Para Juan Vera Gil, una conversación entre adversarios puede empezar con preguntas tan sencillas como “quién sos” o “cuál es tu historia”. El consultor estratégico y coach español, radicado en Chile, lleva años trabajando con ministros, parlamentarios y directivos. A fines de los ’90 dirigió la primera planificación estratégica de la modernización del Estado chileno, cuando el país reconstruía su democracia después de los 17 años de dictadura de Augusto Pinochet. En ‘Articuladores de lo posible’ propone acercar a quienes parecen condenados a no entenderse. Con esa experiencia, conversó vía telefónica con Perfil Córdoba sobre las dificultades de gobernar y nuestra tendencia a buscar líderes que nos salven.
—Usted trabajó con muchos gobernantes. ¿Por qué algunos ganan elecciones, pero después no consiguen gobernar bien?
—Porque se ganan las elecciones desde una promesa. Prometer es fácil, es gratis. Después hay que enfrentarse a la gestión, que requiere un conocimiento que muchas veces el gobernante no tiene. Viene de un mundo político y eso puede servir para estar en un Parlamento. Pero gobernar requiere saber gestionar el entorno y lo interno.
—¿Qué dificultad de esa gestión suele quedar oculta para los ciudadanos?
—Tienen que hacerse cargo de innumerables limitaciones, empezando por el derecho administrativo, y realizar múltiples acuerdos. Las cosas no son tan fáciles como pensar: “Ahora tengo el poder y voy a moverme con más facilidad”. Recuerdo a un ministro que me dijo: “Nunca he sentido menos poder que desde que soy ministro”. Venía de presidir las juventudes de un partido y encontró que, como ministro, todo era muy limitado. Creo que el ciudadano no se da cuenta de eso.
—Si gobernar exige tantos acuerdos, ¿qué encontró en Chile después de la dictadura?
—Un escenario que al principio se parecía a lo que había visto en España. Era tanta la sensación de dolor que había una predisposición al acuerdo. En la comisión que elaboró la Constitución española estaban sectores todavía vinculados a la dictadura y el Partido Comunista, que acababa de legalizarse. Con esa distancia se consiguió una Constitución. Hay momentos en que el dolor genera una necesidad de acuerdo; en otros pasa lo contrario. Hoy, incluso en ciertas generaciones, se ve al acuerdo como una traición y se cree que hay que imponerse.
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—¿Y qué dificulta en Argentina construir acuerdos que duren más de un gobierno?
—Cuando vivía en España admiraba mucho a los argentinos: su fuerza, su cultura, su capacidad. Pero no entendía sus decisiones políticas. Julio Olalla, con quien me formé en coaching, decía que pasan de la admiración a la idolatría. Eso es un impedimento. Las políticas de Estado requieren liderazgos capaces de conversar sobre un proyecto de país y no sólo sobre el ejercicio del poder momentáneo. También una ciudadanía que ponga por encima de sus diferencias la idea de paz y de encuentro. Pondría más énfasis en un proyecto de construcción social que en líderes concretos: pensar en la Argentina que queremos.
—Lo que dice plantea un cambio cultural. ¿Podemos los argentinos renunciar a esa necesidad de encontrar a alguien que nos salve?
—Espero que sí, porque cuando convierto al que admiro en un ídolo intocable, le puedo perdonar todos los errores. Lo pongo por encima del bien y del mal. La admiración puede mantenerse en un espacio en el que te admiro por algo, pero si dejas de hacerlo, mi admiración desciende. La idolatría convierte al otro en una persona superior a nosotros. Espero que las nuevas generaciones contribuyan a una idea distinta. A lo mejor es pura ingenuidad por mi parte.
—¿Y qué pasa cuando es el propio líder quien cree que tiene toda la verdad?
—Tiende a un poder más absoluto. Me limito a observar a un (Javier) Milei que grita, que no escucha. Es un poder que no admite réplica: cuando lo contradicen, el otro es un zurdo, un bellaco; aparecen los insultos a opositores o a la prensa. Habla desde un pensamiento absoluto: la verdad la tengo yo. Y si yo tengo la verdad, no hay espacio para un diálogo. Eso se parece a lo que en las monarquías europeas se llamaba absolutismo. Puede haber coherencias en su relato, pero, desde esa posición, el resto vive en la mentira o en la ignorancia.
