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PUNTO DE VISTA

La fatiga estructural del multilateralismo

La Cuestión Malvinas cobra renovado protagonismo ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. La falta de resolución de la dilatada controversia de soberanía con el Reino Unido pone a prueba la legitimidad remanente del sistema y la responsabilidad de quienes recibieron el mandato extraordinario de sostenerlo.

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Islas Malvinas | Imagen Web

“Los británicos están furiosos porque Estados Unidos, en una votación sobre la cuestión de las Malvinas en las Naciones Unidas, se puso del lado de Argentina. Y así es". Releer aquel editorial del diario The Washington Post, titulado «La fiebre de Malvinas persiste», es una experiencia fascinante pero alarmante. Publicado en noviembre de 1982, tras el voto favorable de Estados Unidos a la Res. 37/9 de la ONU, supo anticipar lo que acontecería si los británicos no abandonaban su desafortunada postura: considerar el resultado de la guerra como la solución de la controversia y el deseo de los isleños, británicos al fin, como la autoridad decisoria del diferendo. Afirmar que la invasión argentina había alterado la justificación histórica o política para negociar evidenciaba que los británicos seguían bajo el influjo de la fiebre de Malvinas y que ello auguraba problemas en el futuro.

El diagnóstico de 1982 y su renovada actualidad

Los recientes pronunciamientos que llegan desde ambos lados del Atlántico demuestran lo acertado de aquel diagnóstico.

Desde la Cámara de los Comunes británica, días atrás, la diputada laborista Amanda Martin sostuvo: “Esta cuestión está resuelta. Argentina fue derrotada.” Y añadió que, por encima de todo, los isleños habían hecho su elección: seguir siendo británicos. La ministra de Estado Kirsty McNeill, en nombre del Gobierno británico, respondió “no puedo estar más de acuerdo”. Por estas latitudes, el Gobierno argentino ha endurecido su posicionamiento y se aguarda una decidida intervención del presidente ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, lo que demuestra la actualidad de la advertencia ignorada.

Posturas asimétricas

En un juego de espejos, es necesario recordar una reciente intervención del Reino Unido ante la Asamblea General. Refiriéndose a Ucrania, expresó que la soberanía y la integridad territorial son principios que obligan a todos los Estados miembros de Naciones Unidas, y que el uso de la fuerza no modifica soberanías ni reescribe fronteras. La contradicción con Malvinas no necesita mayor explicitación.

La responsabilidad de los "garantes"

Después de dos guerras mundiales devastadoras que pusieron a la humanidad al filo del abismo, nos dimos una postrer oportunidad. Creamos Naciones Unidas, con el finalismo de hallar una manera racional de resolver los conflictos y conjurar las amenazas a la paz y la seguridad internacionales.

Ese esquema de seguridad colectiva nació condicionado por una tensión propia del reparto de poder existente por entonces. Proclamó la igualdad soberana de los Estados, pero confió al Consejo de Seguridad —y especialmente a sus miembros permanentes— la responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad internacionales.

En aquel entonces, Naciones Unidas recibió un mundo marcado por el colonialismo y trabajó para revertirlo. Para los procesos de descolonización consagró como principio rector la autodeterminación de los pueblos, destinado a devolverles la libertad de definir su propio destino. Pero consideró a Malvinas como un caso especial y particular de descolonización, en el que la controversia versaba sobre la soberanía del archipiélago, a ser resuelta de manera negociada entre Argentina y Reino Unido respetando los "intereses" isleños.

Este encuadre del conflicto fue sostenido en diez resoluciones de la Asamblea General y reiterado durante décadas por el Comité Especial de Descolonización de la ONU, incluso en junio de este año.

A pesar de estos insistentes pronunciamientos, el Reino Unido persiste en su contumaz negativa a reanudar las negociaciones interrumpidas por la guerra.

¿Fatiga estructural en ciernes?

Un rascacielos puede soportar fuertes movimientos sísmicos o desafíos climáticos extremos y padecer daños menores si han sido previstos los reaseguros estructurales necesarios. También puede sufrir daños progresivos en sus elementos portantes como consecuencia de cargas reiteradas, produciendo lo que se denomina “fatiga estructural”. Continúa en pie, pero su sustentabilidad ha quedado severamente comprometida. Algo semejante ocurre con el multilateralismo.

Cuando uno de los países garantes desnaturaliza un principio esencial en pos de salvaguardar sus intereses, la sobrecarga deja de ser periférica o limitada para comenzar a afectar la estructura portante.

La seriedad del problema se evidencia cuando un principio —por esencia descolonizador, como el de "autodeterminación"— puede ser utilizado para consolidar aquello que Naciones Unidas intenta revertir. Pero Malvinas es sólo un punto de estrés; el problema que abordamos excede en mucho a esta controversia.

Los Estados observan —con especial atención— cómo se aplican los principios estructurales del sistema cuando colisionan con los intereses de quien pretende reinterpretarlos utilizando una posición preeminente. De esa respuesta final depende la legitimidad del sistema y su estabilidad residual.

El riesgo es que estos reiterados ciclos de carga acerquen al multilateralismo a una falla estructural mayor, lo que nos obliga a reflexionar sobre cuánto deterioro adicional de su legitimidad puede soportar un sistema cuando las sobrecargas provienen de quienes recibieron la responsabilidad extraordinaria de sostenerlo.

No podremos lamentar luego la implosión como si aquella hubiera sido imprevisible e inevitable. Ciertamente no lo es.