En el marco de la Misa Crismal celebrada en Córdoba, el arzobispo Ángel Rossi dejó un mensaje con fuerte tono pastoral y social, al plantear la necesidad de una Iglesia que no se desconecte de la realidad concreta que atraviesan amplios sectores de la sociedad. En un contexto marcado por crisis, desigualdad y tensiones sociales, el eje de su homilía giró en torno a la idea de una fe que no se limite a lo espiritual, sino que se traduzca en una presencia activa frente al sufrimiento.
“Ejercer nuestro ministerio con un oído en el Evangelio y el otro en el pueblo”, sostuvo, retomando una definición del beato Enrique Angelelli que sintetiza el enfoque que propuso para la Iglesia actual. Esta “mística de los dos oídos” plantea un equilibrio entre la escucha de la Palabra y la atención a la realidad social, evitando tanto el aislamiento espiritual como la pérdida de sentido religioso.
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Una fe que interpela la realidad
Rossi advirtió sobre los riesgos de una religiosidad desconectada del contexto. En ese sentido, sostuvo que la fe no puede convertirse en una práctica abstracta o ajena a los problemas cotidianos. “No hay verdadera adoración a Dios si hay indiferencia ante el atropello a la dignidad humana”, afirmó, marcando un límite claro frente a cualquier forma de indiferencia social.
El arzobispo planteó que la escucha del Evangelio implica también una lectura del presente, interpelando directamente las condiciones de vida actuales. “Señor, ¿qué nos estás diciendo en esta crisis, en esta locura miserable de la guerra, en esta mesa donde el pan no alcanza?”, expresó, vinculando el mensaje religioso con la realidad económica y social. Desde esa perspectiva, cuestionó lo que definió como un “espiritualismo desencarnado”, es decir, una fe que se refugia en lo simbólico pero que no se compromete con el otro. En sus palabras, se trata de una práctica que “mira al cielo pero no ve al hermano que sufre al lado”, una imagen que resume la crítica a la desconexión entre fe y vida cotidiana.
En otro tramo de la homilía, Rossi profundizó sobre la necesidad de escuchar a la sociedad desde sus márgenes. “Escuchar al pueblo es mirar la realidad no desde el centro, sino desde las periferias”, señaló, en línea con una mirada que pone el foco en los sectores más vulnerables. En ese marco, describió un panorama atravesado por múltiples formas de exclusión y sufrimiento: “el grito de los pobres, de los niños que sufren hambre, de los ancianos abandonados, de los jóvenes entrampados en la droga”, enumeró, construyendo un diagnóstico amplio sobre las problemáticas sociales actuales.
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El mensaje retomó además el legado de Enrique Angelelli como referencia de una Iglesia comprometida. Rossi recordó que frente a la injusticia no hay lugar para la neutralidad: la indiferencia, planteó, es incompatible con la fe cuando están en juego la dignidad y los derechos de las personas.
Una Iglesia activa frente a la crisis
El arzobispo también hizo un llamado explícito a evitar la pasividad dentro de la Iglesia y a asumir un rol activo en la sociedad. “Que Dios nos libre de ser cristianos con oídos tapados, con ojos vendados, con manos atadas”, expresó, en una de las definiciones más enfáticas de su mensaje. En esa línea, convocó a una Iglesia que se involucre en la realidad concreta, que camine los territorios, acompañe a quienes sufren y tenga capacidad de intervenir frente a las injusticias. “Para que no te calles nada ni por vergüenza ni por miedo”, sostuvo, al referirse al compromiso que implica el ministerio religioso en contextos complejos.