—¿Qué margen tienen países como Argentina frente a Donald Trump? ¿Lo mueve lo mismo que a Milei?
—El margen es el de la obediencia. Para mí, Trump funciona más como un empresario que se cree que es el dueño del mundo que como un político. Hay liderazgos que movilizan por la atracción hacia una idea o un proyecto; otra forma es el miedo: “Te invado, te bombardeo, me quedo con tu petróleo. Ahora, si me obedeces, yo te ayudo”. Trump es el ensimismamiento: el yo y el nacionalismo, Estados Unidos. Milei, en cambio, está mucho más movido por una teoría económica. Coinciden en ciertos rasgos de cómo movilizar emociones, pero lo que los mueve es distinto. Desde ese punto de vista, a Milei le basta con la sumisión al yo de Trump o a la supremacía de Estados Unidos. Puede recibir apoyos que le sirven para lo que a él lo mueve: su teoría económica.
—Frente a esos modos de ejercer el poder, ¿qué propone un “articulador de lo posible”? ¿En qué se diferencia de un negociador?
—El negociador busca un acuerdo mediante concesiones mutuas. El mediador interviene porque las partes confían en él. Articular es crear un espacio de conocimiento entre las partes para que aparezcan dimensiones personales y una comunicación adicional a la del rol. No siempre el énfasis está en lograr un resultado, sino en posibilitar un acercamiento que no era evidente. Está más puesto en el espacio que en el resultado.
—¿Recuerda algún caso en el que conversar haya acercado posiciones que parecían irreconciliables?
—El proceso de ETA en España. Cuando llegó la democracia pensamos que los atentados se acabarían, pero continuaron. Pasó mucho tiempo hasta 2011. La historia habla de José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero en ese proceso fueron claves otras personas que empezaron a conversar. Cada una comenzó a hablar con su parte y fueron bajando la temperatura.
—¿Ese acercamiento puede sobrevivir cuando reaparecen los intereses y las diferencias?
—Cuando aparece la persona encontramos algo que nos une, aunque sea nuestra humanidad. Las diferencias son legítimas, pero el tono cambia y las posibilidades aumentan. Sólo eso: las posibilidades aumentan, nada es seguro.
—Pero en una mesa también hay desigualdades. ¿Cómo evitar que cedan siempre los que tienen menos poder?
—Hay que crear un espacio en el que los roles no impliquen jerarquía durante la conversación. Eso debe defender el facilitador. Se establecen acuerdos previos: nadie va a sacar ventaja ni capitalizar el encuentro. Si las partes no se comprometen, el consejo es no avanzar. Lo que se logre no puede usarse después como un arma contra ninguna de ellas. La trampa y la mentira existen, pero necesitamos una voluntad de convivencia, aunque se piense distinto.
—Pensemos en una mesa para mejorar la educación y el trabajo en Argentina. ¿A quiénes convocaría y por dónde empezaría?
—Lo haría en fases. Primero, reuniría expertos en educación de países avanzados en esos temas, también del propio país, con especialistas en inteligencia artificial que expliquen qué empleos van a existir y cómo cambiarán los actuales. Sumaría personas capaces de articular ese conocimiento. Después, sentaría al Gobierno nacional, las provincias, sindicatos, empresas, universidades y sociedad civil. Con antecedentes comunes y una información experta que no sea tendenciosa, habría más garantías de que la conversación no se deje llevar por las pasiones.
En Córdoba
Juan Vera Gil brindará la charla taller “Articuladores de lo posible” el jueves 29 de octubre, de 10 a 17 en el Campo Social Nuestras Raíces, como parte del ciclo “Repensar Argentina en Acción”. Organizan la Fundación San José Obrero y el Sindicato Petrolero de Córdoba. El bono contribución cuesta $10.000, a beneficio del Cottolengo Don Orione. Inscripciones en www.repensar-argentina.com.ar