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Salir del clóset

Milei Temes
La irrupción de Javier Milei impactó en Juntos por el Cambio. | Pablo Temes

Javier Milei es producto de la debacle argentina. Su imagen se agiganta con cada aumento del índice inflacionario, con cada peso que se suma a la cotización del dólar y con cada persona que ingresa a la indigencia. Inflación, devaluación y pobreza. Es la economía, Milei. El 22 de abril, cuando se iniciaba la carrera presidencial que tuvo su primer turno el domingo pasado, publiqué esas líneas en una columna titulada Lo que oculta el voto a Milei. En ese texto se intentaba descifrar las causas y las consecuencias de la mileimanía y se alertaba sobre la desconexión que la política tradicional mantenía con este alarmante suceso. Es que las dos principales coaliciones de gobierno no se preocupaban por lo que podría ocurrir con Milei y solo dibujaban cálculos mezquinos para apostar si el candidato advenedizo beneficiaba al oficialismo, restando votos de clase media y clase alta a Juntos por el Cambio, o si en realidad el outsider favorecía a la oposición, tomando votos de los sectores populares que habían estado en manos del Frente de Todos. Una doble maniobra que solo permitía acrecentar la figura de Milei. La política argentina está cavando dentro del pozo, concluía entonces. Siguieron cavando.

Ahora que la política argentina entró en shock por el aluvión electoral cosechado por La Libertad Avanza y cuando la posibilidad cierta de que Milei llegue a ser presidente empieza a atemorizar tanto al oficialismo como a la oposición, es momento de ir un paso más allá para tratar de entender qué expresa el votante que apostó por un candidato que promete un plan motosierra y que anuncia un ajuste mucho mayor al que exige el FMI. Un presidenciable que, según reveló el periodista de la revista Noticias, Juan González en El loco, una gran investigación sobre la vida de Milei, es un líder mesiánico que asegura poder hablar con Conan, su perro muerto. Un vínculo espiritual que se realizaría a través de la mediación de su hermana, Karina Milei, quien se convirtió en vidente para ayudar al libertario a mantener tan disparatada conexión inmaterial. Se trataría de un contacto incorpóreo por el cual, gracias a Conan, Milei puede llegar a establecer un diálogo con Dios. A través de esa interacción divina, Milei sostiene que Dios le encomendó la importante tarea de convertirse en el nuevo presidente de Argentina. Nada grave. Si no estuviéramos hablando del hombre más votado del país.

Es hora de tomar en serio a Milei. Y la difícil tarea que obliga a decodificarlo exige complejizar el análisis. A la ya conocida explicación de que el libertario fue el mejor político de la antipolítica que supo interpretar el hastío, el hartazgo y la frustración que gran parte del electorado mantiene con la dirigencia, se le impone ahora una nueva reflexión. Porque el odio a la casta sintetiza en Milei un voto que tiene también otra acepción mucho más profunda. Es un fenómeno global que comenzó con el sorpresivo rechazo al Brexit en Gran Bretaña, que aumentó con la impensada irrupción de Donald Trump en los Estados Unidos y de Jair Bolsonaro en Brasil, y que terminó de convalidarse con el imprevisto triunfo de Georgia Meloni en Italia y el meteórico ascenso de Vox en España. Pensar que todas estas apariciones políticas son solo una crítica al status quo es reducir el paradigma. Para entenderlo en su real dimensión es necesario ampliar la mirada: el voto que ahora catapultó a Milei es la manifestación de un votante que no solo está enfurecido con la política, sino que también, y esto es lo más importante, está exigiendo revancha por asumirse derrotado en una batalla cultural mucho más abarcativa. Es un votante enojado por la crisis pero, fundamentalmente, es un votante que reclama un cambio de época.

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El votante de Milei (como el de Trump, Bolsonaro, Meloni y Vox) es un votante que se opone a la hegemonía de la era progresista. Un votante que exige un nuevo contrato social sobre lo establecido y aceptado en los últimos años. Un votante que pugna, por caso, por el rechazo a proclamas tan dispares como la legislación del aborto o la preocupación por el calentamiento global, la utilización del lenguaje inclusivo o la apertura a políticas migratorias, la primacía de la laicidad educativa o el consenso sobre la asistencia social, la política de derechos humanos o el avance del feminismo, el garantismo en materia de seguridad o el matrimonio igualitario. Se trata de una disputa que impulsa la revalorización de una vasta gama de principios que pretenden restaurar el espíritu conservador, nacionalista y tradicional de un gran sector de la sociedad. En definitiva, es la búsqueda de una nueva identidad ideológica. Una identidad que clama por reconstruir lo deconstruido. Una identidad política que se opone a lo políticamente correcto.

