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DEMOCRACIA EN EL CONTINENTE

Las dimensiones del patio y la grandeza

Con un encendido discurso, Lula advirtió que no permitirá injerencias externas en su país, que ingresa este domingo en la última semana de campaña hacia las presidenciales del 4 de octubre. Las encuestas auguran un balotaje, pero…

Lula y Bolsonaro
Lula y Bolsonaro | Captura

“Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, dijo el extornero mecánico nacido en un pequeño pueblo de Pernambuco un día de octubre, hace casi 81 años.

Las palabras, que tuvieron como telón de fondo la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas e inmediata repercusión global, marcaron un profundo contraste con los dichos y actitudes de otros mandatarios de la región, presurosos por aparecer en la foto de los celosos obedientes de la nueva Doctrina Monroe o “Donroe”, como le gusta llamarla al actual inquilino de la Casa Blanca.

“Dividir el mundo en zonas de influencia neocoloniales es una medida anacrónica”, afirmó también Luiz Inácio Lula da Silva, a poco de cosechar los aplausos de un auditorio que, a diferencia de lo ocurrido con otros dignatarios que hicieron uso del atril de la ONU, se quedó a escuchar al estadista y no abandonó la sala.

Aunque no se planteó en forma de contrapunto en el recinto internacional y algunas frases que se dijeron esta semana tuvieron escenarios y públicos diferentes en Nueva York, el mensaje del presidente brasileño parecía dirigido claramente a un gobierno norteamericano, a cuyo secretario de Estado, Marco Rubio, tanto Lula como Celso Amorim, un genuino exponente de la diplomacia de Itamaraty, prefirieron ignorar en un cruce ocasional en medio de las sesiones.

Lula abogó por una solución diplomática para la guerra en Ucrania y defendió la labor de la relatora de la ONU Francesca Albanese, quien denunció como “genocidio” la ofensiva de Israel en Gaza ordenada por el primer ministro Benjamin Netanyahu, en represalia por los cruentos ataques perpetrados por Hamas el 7 de octubre de 2023.

Las formas y los fondos de una involución institucional

“No permitiremos que los enemigos de la democracia, ya sean internos o externos, socaven la voluntad popular. La democracia brasileña pertenece a los brasileños; Brasil seguirá siendo un país soberano”, enfatizó el carismático fundador del Partido de los Trabajadores, en un párrafo que rebotó en la campaña electoral que encara su última semana de proselitismo en el país más poblado, rico e influyente de Latinoamérica.

Claro que otros gobernantes latinoamericanos, entre ellos el presidente argentino, Javier Milei, estaban a esa hora enfocados en poder saludar —aunque fuera fugazmente— a Donald Trump, detrás de cuyo liderazgo se han encolumnado devota e incondicionalmente.

Trump y sus “escuderos”

El magnate aprovechó la cita anual de la Asamblea General para concretar en Nueva York un nuevo encuentro de su “Escudo de las Américas”, la iniciativa que el mandatario republicano lanzó en marzo con las supuestas finalidades de coordinar estrategias frente al narcotráfico, el crimen organizado, la inmigración ilegal y, vaya paradoja, la interferencia extranjera.

“De ser necesario, utilizaremos nuestro poderío militar sin igual en el Hemisferio Occidental”, afirmó en un mensaje cuyo tácito destinatario pareció ser China y su influencia en diferentes campos, pero también una amenaza velada (o no tanto) hacia cualquiera que en la región se atreviera a cuestionar su hegemonía. Ese no sería el caso de los socios o convidados del club del Escudo, que sumó como nuevos miembros a José Antonio Kast, de Chile; Keiko Fujimori, de Perú, y Abelardo De la Espriella, de Colombia.

Así, la alianza llegó a 15 integrantes, contando al propio Trump y al ya citado Milei, quien a la vez que ratificaba ante la Asamblea su viraje discursivo en defensa de la soberanía argentina sobre las Malvinas, ofrecía energía, minerales y hasta el Atlántico sur como puerta hacia la Antártida como aporte para “una región próspera y segura”. Una mezcla de reivindicaciones nacionales con un pedido de inversiones donde el desarrollo sin control, negocios y expoliación de recursos y soberanía suelen ser un cóctel del que beben los más poderosos.

De hecho, ante los líderes de su “Escudo de las Américas”, que también integran el boliviano Rodrigo Paz; el ecuatoriano Daniel Noboa; el salvadoreño Nayib Bukele; el hondureño Nasry Asfura, y el paraguayo Santiago Peña, además de los actuales gobernantes de Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Guyana y Trinidad y Tobago, Trump se jactó de la influencia ejercida por su gobierno en recientes procesos electorales. “Creo que llevo ganados nueve de nueve”, espetó sin sonrojarse el presidente de Estados Unidos sobre sus triunfos en países ajenos, que cada tanto pinta en sus mapas como propios, con bandera de barras y estrellas y todo. Entre esas victorias de las que gusta apropiarse citó a la Argentina, por su apoyo millonario a Milei, aunque aún no parece haberse enterado que las legislativas del año pasado no fueron las presidenciales que recién se efectuarán de aquí a un año en nuestro país.

