En un entorno dominado por la fluidez de las plataformas digitales y la rápida caducidad de los bienes de consumo, la acumulación con sentido historiográfico adquiere una dimensión singular. El sociólogo Zygmunt Bauman conceptualizó la modernidad líquida como una era signada por la volatilidad, donde las relaciones, los objetos y las instituciones pierden solidez temporal y nada se proyecta para perdurar.
En este escenario de caducidad inducida, la práctica de conservar y catalogar objetos del pasado se posiciona en las antípodas del mandato contemporáneo.
En diálogo con Perfil Córdoba, tres integrantes del Círculo de Coleccionistas de Córdoba —agrupación surgida en 2019— reflexionan sobre el valor de resguardar piezas materiales en tiempos donde la prisa define las dinámicas cotidianas.
La resistencia de la materia
Eduardo Argüello, quien lleva más de tres décadas dedicado a la búsqueda de piezas publicitarias antiguas, con especial enfoque en la publicidad corpórea de finales del siglo 19 y del siglo 20, analiza el contraste entre la duración de los objetos de antaño y la cultura de descarte actual. “Antes había objetos que duraban décadas. En el campo había heladeras de nuestros abuelos funcionando después de 50 años. No había esa sociedad a nivel mercado tan agresiva que hace que un objeto sea obsoleto mañana, como el caso típico de los celulares, que ya hay coleccionistas de celulares y no es fácil conseguir algunos”, señala.
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Respecto a la función social de esta actividad, destaca el rol protector que ejercen sobre el patrimonio. “Cerca del 80% de los objetos que actualmente están en los museos del mundo estuvieron en manos de coleccionistas. O sea que sin coleccionistas tampoco habría museos. Los primeros protectores de una antigüedad somos nosotros”.
Al recibir a estudiantes de diseño o publicidad, Argüello propone un ejercicio de inmersión temporal. “Les digo que para disfrutar de la colección tienen que verla con los ojos de sus abuelos, cuando no había televisión, ni nada. Estas publicidades eran fantásticas; hay una frase de un publicista que decía que los afiches eran 'gritos pegados en las paredes'. Nosotros estamos rescatando esos gritos”.

Máquinas de afeitar. Desde piedras volcánicas con filo, usadas en el paleolítico para cortarse la barba hasta la evolución de la Gillette, forman parte de la colección de Orschanski. (Foto Fino Pizarro).
La pedagogía de la espera
Gustavo Russo, coleccionista de numismática, medallas, fotografías antiguas y piezas del ámbito ferroviario y postal, observa cómo la velocidad de las comunicaciones actuales transformó las relaciones humanas y la percepción del tiempo.
“En las cartas y postales, la inmediatez no jugaba. Para saber si un amigo nos mandaba un saludo desde España teníamos que esperar a que llegara la postal. Toda esa paciencia guardada en cartas hoy es impensada”, sostiene Russo.
Su interés por las piezas numismáticas radica en el testimonio histórico que encierran, como las monedas emitidas por establecimientos rurales o los distintivos de transporte público. “Una pieza de la época federal argentina me remonta a la formación de nuestro país como nación, a 1853, a la sanción de la Constitución y a la lucha por el federalismo. La pieza tiene que tener una significación histórica para que la pueda tener en mis manos. Hay piezas de pago en estancias que marcaban una forma de trabajo y la inexistencia de leyes laborales. Coleccionar permite descubrir cómo se vivía, cómo se comunicaba la gente y cómo pagaba”.
Frente a la sobreproducción de archivos virtuales, Russo plantea interrogantes sobre la perdurabilidad del soporte digital. “Hoy todo lo digital no sé dónde se va a guardar, dónde se va a archivar o cómo lo vamos a poder ver de acá a 50 o 100 años. Tengo fotografías de los primeros fotógrafos de Córdoba. ¿Cómo vamos a resguardar las imágenes digitales? ¿En qué formato? El papel, la impresión y el objeto construido van a tener que perdurar para poder visualizar la historia”.

Numismática, medallística y postales. Todas las piezas de la colección de Gustavo Russo tienen un trasfondo histórico que le da sentido a la colección. (Foto Fino Pizarro).
Cuidadores de historias e identidades
Enrique Orschanski, médico pediatra y coleccionista de objetos de barbería y vida doméstica desde hace 35 años, vincula esta disciplina con una respuesta directa ante la brevedad del presente. “Coleccionar es una forma de protesta contra lo efímero, lo fugaz y lo transitorio. Intentamos diferir de los acumuladores dándole la profundidad histórica que tienen los objetos, que cuentan historias y la vida social. En mi caso, la vida íntima de cómo se afeitaba la gente en distintos momentos”.
Desde su práctica profesional, Orschanski observa las consecuencias de la aceleración cotidiana en las infancias. “Me preparé para una pediatría de afecciones simples y ahora tengo que prepararme para una pediatría de ansiosos, impacientes y fugaces. Los chicos están enfermos de fugacidad porque todo va rápido. Un chico que manda un mensaje y a los 15 segundos no tiene respuesta genera reacciones de ansiedad e intolerancia que condicionan enfermedades. El coleccionismo ofrece un entrenamiento en el manejo del tiempo, el orden y la memoria”.
El pediatra enfatiza la postura ética que asumen frente a los elementos que reúnen. “Somos cuidadores de los objetos, no dueños. Ninguno de nosotros le daría el mismo sentido a su colección si no la mostrara. En el Círculo de Coleccionistas pusimos como condición hacer públicas las colecciones y compartir la información”.

Publicidad corpórea. En San Leonardo se asienta una gran colección de publicidad corpórea de finales del siglo 19 y siglo 20.
La búsqueda incesante y el destino del patrimonio
A diferencia de las colecciones cerradas o promocionales de consumo masivo, el coleccionismo histórico se define por la imposibilidad de completarse. “Lo que apasiona no es tener la pieza, es buscarla. La constante búsqueda es lo que motiva. Si me preguntan cuál es mi mejor pieza, siempre digo que es la que no tengo”, afirma Argüello.
Orschanski coincide en la dimensión existencial de esta práctica. “Ser coleccionista es una condición, no necesariamente una actividad. No se mide en tiempo, se mide en intensidad y en disfrute. En las mayores colecciones del mundo falta una pieza; una colección completa está muerta porque se acabó la búsqueda”.
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Por último, en relación al futuro de los objetos reunidos, los entrevistados descartan la imposición del legado familiar como mandato obligado. “El coleccionismo es una pasión y la pasión no se transmite. Mis hijos no tienen porqué tener la carga de mantener la colección si no la sienten. Las piezas van transitando a mejores manos de otros coleccionistas hasta que en algún momento vayan a un museo”, expresa Argüello.
Por su parte, Russo concluye sobre la responsabilidad al momento de desprenderse de las obras: “Si sé a dónde van a ir y que la persona las va a valorar e interpretar de una forma similar a la mía, no tendría problema en desprenderme. Saber que van a seguir siendo cuidadas y respetadas es lo que importa”.