Fines de julio de 2026: el presidente Javier Milei recala en Brasil en un acto de campaña de la oposición para expresar su explícito apoyo al senador Flavio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro y candidato presidencial de la ultraderecha de ese país en las elecciones del próximo 4 de octubre.
En el acto proselitista, el mandatario libertario tilda de “corrupto” y llama “presidiario” al actual presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien irá por la reelección dentro de tres semanas. Las escenas finales de la irrupción de Milei en la campaña en tierras brasileñas incluyen un pedido de libertad para Bolsonaro padre, condenado y en prisión domiciliaria por su participación en la trama golpista que derivó en los ataques vandálicos a las sedes de los tres poderes del Estado y las instituciones en Brasilia en enero de 2023, a poco de la asunción de Lula en su tercer mandato, tras ganar en balotaje los comicios de octubre de 2022.
Desde lo gestual y discursivo, no faltaron grotescos pasos de baile y latiguillos de “hacer grande de nuevo a…”, emulando a quien patentó ese compendio de frases hechas desde hace una década, cuando su primera llegada a la Casa Blanca no parecía aún del todo expedita. El entredicho con Brasil, el país más poblado, próspero e influyente de Latinoamérica y el principal socio comercial de la Argentina, no era el primero de esta gestión, pero, tras el retiro de su embajador y la protesta formal de Itamaraty, las relaciones se enfriaron al punto más bajo en décadas.
Comienzos de septiembre de 2026
Milei acude en Santiago de Chile al V Encuentro Regional del Foro Madrid, una tribuna de dirigentes de ultraderecha que esta vez tuvo como anfitrión a José Antonio Kast, confeso admirador del extinto dictador Augusto Pinochet Ugarte.
En ese contexto, y apenas unas horas antes de dirigir su mensaje en cadena nacional con eje en Malvinas, el gobernante argentino reivindica el cruento golpe de Estado perpetrado el 11 de septiembre de 1973, cuando el bombardeo al Palacio de La Moneda acabó con el gobierno y la vida del presidente constitucional Salvador Allende, cuya elección tres años antes había marcado la “vía chilena al socialismo”.
Milei alude a los casi 17 años que duró la cruenta dictadura de Pinochet como “inicio de una etapa de estabilidad y crecimiento”, al tiempo que se refería como “zurdos mugrosos” o “cáncer” no sólo a quienes integraron el gobierno de la Unidad Popular, sino también a quienes llegaron a La Moneda de la mano de la Concertación, una vez recuperada la democracia, el 11 de marzo de 1990.
Kast, compadre ideológico pero competidor directo de Milei en la compulsa por ser el aliado más ostensible y servicial en el Cono Sur de la administración Trump, convalidó con su silencio la ofensa retórica al sentimiento y la memoria de al menos la otra mitad del país y dio por cerrado un entredicho con Argentina acerca de la jurisdicción sobre el Estrecho de Magallanes.
Nada dijeron ambos de los vínculos marítimos y comerciales entre Punta Arenas y las Islas Malvinas, que Milei consideró como argentinas casi mil días después de haber asumido su gobierno. Por vez primera, el mandatario libertario aludió a los habitantes de las islas como una población implantada y, como tal, carente de derechos a reclamar la “autodeterminación”. Un viraje discursivo del confeso admirador de Margaret Thatcher, emparentado con la necesidad de retomar la agenda política apelando a una causa nacional indiscutible que revivió de la mano de una bandera que hinchas arrojaron y jugadores de la selección nacional exhibieron con orgullo el pasado 15 de julio, cuando Argentina derrotó a Inglaterra en una épica semifinal del Mundial de fútbol.
El discurso leído con tono de estadista contrastó con los recurrentes derrapes de verborragia y excesos del actual jefe de Estado, pero no logró disimular que parte de sus “novedosas” propuestas (sanciones a empresas que exploten el petróleo de Malvinas) ya tenían varios años de aprobadas en el Congreso o se trataba de emprendimientos (construcción de una base naval en Tierra del Fuego) a los que el propio Ejecutivo que preside frenó en plena fase de realización. Al fin y al cabo, en la era de las fake news y la posverdad que incluye hasta la tergiversación oficial de textos sagrados, pareciera que pocos se toman el trabajo de separar la paja del trigo.
Mediados de agosto de 2026
Fuerzas policiales de Bolivia detienen en el aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra al argentino Fernando Cerimedo, una suerte de opaco influencer que se autopromocionaba como estratega digital y comunicador político, fundador de La Derecha Diario, bajo cargos de intentar asesinar a la abogada Nadia Beller.
