COLUMNISTAS

Un problema difícil

La primera vez fue hace cinco años. Cuando me mudé de Buenos Aires a San Clemente del Tuyú, tuvimos que dejar atrás buena parte de la biblioteca.

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La primera vez fue hace cinco años. Cuando me mudé de Buenos Aires a San Clemente del Tuyú, tuvimos que dejar atrás buena parte de la biblioteca. Entonces, no fue demasiado difícil abandonar textos escolares, viejas revistas de cine, best sellers de la década del 60. La segunda vez fue hace unos dos años, cuando tuvimos que aceptar que no quedaba más lugar en los estantes y los libros empezaban a apilarse en el resto de la casa. La solución, en esa oportunidad, fue también relativamente fácil: contratar a un carpintero.

Pero el tamaño de la casa y la compra compulsiva nos han enfrentado otra vez con el dilema. Las pilas de libros acechan de nuevo, ya no hay lugar para más estantes. Ha llegado el momento de las decisiones drásticas y difíciles aunque, en realidad, éstas me competen sólo a mí. Flavia, mi mujer, no tiene dudas. Asegura que me matará si le toco a Walser, a Levrero o a sus filósofos estoicos, pero me dice que con el resto haga lo que quiera.

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Como si fuera fácil. El bibliófilo obsesivo siente que su autoestima se hace pedazos si no tiene todos los libros a mano. En otras partes, la ecuación se resuelve de modo práctico y barato con una buena biblioteca pública, pero ése no es el caso en un pueblo chico de la Argentina, lo que constituye una buena excusa para pretender que lo mío es necesidad y no simple neurosis. En el fondo sabemos –sobre todo a cierta edad– que no habremos de leer la mayoría de los libros que poseemos. Ni siquiera, en muchos casos, llegaremos a abrirlos.

Pero los libros que no llegaremos a abrir presentan una dificultad casi tautológica a la hora de pasarlos a retiro. Como no los conocemos –y aunque no nos inspiren demasiada confianza–, no tenemos más remedio que otorgarles el beneficio de la duda. ¿Quiénes son entonces los candidatos al exilio o la permanencia? Está claro que un temor reverencial nos impide desprendernos de Madame Bovary aunque, llegado el caso, se puede conseguir por pocos pesos en cualquier librería. Pero por contigüidad también se quedarán todos los libros de Flaubert, y también de Faulkner o de Proust, de Tolstoi, de Shakespeare, de Nietzsche... (agregar lo que corresponda). Y son unos cuantos. También están los placeres más privados y los recuerdos infantiles, que me hacen imprescindible conservar muchas novelas policiales y de aventuras. Pero revisando una y otra vez la biblioteca, di con una zona de la que puedo desprenderme sin nostalgia anticipada: son esas tapas amarillas de Anagrama y esa colección de autores británicos de moda hace unos años. Me refiero a los Amis, Barnes, MacEwan y sus derivados, practicantes de una literatura que se asemeja a un decatlón para sedentarios en el que los escritores compiten con sus colegas en materias tales como estructura, trama, personajes, verosimilitud, interés social, suspenso, amenidad, etc. No los voy a extrañar.

Despejados algunos lugares, finalmente llegamos a los argentinos. ¿Cómo proceder en este caso? Nadie va a liquidar a Borges ni a Arlt, ni a Aira ni a Guebel, ni a dos compatriotas honorarios como Hudson o Gombrowicz. Y aunque ocupa mucho espacio y no creo que llegue a leerlo nunca, me da tranquilidad que Los Sorias de Laiseca me cuiden las espaldas mientras esto escribo. Tampoco quiero desprenderme de las primeras novelas que compré en estos años. No hay muchas buenas entre ellas, pero se me ocurre injusto tratarlas como hacen las librerías y condenarlas prematuramente a la mesa de saldos. Pero cuando me detengo en Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro, novela premiada y de fórmula, tan correcta y eficaz en su propósito como impersonal y calculada, pienso también en el escritor que declaró hace poco que un premio literario era “un paso importante en su carrera”. Comprendo entonces con qué libros no quiero compartir mi vejez.