En este contexto de verborragia y sincericidios, de amenazas arrogantes de algunos y obsecuencias ominosas de otros, las frases de Lula apuntadas al comienzo de estas líneas, adquieren otra dimensión.

“Lo que está en juego en las próximas elecciones es la democracia o la barbarie”, afirmó ya de regreso el presidente brasileño durante un acto proselitista en Sâo Gonzalo, en la compleja periferia de Río de Janeiro, un estado que es bastión de su rival en los comicios del domingo 4 de octubre, Flávio Bolsonaro.

De otra magnitud

Alrededor de 158 millones de brasileños están llamados a elegir el primer domingo de octubre presidente y vice, gobernadores en 26 estados y en el distrito federal de Brasilia, además de 54 de los 81 integrantes del próximo Senado Federal y los 513 diputados y/o diputadas que serán parte del futuro Congreso.

Casi todos los sondeos de intención de voto auguran una alta polarización entre el actual jefe de Estado, quien va por su reelección, y el senador y candidato del Partido Liberal, Flávio Bolsonaro, quien asumió esa postulación tras la condena a prisión e inhabilitación política de su padre, el exmandatario de ultraderecha, Jair Bolsonaro. La condena al excapitán que gobernó Brasil entre el 1 de enero de 2019 y el de 2023 se produjo en relación con el violento asalto y los destrozos que partidarios del ultraderechista perpetraron contra las sedes de los tres poderes del Estado Democrático en la capital brasileña, en una intentona golpista frustrada a poco de que Lula asumiera su tercer mandato. El exlíder sindical volvió al poder tras vencer en el apretado balotaje de octubre de 2022 a Jair Bolsonaro, quien se negó a aceptar su derrota y lanzó acusaciones de fraude, sin pruebas.

Para la elección presidencial de este octubre un total de 13 aspirantes presentó su candidatura, aunque se descuenta que la pulseada será sólo entre Lula y Bolsonaro. Sin embargo, si ninguno de ellos logra cosechar más del 50 por ciento de los votos válidos en la primera vuelta, la elección se dirimirá en un balotaje previsto para el 25 de octubre, entre los dos más votados del primer turno.

Penúltimos sondeos

Este jueves por la tarde se conoció una encuesta realizada por Datafolha para la TV Globo y el diario Folha de Sao Paulo. Con más de dos mil casos relevados entre el martes y el miércoles en el país, el sondeo arrojó que Lula obtendría un 40% y Bolsonaro un 36, ambos muy lejos de los otros contendientes.

El tercero posicionado, con un 5% de intención de voto, sería según Datafolha Augusto Cury, del Partido Avante, un psiquiatra que a comienzos de campaña se promocionaba como una “tercera vía” entre los “favoritos”. Un punto porcentual más atrás aparece Ronaldo Caiado, del Partido Social Demócrata (PSD), y luego, con 3%, Renán Santos, del Movimiento Misión. Sumados, los otros candidatos llegan a una intención de voto del 5%, el mismo porcentaje de personas que anticiparon que el 4 de octubre votarán en blanco o nulo.

A pesar de los exiguos apoyos que se vaticinan para el resto de los aspirantes presidenciales, de cara a una segunda vuelta que casi todas las encuestadoras consideran inevitable, cada apoyo cuenta y puede ser decisivo.

Proyectados hacia el escenario de un segundo turno, Lula apareció en el sondeo de Datafolha con un 47%, frente al 45% de Bolsonaro; una suerte de “empate técnico”.

Otras consultoras divulgaron sus sondeos el lunes pasado con conclusiones parecidas. Así, Quaest otorgó a Lula un 37% de intención de voto, frente al 33% de Bolsonaro. Y Nexus ubicó a Lula primero, con un 40%, frente al 37 del senador opositor en primera vuelta, y una ventaja de 45 a 44% para el actual presidente en un eventual balotaje.

Las fotos de las encuestas realizadas 10 días o una semana antes de la votación pintan un escenario reñido y una recta final con la disputa por seducir a un 20% de ciudadanos y ciudadanas que dicen no haber decidido aún su preferencia de cara a las urnas.

Las crisis y disputas internas en el Supremo Tribunal Federal, una actualización del Programa Bolsa Familia, denuncias por tramas de corrupción que salpican a los principales partidos y la indisimulada injerencia externa de Estados Unidos para demoler el último gran dique de contención en Sudamérica frente a las políticas y los excesos de Trump (sin menospreciar al Uruguay de Yamandú Orsi), acaso se exageren en estos días.

Y todo lo que suceda tendrá en vilo no sólo a los 215 millones de personas que pueblan al gigante del Mercosur. Brasil —como dice un viejo guerrero de la política que se sobrepuso al cáncer, al lawfare y a las fake news— es demasiado grande como para caber en un patio trasero.