La mujer, sobreviviente de los disparos que uno de dos sicarios le hizo a corta distancia, acusó por el fallido femicidio a Cerimedo, con quien tenía una relación sentimental y de quien dijo estar embarazada de cuatro semanas. Pero esa no sería la más resonante declaración de Beller sino lo que dijo, día tras día desde su lecho de convaleciente, acerca del poder en las sombras que su expareja tenía sobre el presidente boliviano, Rodrigo Paz, o sobre las vinculaciones entre Cerimedo y mandatarios de la nueva derecha global en el rompecabezas político latinoamericano.
Acusado de enriquecimiento ilícito y vínculos con el narcotráfico, además de intento de femicidio, y trasladado esta semana a la cárcel de máxima seguridad de Chonchocoro, en La Paz, la Caja de Pandora abierta en torno a Cerimedo no acaba de generar malas noticias o destapar vínculos del influencer con quienes ahora no saben cómo despegarse del caído en desgracia.
Imputado en Brasil por la misma intentona golpista de Bolsonaro y amigo de Eduardo, el tercer hijo de Jair y exdiputado que se radicó en Estados Unidos desde donde opera en favor del clan familiar ante el gobierno de Trump, las imágenes de Cerimedo con personajes y momentos clave se multiplican.
Se le asigna un papel destacado en el triunfo de Nasry Asfura a fines de 2025 en Honduras. Victoria objetada como fraudulenta por otras fuerzas políticas y celebrada en Washington por Trump, quien vaticinó tal resultado a poco de indultar al exmandatario hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico y a quien luego se escuchó admitir en conversaciones filtradas que estaba de regreso en Centroamérica para combatir a gobiernos progresistas o de izquierda en la región.
Cerimedo es hoy alguien del que reniega Paz, pese a que su vicepresidente dice que el argentino era una especie de superministro sin cartera, que tenía un despacho cercano y hasta aparece en una foto sentado al lado del presidente boliviano, en un encuentro con nada menos que el secretario de Estado de Trump, Marco Rubio.
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Al estratega digital lo desconoce hoy Kast, pese al papel clave del que Cerimedo alardeaba en el rechazo a la nueva Constitución impulsada por Gabriel Boric y a los videos que muestran al creador de fake news políticas interactuando en campaña con el hoy gobernante.
En el gobierno argentino alegaron que el vínculo con Cerimedo terminó en 2023, aunque Nadia Beller se encargó de recordar que el “estratega” y su esposa argentina, Natalia Basil, tienen mucho para aclarar en torno a la trama de corrupción y coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis) que ventiló Diego Spagnuolo.
Las granjas de bots, las valijas con millones de dólares, las fotos en despachos poderosos de diferentes capitales son indicios de una trama que merece otra recopilación, pero es muestra de algo oscuro que atraviesa fronteras. Javier Negre, socio español que también hoy abjura de Cerimedo, apareció junto a Abelardo de la Espriella, el flamante mandatario de Colombia que ganó por estrechísimo margen un balotaje que el presidente saliente, Gustavo Petro, tildó de fraudulento.
El precio de los votos
De la Espriella, a quien un presentador de CNN definió en campaña como mezcla de Milei con el salvadoreño Nayib Bukele, quiso mostrar el éxito de su política de mano dura, inaugurada el pasado 7 de agosto, caminando entre los cadáveres colocados en bolsas mortuorias de 23 presuntos terroristas, entre ellos algunos menores.
Hasta una voz proveniente de la derecha liberal como la del peruano Jaime Bayly deploró la lúgubre conferencia de prensa del colombiano y la comparó con la actitud de Alberto Fujimori en el sangriento final de la toma de la Embajada de Japón en Lima por parte de rebeldes del MRTA. El 28 de julio pasado y tras tres intentos fallidos por llegar al poder, asumió Keiko, la hija del agrónomo que gobernó Perú más de una década y fue condenado por corrupción y crímenes de Lesa Humanidad. Keiko negó nexos con Cerimedo, aunque fotos y videos la desmienten.
Son tiempos de alineamientos y contrastes en lo que el actual gobierno de Estados Unidos no tiene ningún empacho en volver a definir como su patio trasero. El “Hagamos América grande de nuevo” significa para Trump y su séquito pintar los mapas de otras naciones con las barras de siempre y acaso nuevas estrellas”.
Después de todo, para el actual inquilino de la Casa Blanca, el derecho internacional no existe y no hay mortal que por cinco mil dólares no venda sus convicciones, sus derechos o su patria en las urnas. A Aristóteles no le alcanzaría, dos mil años después, la palabra impura para describir tanta demagogia barata.