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domingo 1 septiembre, 2019

Transiciones

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por Jorge Fontevecchia

Macri, Bolsonaro: dos cuerpos para la historia. Foto: cedoc
domingo 1 septiembre, 2019

Escribo esta columna desde San Pablo, en la redacción de Perfil Brasil, en una escala de dos días camino a Portugal, donde la revista Caras es la de mayor circulación también de ese país y desarrolló una señal de cable como E! Entertainment en portugués. Pero la agenda local no permite evadirme de la crisis argentina porque recibo llamadas, mensajes de WhatsApp, mails, de conocidos alarmados porque no ven condiciones de que se llegue al 27 de octubre y menos aún al 10 de diciembre sin grandes penurias.

Quizás por eso todos me parecen espejos nuestros: Bolsonaro de Macri, y Antonio Costa (primer ministro de Portugal) de Alberto Fernández. Más otro tipo de similitudes entre Lula y Cristina Kirchner, o entre los jueces Sergio Moro y Claudio Bonadio.

Gobiernos como el de Macri terminan siendo interregnos para ponerle límites a la cultura política dominante

Haber vivido en Brasil a fines del siglo pasado dos veces, un año cada vez, reforzó mi percepción hegeliana de la historia. Sentía en este país lo que Hegel podría llamar el espíritu de la historia, una lógica que trasciende la voluntad absoluta de sus dirigentes, porque con pocos años de diferencia aquí  “pasaban cosas” parecidas a las de Argentina: fin de la dictadura, democracia, hiperinflación, convertibilidad del peso o el real uno a uno con el dólar, privatizaciones, devaluación, gobiernos de centroizquierda, planes de asistencia universal, crecimiento exponencial por el aumento del precio de las materias primas, fin del modelo, juicios por corrupción a los principales políticos, llegada de gobiernos de la derecha. Por eso me cuesta creer que Kirchner, Lula, Macri o Bolsonaro, por citar solo los más recientes, sean quienes causan los cambios y me inclino a pensar que los presidentes son cuerpos que usa la historia para seguir el rumbo fabricado por sus sociedades en sus múltiples interacciones de poder presentes y pasadas.

La semana anterior reflejé al kirchnerismo en el espejo del chavismo en Venezuela y el programa Con el mazo dando en comparación con 6,7,8: el que se emitía en nuestro país parecía de la BBC frente al venezolano. ¿Cómo pudo aquella democracia rica de los años 80, beneficiada con la mayor riqueza petrolera, lugar preferido de los argentinos que emigraban dentro de Sudamérica por su calidad de vida, libertad y posibilidades de desarrollo, convertirse en esta realidad actual más cerca de los países pobres de Africa? Y la explicación que aportan los muchos testimonios que tenemos de venezolanos emigrados a Argentina es que fue un proceso largo de décadas en las que se fue bajando escalones sucesivamente, venciendo la resistencia de muchos que terminaban sintiendo que “ya no era su país” y emigraban, quedando proporcionalmente más aquellos con menos autonomía.

En 2019 se cumplieron veinte años de sucesivos gobiernos chavistas, tres de Hugo Chávez (1999 a 2013) y uno de Nicolás Maduro. La diferencia con Argentina y Brasil es que después de tres presidencias seguidas, kirchneristas en Argentina y del Partido de los Trabajadores en Brasil, ninguno pudo alcanzar el cuarto período presidencial consecutivo, lo que puede ser considerado causa o consecuencia de los mecanismos de defensa democráticos de cada país, apelando cada uno a lo que “estuviera disponible” para cumplir con la necesidad de alternancia (la “astucia de la razón” de la que hablaba Hegel). Tienen en común Macri y Bolsonaro que años antes de ser electos la mayoría de los ciudadanos pensara que una persona con sus características nunca podría llegar a ser presidente de su país, y ninguno de los dos hubiera tenido posibilidad de alcanzar la presidencia si no hubiera existido el hartazgo de una parte de la sociedad tras 12 años de la hegemonía del mismo partido.

El hijo del mayor y más cuestionado empresario en un país con sesgo anticapitalista como Argentina y un ex militar echado por indisciplina famoso porque cada vez que abre la boca avergüenza a la mayoría de sus compatriotas en Brasil no podrían haber sido presidentes en otro momento de la historia. Lo fueron como expresiones del destino colectivo de sus sociedades, “usados” como herramientas de transición para cortar lo que amenazaba con convertirse en perennes hegemonías.

Que pueden regresar, como de hecho es lo más posible en Argentina, pero nunca de la misma manera, ni siquiera parecida, porque los cuatro años de un gobierno de signo opuesto reforzaron ciertos anticuerpos (y debilitaron otros), alertando sobre sus oscuridades, que de haber continuado en el poder podrían haberse solapado.

Hay muchos argentinos que declaman que se irán del país si triunfara el kirchnerismo nuevamente, imaginando una repetición de lo mismo malo o aun peor, potenciado por la venganza. Brasil fue siempre más componedor que Argentina, pero después de que el Supremo Tribunal, equivalente a nuestra Corte Suprema, anulara la semana pasada la condena de Sergio Moro al presidente de Petrobras, Aldemir Bendine, no se descarta que Lula pueda aspirar a lo mismo y salir en libertad con tiempo suficiente como para ser el candidato que le compita a Bolsonaro cuando dispute su reelección y le gane. Terminaría sucediéndole a Bolsonaro lo mismo que a Macri: haber sido una transición entre la ida y el regreso del mismo sector político. Pero aun en ese caso ni Macri ni Bolsonaro hubieran sido innecesarios en términos históricos, sino el eslabón que precisó la historia para seguir su camino, advirtiéndoles a los gobiernos de centroizquierda que si bien sus sociedades prefieren la mayoría de las veces ser gobernadas por ellos no están dispuestas a llegar a extremos, los que sin contrapesos de alternativas de oposición alcanzarían.

Macri y Bolsonaro cumplen el papel de obligar al kirchnerismo y más adelante eventualmente al Partido de los Trabajadores a preguntarse por los errores que derivaron en sus derrotas. Y, para poder retornar, tener que parecer diferentes a lo que eran. Y si en la práctica luego no lo fueran, volver a enfrentar sus consecuencias.

La comparación con el Brasil pre-Lula, cuando allí el dolar y el riesgo país explotaron, revela los condicionantes comunes

Portugal es un ejemplo más de donde regresó el mismo partido después de otra transición en la que le tocó ajustar la economía durante su crisis económica a la centroderecha con Pedro Passos Coelho como primer ministro, quien debió cruzar una caída del producto bruto de 2,3%, un aumento del desempleo del 12 al 16%, el aumento de la deuda de 108% del producto bruto a 131, para que una vez concluido el ajuste regrese el mismo Partido Socialista pero ya modernizado, habiendo aprendido de sus errores.

Triste tarea le encomendó la historia a Macri. Tiene el consuelo de que su padre murió sin ver a su hijo en el derrumbe de su capital político ni confirmar su sospecha sobre que no estaba lo suficientemente preparado para ser presidente.


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