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La segunda montaña: la historia que explica por qué el verdadero propósito de la vida

Una historia inspiradora sobre dignidad, amistad y propósito que busca una explicación para disfrutar realmente los años. Cuando el éxito deja de ser suficiente, aparece una pregunta más profunda: para quién vivimos.

Las dos montañas
Las dos montañas | Cedoc

Todos tenemos dos vidas, y la segunda comienza cuando descubrimos que solo tenemos una”.

La frase suele atribuirse a la sabiduría antigua, pero en nuestra época cobró una fuerza especial cuando pensamos en historias como la de Steven Sotloff, el periodista capturado en Siria y asesinado por ISIS en 2014. Sotloff sabía que la vida es frágil, limitada, impredecible.

Su mensaje era simple y brutalmente honesto: vive tu vida al máximo.

Porque la verdad es incómoda pero inevitable: no vamos a vivir para siempre. Tenemos un solo tiro.

La cuestión no es cuántos años vivimos, sino qué hacemos con ese tiro. Y muchas veces el sentido de ese disparo aparece cuando empezamos a subir lo que el escritor David Brooks llama la segunda montaña.

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Brooks describe que la mayoría de las personas pasa la primera parte de su vida escalando la primera montaña: éxito, logros, reconocimiento, posición. Pero tarde o temprano algo ocurre —una crisis, una pérdida, un despertar— y uno entiende que esa cima no era el verdadero destino.

Entonces comienza la segunda montaña.

Esta segunda montaña que inicia es diferente a la primera. Es la montaña del propósito. La montaña de la entrega.

La montaña donde la pregunta deja de ser “¿qué puedo lograr?” y pasa a ser “¿para quién puedo vivir?”. Hay historias que explican esa transición mejor que cualquier teoría.

Había un rabino en Europa muy conocido llamado Rab Dob. Antes de la guerra era una persona muy respetada, líder espiritual de una hermosa congregación. La gente lo escuchaba, lo admiraba y encontraba guía en sus palabras.

Pero la guerra lo cambió todo. Después de sobrevivir y deambular por distintos países, finalmente llegó a Francia. Allí comenzó una nueva lucha: reconstruir su vida. El problema era que no hablaba ni una sola palabra de francés, y eso hacía casi imposible encontrar trabajo.

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Fue de reunión en reunión buscando alguna oportunidad, pero nada aparecía. No tenía cómo mantenerse. Aquel rabino respetado que antes hablaba frente a multitudes ahora caminaba por calles extrañas, en un país extraño, buscando simplemente cómo sobrevivir.

Rab Dob tenía un gran amigo que había escapado de la guerra junto a él. Se llamaba Rab Gad Eisner.

Gad sentía una enorme empatía por su amigo. Veía su dolor, su humillación silenciosa, y deseaba ayudarlo con todo su corazón. Intentó por todos los medios conseguirle trabajo, pero no encontraba ninguna solución.

Hasta que un día vio un aviso de una sinagoga: se buscaba personal de limpieza. El trabajo consistía en limpiar los baños, los pisos, las paredes, ordenar los libros… todo lo que nadie quería hacer.

Gad se quedó mirando el aviso largo rato. Sabía que ese no era el trabajo que su amigo había tenido en Europa. No era la vida que había llevado. Pero también sabía que necesitaba trabajar.

Fue a la entrevista y dijo con seguridad:

—Tengo a la persona perfecta para este puesto.

Después fue a ver a Rab Dob. Con una sonrisa le dijo:

—¡No sabes la oportunidad que encontré para ti!

—¿De verdad? —preguntó Rab Dob con esperanza.

—Sí. Quieren contratarte como rabino de la sinagoga.

Los ojos de Rab Dob se iluminaron.

—¿En serio? ¡Guau!

Gad continuó: Es un tipo de trabajo distinto al que hacías antes. No tienes que dar sermones, ni clases, ni discursos. Lo único que quieren es que estés allí. Que los jóvenes te vean rezar, estudiar, vivir como un rabino. Quieren que seas un modelo para ellos. Nada más.

Rab Dob sonrió.

—¿O sea que solo tengo que hacer lo que amo hacer… y por eso me pagan?

—Exactamente —respondió Gad.

Feliz, Rab Dob aceptó el trabajo. Pero Gad tenía ahora una misión muy delicada: asegurarse de que el presidente de la sinagoga y Rab Dob nunca se encontraran.

Había solo un problema: alguien tenía que limpiar los baños, lavar los pisos, ordenar los libros y hacer todo el trabajo duro. Entonces Gad tomó una decisión. Lo haría él.

Todas las mañanas, a las 4:30, llegaba a la sinagoga cuando aún estaba oscura y silenciosa. Limpiaba los baños, fregaba los pisos, lavaba las paredes, ordenaba los libros. Dejaba todo impecable antes de que alguien llegara.

Mientras tanto, Rab Dob venía más tarde, rezaba, estudiaba, y los jóvenes lo veían como el sabio rabino que era.

Durante mucho tiempo el plan funcionó. Hasta que un día ocurrió lo inevitable.

El presidente de la sinagoga se encontró con Rab Dob y empezó a hablarle. Gad, desde lejos, vio la escena y sintió que el corazón se le caía al suelo.

Mientras hablaban, la cara de Rab Dob se puso completamente blanca. Gad pensó:

—Ya está… se dio cuenta de todo.

Seguramente había descubierto la verdad. Seguramente perdería ese pequeño mundo de dignidad que aún conservaba.

Cuando terminaron de hablar, Gad se acercó rápidamente.

—¿Qué te dijo el presidente? —preguntó nervioso.

Rab Dob respondió con calma:

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No hablo francés —dijo—. Mientras él hablaba, yo solo asentía con la cabeza.

Gad se quedó paralizado. Más tarde, le preguntó al presidente qué había ocurrido. El presidente respondió:

—Solo le estaba diciendo algunas cosas que me gustaría que mejoren en la limpieza.

Y así fue. Gad siguió limpiando los baños y los pisos todas las madrugadas. Y su amigo siguió viviendo con la dignidad de aquel rabino que había sido en Europa.

Porque a veces el mayor acto de bondad no es dar dinero.

Ni resolver grandes problemas.

Incluso si eso significa levantarse cada día a las 4:30 de la mañana para limpiar en silencio… para que alguien más pueda seguir caminando por el mundo con la cabeza en alto.

Tal vez eso es lo que significa subir la segunda montaña. Cuando dejamos de preguntarnos qué podemos obtener de la vida y empezamos a preguntarnos a quién podemos sostener.

Porque al final, hacer que nuestro único tiro cuente no siempre significa cambiar el mundo. A veces significa algo mucho más profundo: cambiar el mundo de una sola persona.

Buen fin de semana. Aguardo sus comentarios.