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Verano e incertidumbre

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Priorizar. “A comprar para hoy, poco de lo que hay, de lo que se puede. Mañana vemos”. | cedoc

Un cronista callejero piensa con la mirada. Mira, luego escribe. En días como estos, cuando el calor fríe los huevos, libera gases, desprende vapores, despelleja la piel, el cuerpo humea. Los deseos secos arden al rutinario fuego del lento tiempo que se va apagando. La bebida fría, calienta. La boca espesa saliva. Pasados de sueños, cada vez más breves, el peso de la noche sobre el pecho nos acuesta en un irreal estado de vigilia. Nada qué decir. Nada que esperar.

La calma huele mal. El peronismo se desesperó ante la escasez de chances que indicaban las encuestas. Cuando volvieron la cabeza buscando a quién, Massa estaba ahí, sonriendo, mostrando sus dientes tocados por el brillo de una soberbia codicia. Apostaron el resto a su relato. El crimen parecía ser perfecto. Dar, regalar, un plan económico ganador. Van a quedar casi tres millones más de pobres, pero los muertos serán responsabilidad de otro. No estarán mis huellas en los puñales clavados a la espalda.

Mordieron su parte en cada favor, comieron de la mano de sus cómplices, se chuparon  hasta la sangre de los que debían representar, ahora vomitan en la plaza. No pueden resistir el malestar de la resaca. Los espasmos de la derrota. Regurgitan consignas vencidas. Eructan pueblo, patria, trabajadores. Se inyectan discursos. Reclaman como adictos un supuesto derecho a seguir consumiendo vidas ajenas.   

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Es un verano en estado de abandono. Salvo por algún episodio, se olvidará pronto

Alta ya la madrugada, la realidad levita, se proyecta sobre el telón negro. Todo eso que fue tan reciente, diciembre apenas, en enero titila lejos. Desde un dron que se eleva, dos, tres, cinco, diez metros, más, toma velocidad, te ves desde arriba. Estás ahí, sentado en una sillita de playa, una reposera, un umbral, un muro bajito, un banco del parque, el cordón de la vereda, en el balcón, la terraza, donde sea, esperando que sople algo, alguna racha de aire decente, más limpio, más fresco, capaz de barrer un poco tanta basura, tantos miserables.

Los ojos en el aire sobrevuelan sobre ese hombre ya mayor, bajo, calvo, jubilado seguramente, en chancletas azules, pantalón corto, camiseta blanca, sin mangas, que en la góndola de quesos del Coto esta tarde acercaba los pedazos envueltos a los anteojos para ver el precio. No puede ser, murmuraba. Una mujer pálida, de edad incierta, pelo teñido hace días, de un rubio ya opaco, espera en la fila para pagar un sachet de leche. Vecinos todos del barrio. Ahí van, vamos, al ocultarse el implacable sol. A comprar para hoy, poco de lo que hay, de lo que se puede. Mañana vemos.

¡Qué país sería éste!

Como en esos programas de concurso, donde ganaba unos mangos el que con sus morisquetas, o chistes, hacía reír a un tipo serio, casi nada logra ya provocar una cólera como la gente. Espumante, casi rabiosa. Ni aunque de pronto aparezca todavía Kicillof hablando. El responsable de sumar dieciséis mil millones de dólares más a las deudas que dejaron. Nada. Ni juicio por mala praxis, malversación, nada No pasa nada ante semejante impunidad. Ya ni te recalienta Insaurralde, la matanza de Espinoza, o el recuerdo de las víctimas en la inundación de La Plata que ocultó el gobierno de Scioli. Nada hay. Ni el consuelo de un poco de justicia.

Es un verano en estado de abandono. Salvo por algún episodio personal, se olvidará pronto. El ventilador no tira una mierda. No da ni para soplar la temperatura de la indignación a la que estamos acostumbrados. Ni a quien putear hay. Ni porqué. Ni para qué. El desvarío, el sinsentido de un alarido, de un grito de horror, se oiría apagado, a distancia, como el lamento tardío de quien recién ahora acaba de comprender el mal que le han hecho, los años que le robaron. Pobre tipo se diría, tal vez, apenas, en el caso de que alguien escuche.

Por ahí, sí, en las redes, en los foros, se agita un poco de furia. Si te dan ganas, echado panza arriba, tecleando en el celular, hay quien goza responder con fina ironía, o violencia verbal, para dejar constancia de lo enojado que está, porque bueno, hay un límite. Con dos líneas, no más, tres veces al día, al menos sentís un minuto de alivio. En una de esas, si está de acuerdo con vos, hasta Milei te retuitea. Porque no, quien te dice.

Cuando despertó, Scioli seguía ahí.

*Periodista.