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sábado 20 enero, 2018

Un hombre de conciencia

Patricia Walsh y yo sabíamos que, en algún momento, deberíamos explicar la página que, deliberadamente, incluimos en Ese hombre y otros papeles personales.

por Daniel Link

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Patricia Walsh y yo sabíamos que, en algún momento, deberíamos explicar la página que, deliberadamente, incluimos en Ese hombre y otros papeles personales. Corresponde a una anotación que Rodolfo Walsh hace el domingo 19 de febrero de 1961, mecanografiada (aparentemente se trataba de tres folios, de los que falta el primero).

La semana pasada, Guillermo Piro me mandó un correo electrónico alarmado, porque en Twitter se asociaban dos nombres de diferente categoría con abrumadora certeza: “Walsh, pedófilo”.

Me acordé inmediatamente de esa página que incorporamos al libro que recopila los restos de escritura que consiguieron salvarse del secuestro y el asesinato de Rodolfo Walsh.

El fragmento (destinado a ser literatura por un conjunto de marcas que así lo explicitan), se complementa con el cuento inconcluso, fechado el 6.3.65, Adiós a La Habana, también en el libro.

“Mi última noche en La Habana fue misteriosa. Me sobraban cincuenta pesos y me puse a pensar en Ziomara con su cintura tan fina y su rostro oscuro hierático”, escribe Walsh y cuenta haber concurrido al Music-Box, donde Ziomara no estaba. En su lugar, se pone a conversar con Zoila Estrella, una muchacha que “tenía 16 años y era muy bonita”. A ella no le gustaba ejercer la prostitución, pero su madre no podía darle cobijo porque trabajaba de criada. Sus seis hermanos tampoco le daban nada sino que, por el contrario, le pedían. Walsh escribe: “Yo he leído estas cosas, pero igual era espantoso, y tenía muchas ganas de acostarme con ella”, con “Soy la Estrella” (así transcribe Walsh ese nombre inverosímil).

Ya en el hotel, Zoila confiesa que está embarazada. El narrador reflexiona: “Hay pensamientos de placer en la maldad, coger a una niña embarazada de 16 años, empujar hasta el fondo y sentirse un maldito, que se joda, jodámonos todos”.

Según el relato, naturalmente, no hay consumación del acto sexual, sino que el personaje “se cobra” los diez pesos que ha pagado “retándola, suavemente, como corresponde a un señor”. “Yo le daba consejos, tienes que ir a la Federación de Mujeres, tienen que atenderte, no puedes hacer más esto, te pones en peligro, comprometes al hombre que se acuesta contigo –eso no, dijo con orgullo–, y era un objeto de horror”.

“En la esquina le dije: ‘Si pudiera ayudarte, te ayudaría, pero no puedo darte más que un consejo, no hagas más esto’”. “‘Usted es un hombre de conciencia’, dijo, y me puso la mano en alguna parte del brazo y se fue, un objeto de horror”.

Lo que Walsh subraya en ese fragmento, que puede tener sustento biográfico o no, es precisamente el ser “un hombre de conciencia”. La frase se repite dos veces, sin mayor necesidad.

Lo que habría que discutir no es si Walsh fue un pedófilo (queda claro, en este fragmento de escritura, que él no se acostó con la chica de 16 años embarazada sino que le indicó una salida diferente) sino si su conciencia del horror (es lo otro que se repite) era la adecuada para la circunstancia en la que el personaje se ve envuelto.

Me resulta difícil entender el odio y la ignorancia con la que ese texto ha sido manipulado para convertir a Walsh en algo que no fue. Basta con leer una sola página de su obra para entender lo que quiso decirnos. Y sin embargo, las bestias, ciegas, escribieron: “Rodolfo Walsh, asesino y pedófilo” en un monumento en La Plata en 2014 y, desde entonces, la especie, falsa, malintencionada, psicótica, no ha cesado de multiplicarse sin que nadie lea la página que acabo de glosar.

En su papeles, Walsh cuenta varios encuentros con putas de La Habana, pero ninguno lo enfrenta a “un mundo que se cae” como este que no se concreta, pese a los dictados del cuerpo, porque la conciencia manda.

Como editor de ese libro, no esperaba algo semejante. Sí, por cierto, que se comprendiera que ese “hombre de conciencia” tuvo que convivir en Cuba con un cuerpo que le dictaba: “Me gustaría ir a Bahía y ser un negro. Trabajar con los negros y coger con las negras y aprender a cantar y a bailar”.

Que bufen los eunucos de la ultraderecha. Walsh, eso es un gran escritor, nos sigue interpelando. Eso sí: lean, che.


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