La historia de la ciudad de Córdoba ha sido mil veces contada. Pero hay algunas historias desconocidas, ocultas, invisibles. ¿Quiénes habitaban y cómo lo hacían los cordobeses que vivían en la porción de territorio que luego fue ocupada por la Cañada? ¿Qué vivencias y cotidianidades existieron antes de que se abriera esa bella “cicatriz” que atraviesa la ciudad de Córdoba de sur a norte y que marca el límite Este del trazado colonial?
La historiadora Cristina Boixadós arroja algo de luz a esos interrogantes en su libro “Fuera de Registro”, publicado a fines del año pasado, en el que desvela una historia inédita. La investigadora y autora cordobesa rescató -tras una exhaustiva investigación- gran parte de la historia de más de 200 casas de 18 manzanas de la trama urbanizada entre la calle Rioja, al norte, y la Perú y Julio Roca, al sur.
Su estudio se basó en 300 negativos que halló en el sótano del archivo de la ex Dipas (Dirección Provincial de Agua y Saneamiento), hoy Ministerio de Infraestructura y Servicios Públicos, que resguardaban 70 años de historia. Con ese material, la autora comenzó a armar un rompecabezas con datos evidentes y otros que se insinúan a través de las imágenes.
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Boixadós siempre fue una asidua visitante del archivo de la ex Dipas. En 2005, su libro “El cauce viejo de La Cañada” la llevó al séptimo piso del edificio de Marcelo T. de Alvear y Humberto Primo. Aquel volumen compiló las fotografías de cada cruce de calles con el arroyo original de La Cañada, obtenidas por el político radical Tristán Paz Casas antes de iniciar el reencauzamiento del arroyo en abril de 1944. Además, esa publicación sumó otros documentos visuales y algunas fotos de la construcción de la obra.
Cristina relata que en el 2015 volvió al mismo repositorio por las fotos de los trabajos del primer dique San Roque y sus derivados. En esa ocasión, el fotógrafo era Jorge Brisco Pilcher, un inglés de Liverpool y gerente de Banco en Mercedes (Uruguay), que se convirtió en fotógrafo en Córdoba entre 1870 y 1890. “En esa ocasión, los documentos ya no estaban en las alturas, habían descendido a un sótano, sin orden, estaban fuera de registro. Los retratos de Bialet Massé y Casaffousth, miraban con recelo a los pocos consultantes de esos papeles diseminados”, cuenta Boixadós. Allí, junto con su colaboradora Sofía Maizón, encontraron álbumes de gran tamaño con las albúminas de Pilcher de los años 1886-1890.
“Por curiosas y por saber qué más se podría salvar, hallamos los negativos de celuloide que retrataban los frentes y los patios de las casas a demoler para hacer la obra de sistematización de La Cañada, decretada desde 1939”, recuerda la historiadora.
“Una caja de cartón anunciaba misterio, su contenido olía a una demolición colectiva, la de más de 200 viviendas de 18 manzanas rebanadas colindantes al arroyo”, agrega. Boixadós y Maizón lograron armar “cierta geografía” al unir la información de las fotografías, las guías comerciales y las planillas de expropiación. De esta manera, la investigadora corroboró nombres de propietarios, calles y esquinas. “Pero no es fácil. Si los bordes se cortaron, si el curso de agua se modificó, ¿cómo se arma el rompecabezas? ¿Cómo se encaja una pieza si ha perdido su espacio?”, se pregunta.
Cristina guardó esas fotos durante 10 años, hasta ahora. En el prólogo, el periodista y escritor Waldo Cebrero explica que la narrativa del libro combina la “arqueología fotográfica” -un portal hacia las historias perdidas y las vidas ajenas- con la escritura del yo, esa manera de hacer pasar por el tamiz de la intimidad los temas universales, como la infancia, los amores, el oficio, las mudanzas, la muerte de la madre. En palabras de Cebrero, Boixadós revuelve los desechos de la historia para rescatar a alguien y, con ese material, le devuelve otro sentido a lo que quedó fuera de registro.
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Humanizar una obra arquitectónica
El aporte de Boixadós en este libro es, según sus palabras, “haber humanizado una obra arquitectónica y urbanística que significó la nueva Cañada”, con sus altos paredones de piedra caliza, vías de circulación, veredas y vegetación que hoy embellecen la trama urbana. “Pero detrás de este ‘hacer ciudad’ había vida, cotidianidades, costumbres, viviendas, patios con jaulas, macetas, escobas, baldosas y otros de tierra que quedaron ‘fuera de registro’”, sostiene. Y subraya: “La fotografía, como siempre, devuelve una presencia ausente”.
La autora asegura que, sin querer, su memoria y su andar por la ciudad acompañan los pies de fotos. “Pongo nombre e historias a las figuras presentes en estas ‘superficies vivas’, al decir de Agustina Triquel. Dejan de ser fotos viejas, para convertirse en un paseo por los diferentes estratos de la ciudad y de mi memoria. Son sus bordes siempre movedizos con su gente que respira, come, vive en esos espacios desaparecidos”, concluye.