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domingo 26 enero, 2020

Una breve historia de la nieve falsa

domingo 26 enero, 2020

En Los Angeles, que es donde se siguen haciendo muchas películas de Hollywood, la última vez que cayó nieve fue en enero de 1962. Resulta que rodar en lugares donde hay nieve de verdad no siempre es posible (es caro y molesto, porque el frío es gratis pero imprevisible). Recientemente, The Economist dedicó un artículo al tema de la nieve falsa en el cine.

Cuando se empezaron a rodar las primeras películas, la nieve se creaba con materiales comunes: copos de algodón inflados para crear volumen, pero con graves riesgos para la seguridad de los actores, que a diferencia de la nieve siempre fueron caros y previsibles. También usaban bicarbonato de sodio pulverizado y soplado por ventiladores para reproducir tempestades, hasta que los actores, inhalando, empezaron a presentar síntomas de que no les estaba haciendo muy bien que digamos. Entonces alguien pensó en pintar de blanco los copos de maíz, que en la pantalla eran convincentes pero que ofrecían algunos inconvenientes: crepitaban cuando eran pisados, lo que hacía que los diálogos resultaran ininteligibles.

En la escena inicial de La quimera del oro, de 1925, Chaplin muestra Chilkoot Pass, en Alaska (aunque en realidad filmó buena parte en Sierra Nevada, en California), pero en determinado momento las condiciones meteorológicas lo obligaron a encerrarse en un estudio, donde el paisaje de Chilkoot Pass fue reproducido con cantidades enormes de harina y sal.

Cuenta The Economist que en El mago de Oz, de 1939, Dorothy y sus compañeros de viaje son sorprendidos por la nieve en un campo de amapolas: esa nieve estaba hecha con fibras de asbesto, altamente cancerígenas. Comercializado como pure white, el asbesto (más conocido como amianto) se utilizó en las películas y para decorar los árboles de Navidad hasta la Segunda Guerra Mundial. En The Country Doctor, un film de 1936 dirigido por Henry King, se utilizaron alrededor de 500 kilos de fibras de asbesto para reproducir el paisaje nevado de Québec.

Frank Capra, para ¡Qué bello es vivir!, se opuso a los métodos utilizados hasta entonces para crear nieve; no porque estuviese preocupado por la salud de los actores y los técnicos que trabajaban con él, sino porque en general eran ruidosos y él quería rodar con sonido directo. Entonces Russell Shearman, técnico y supervisor de efectos especiales, inventó un innovador tipo de nieve artificial: mezcló foamita, el material que se usa en la composición de algunos polvos químicos secos para extintores de incendio, con agua, azúcar y jabón, creando una solución muy realista, pero sobre todo silenciosa (ese año Shearman ganó el Oscar por los resultados obtenidos).

Años después, en 1980, Stanley Kubrick, para la escena final de El resplandor, ni siquiera consideró la posibilidad de filmar con nieve de verdad, que seguramente se habría derretido antes de que hubiesen terminado de rodarla, de modo que trabajó en un estudio británico usando sal y poliestireno.

Entre las soluciones recientes más comunes está el papel reciclado conocido como snowcel. Se lo usó en películas como Gladiador, de 2000, y El día después de mañana, de 2004. El inconveniente de este material es su tendencia a no permanecer en el suelo y flotar en el aire. Hoy en día, las sustancias alternativas a la nieve están siendo sustituidas por imágenes digitales. Al parecer la nieve, junto al fuego y el cabello, es lo más difícil de reproducir con computadoras, pero en 2013 se desarrolló una nueva técnica para filmar Frozen llamada material point method, que recrea casi a la perfección no solo el aspecto de la nieve, sino también sus propiedades.


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