Es hora de tomar en serio a Milei y tratar de decodificarlo.

Mariana Gené y Gabriel Vommaro publicaron recientemente El sueño intacto de la centroderecha, un interesante ensayo en el que analizan la experiencia de Juntos por el Cambio luego de su fallido paso por el gobierno macrista. Doctores en Sociología, cientistas sociales e investigadores del Conicet (perdón Milei) demostraron que luego de la derrota de 2019, se produjo en el interior de lo que entonces era Cambiemos, una controversia sobre el origen de la filiación política que los contenía y sobre cómo reinterpretarla para poder aspirar a regresar nuevamente al poder. Es interesante advertir lo que Gené y Vommaro recuerdan de esa polémica sobre la génesis del PRO: cuando se presentó en sociedad este nuevo partido, que venía a confrontar con la supremacía iniciada por Néstor Kirchner, se ubicó en un lugar larvado e indefinido, una suerte de espacio político que se asumía apolítico y desideologizado. Ni de derecha, ni de izquierda. Un partido del nuevo siglo, un partido de la gestión. No tenía militantes, tenía equipos. La génesis de Juntos por el Cambio fue, por lo tanto, una alianza de derecha que no se autopercibía de derecha, sino que se avergonzaba de ser de derecha. El solo hecho de recordar que Mauricio Macri intentó posicionarse junto al progresismo de Barack Obama y de la socialdemocracia europea durante sus primeros años de mandato, así lo confirma.

Pero la ineficiente gestión de la pandemia por parte del Frente de Todos, empezó a cambiar drásticamente ese escenario. Las marchas en contra de la cuarentena que buscaba cercenar la libertad de los ciudadanos, las protestas por las escuelas cerradas que empobrecían la calidad educativa de las futuras generaciones y el cuestionamiento a la apertura indiscriminada de cárceles para liberar impunemente a los delincuentes, según se proclamaba en el relato cambiemista, constituyeron el germen social sobre el cual se potenció el ala más radical de la oposición. Desde ahí emergió la figura de Patricia Bullrich, que proponía un liderazgo construido en base a un cada vez más contundente y visceral rechazo al kirchnerismo en todas sus formas. Un sector de Juntos por el Cambio empezó entonces a caminar hacia una transición cobijada bajo los halcones de ese espacio. Se avanzó de esa manera hacia la conformación de una derecha que ya no estaba abochornada de su condición política. Una derecha que ahora se asumía como tal. Una derecha que empezaba a sentir orgullo de su propia identidad. En síntesis, una derecha empoderada que impulsaba un cambio mucho más profundo. Un cambio que se aclamaba, ahora sí, a partir de una plena e inocultable convicción. En ese razonamiento radica la explicación de por qué Bullrich duplicó en las PASO a la propuesta dialoguista de Horacio Rodríguez Larreta. Para esta nueva derecha convencida, no es tiempo de consensos. Es tiempo de acción. Es tiempo de lucha.

Y, por si fuera poco, a la derechización de la derecha se le sumó la aparición apabullante de la ultraderecha. Una ultraderecha que va por más y que advierte que Milei es la verdadera y única opción, mientras que Bullrich es tan solo una copia edulcorada. Una ultraderecha que sostiene que Milei viene a patear el tablero, mientras que Bullrich solo ofrece repararlo. Se inicia por estos días una competencia feroz para dirimir quién es más duro entre los duros. Una apuesta por la radicalización de la agenda política, que el domingo pasado fue respaldada por un rotundo 47% de los votos, si se suma lo que cosecharon Milei y Bullrich. Casi la mitad de los argentinos reclama firmeza. Y en octubre podrían ser aún más. Es que el triunfo de Milei en las primarias hizo que ese discurso extremista, que antes se mostraba oculto y en los márgenes, ahora pueda emerger victorioso hacia la superficie. Porque la amenaza de Milei de “sacar a patadas a todos los chorros”, que aparece intercalada con gritos e insultos contra “los zurdos”, llegó para revalorizar un núcleo ideologizado que estaba agazapado. La derecha ha salido del closet. Es una derecha que ya no quiere pedir perdón por defender los valores, las tradiciones y la cultura reaccionaria.