martes 17 de mayo de 2022
COLUMNISTAS REPLANTEOS
06-05-2022 23:55

Sopló el Pampero

06-05-2022 23:55

Prometí una reflexión sobre dos películas extraordinarias del Bafici, ambas de la factoría independiente El Pampero y ganadoras de unos premios tan previsibles que parecían estarles predestinados. No hay espacio para sus mil asuntos poéticos, pero me gustaría imaginar que sus argumentos son un fruto raro y común; fruto de una necesidad hoy iluminada por el relámpago vertiginoso de la caducidad de la ley 27.432, que define la derivación específica de impuestos para el Incaa, el INT, las bibliotecas populares y el Instituto de Música. Está claro que es posible hacer un cine meditado y directo con firma de autor, no redituable, pero el prodigio es que esto sea una opción y no un deber. El fin de la injerencia del Estado en la producción de nuestras ficciones ¿hará que El Pampero, además de imaginar en las grietas de lo obvio, esté haciendo un cine profético?

La edad media, de Alejo Moguillansky y Luciana Acuña, y Clementina, de Coni Feldman y Agustín Mendilaharzu, dialogan con la precariedad de nuestro futuro cine. Cerca del teatro rabiosamente independiente y alejados del sistema tradicional de hacer películas con el Incaa (que da subsidios pero también regula modos de producción del imaginario y lo asocia a lógicas industriales, sindicales, temporales y estéticas) aquí tenemos un cine cultivado como un huevo de dragón, como una descendencia. La pandemia es el marco inesperado que escondió esta decisión, ya que como era imposible filmar normalmente, los usos comunitarios, anárquicos, colectivos, libérrimos de estos directores quedaron legitimados sin más explicación. Solo se podía filmar así. En el encierro. Con la familia. Ahora bien, ¿vamos a usar la imaginación para describir lo obvio (lamentar la pandemia) o para elevarnos de una rutina que nunca nadie elige y que sin embargo todos siempre padecemos: el sentido común?

Alejo y Luciana son pareja hace años. Su hija Cleo protagoniza La edad media. Después está la perra Juana, que carece de adiestrador y se le nota, y algunas apariciones milagrosas de actores amigos menos adiestrados con moto y permisos de circulación. Cleo vive en esa edad media: es una niña y representará la niñez. Sin embargo, fingir, elegir, encuadrar, leer a Beckett son tareas de adultos. Incluso tuvo que recibir el premio de juguete que les dio el Bafici porque sus dos padres irresponsables estaban de viaje, jugando a que eran famosos. Cleo se enamora de la luna y sueña un solo objetivo: comprarse un modesto telescopio que le ofrece Mercado Libre. Planea complicadas compraventas a través de un motoquero robando cosas de la casa. Pero el telescopio aumenta de precio en tiempo real mientras la pandemia, las estaciones y la inflación tiñen la casa. Los padres se pintan a sí mismos como animalitos feroces. Sus tareas artísticas también son la coartada: a ellos les pagan (poco) precisamente por jugar, eso que los niños hacen gratis.

Clementina también está contada en pareja, pero hay más grises. Coni y Agustín (el camarógrafo desenfocado) cuentan y coreografían la historia de cómo se fueron a vivir juntos para evitar gastos, traslados, soledad. Tal vez no haya sido tan buena idea, ¿no? A diferencia de los Moguillansky, ellos no usan sus nombres reales, pero nos damos cuenta de todo: una ligera variación sobre lo real (estamos encerrados juntos y todavía no sabemos si somos familia) adquiere aquí dimensiones esotéricas. La casa cruje invadida por las cosas de soltero de Agustín: muñecos tallados, colecciones de juguetes y de discos. Agustín debe creer –en el fondo– que las cosas tienen alma. Pero para Coni la pandemia superpone pesadillas: hay que hacer arreglos. Caños, agua, electricidad, padre. Como su trabajo real es imposible, Coni suspende su vida y aprende albañilería de los que saben. Y una empresa de rusos como ángeles los ayuda en la mudanza cuando la casa se pierde en los laberintos de la epidemia.

Un cine para replantear un nuevo antiguo cine. Ante una experiencia común, universal, dos miradas particulares, mínimas y enormes, sin empresa. Una de ellas, casi sin querer, trae de vuelta de la muerte a Luis Biasotto. Lástima que los muertos y nosotros ya no hablemos el mismo idioma.