadie le recomendaría un restaurante a cualquiera antes de saber si el sujeto en cuestión es vegano, alérgico a la lactosa o carnívoro. Sin embargo un libro sí. Como si las horas que uno pasó leyendo fueran una moneda universal, aceptada en todos los países. Como si bastara con haber disfrutado algo para garantizar que el otro va a disfrutar igual.

Cada vez que alguien recomienda una novela en internet a miles de desconocidos ocurre un pequeño milagro de irresponsabilidad. Ignora qué les gusta, qué les repugna, qué libros abandonaron en la página veinte y cuáles terminaron por obstinación, compromiso u obligación. Y aun así recomienda con una seguridad admirable o alarmante. “Tenés que leerlo”, dicen, y ese tener que, aplicado a una persona cuya existencia acaban de descubrir, merecería por lo menos una explicación.

La relación con los libros es demasiado privada para admitir semejante liviandad. Tengo amigos desde hace treinta años a los que aún no me atrevería a recomendarles nada, ni un libro ni un restaurante. Conozco sus gustos, pero también sus manías, sus distracciones y sus alergias. Y aún así no me atrevo. Sé que un libro que me cambió la vida puede resultarles tan indiferente como un prospecto farmacéutico. Incluso podría aburrirme a mí si lo leyera hoy. El entusiasmo tiene una fecha de caducidad que casi nunca figura en la recomendación.

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Porque también se recomienda una circunstancia. Aquel verano, una separación reciente, las tardes durante las cuales nadie llamaba por teléfono y uno escuchaba de fondo determinada música. Uno recuerda la novela y le atribuye todo lo que ocurrió mientras la leía, incluido el alivio de que la vida, por unas horas, lo dejara en paz. Después pretende que un conocido u un desconocido, apretado en el colectivo, encuentre entre las mismas páginas aquella habitación, aquella disponibilidad y aquel silencio.

Los libreros tienen una excusa: venden libros. Cuando recomiendan existe una lógica reconocible: la supervivencia. Algunos, además, preguntan y escuchan, lo que reduce bastante el margen de imprudencia y afina la puntería. El recomendador desinteresado es más difícil de entender. Habla de una novela como quien señala una estrella y supone que todos ven el mismo brillo, sin considerar que en muchos casos muchos ni siquiera verán la estrella y pensarán que lo que deben mirar esd la punta del dedo. Si alguien dice que no le gustó, suele explicar que no la entendió. La generosidad inicial adquiere entonces un aire de examen, un reproche velado. A veces alcanza con que el otro diga que le gustó para que podamos quedarnos tranquilos.

Regalar un libro exige conocer a alguien, saber algo de la clase de frases que subraya, aunque tampoco eso asegura nada. El regalo puede convertirse en una deuda. A la siguiente visita llega la pregunta: “¿Lo empezaste?”. Y uno descubre que, junto con el ejemplar, recibió un compromiso del que va a salir mintiendo o lastimando a quien se lo dio. A veces, el entusiasmo necesita testigos y el lector elegido debe confirmar que estuvo a la altura.

Suelo detenerme en quienes recomiendan libros en redes. Dejando de lado que muchas veces lo recomendado me parece basura, me inquieta la liviandad con que disponen del tiempo ajeno. La periodista del New Yorker Deirdre Foley-Mendelssohn dice que leer por recomendación de un amigo puede parecerse a un informe de lectura mezclado con una cita a ciegas. En ese caso hay que recordar lo incómodo que resulta estar frente a alguien que pasó la cena hablando de sí mismo. O que simplemente se la paso hablando de cualquier cosa.

Recomendar un libro a un desconocido exige una fe desmedida en la literatura o en uno mismo. No estoy seguro de cuál resulta más inquietante.