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Las grietas también florecen: la belleza de transformar las heridas en luz

Una reflexión sobre las imperfecciones, las luchas internas y aquellas heridas que muchas veces terminan convirtiéndose en la parte más valiosa de una persona.

Las grietas también florecen: la belleza de transformar las heridas en luz
Las grietas también florecen: la belleza de transformar las heridas en luz | .

La vida, muchas veces, nos obliga a sacar algo muy profundo de nosotros mismos. Nos quiebra con situaciones que nos hacen sentir que perdemos valor, que estamos rotos, incompletos, lejos de aquello que soñamos ser. Pero quizás, justamente en esas grietas, es donde comienza a florecer lo mejor de nosotros.

A veces creemos que el éxito o el fracaso pueden medirse con nuestra pequeña mirada temporal, sin comprender que muchas de las cosechas más extraordinarias nacen precisamente de las roturas más dolorosas.

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En una oportunidad, un adolescente visitó a Menachem Mendel Schneerson y le confesó con angustia la lucha interior y la desilusión que sentía en su vida.

—¿Por qué las cosas no pueden ser fáciles y sencillas? —preguntó.

El Rebe lo miró y respondió:

—Porque los seres humanos no son ángeles. Los ángeles son perfectos, no dudan, no se contradicen. En cambio, el ser humano está lleno de conflictos, vacila, cae, vuelve a levantarse. Y justamente ahí reside su grandeza.

El joven insistió:

—Entonces, ¿por qué D-os no nos creó como ángeles? ¿No sería todo mucho mejor?

El Rebe sabía que aquel muchacho amaba el arte y utilizó ese lenguaje para responderle.

—Decime —le preguntó—, ¿cuál es la diferencia entre una fotografía y una pintura?

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El joven explicó que una fotografía puede capturar una imagen con precisión perfecta, pero que una pintura contiene algo mucho más profundo: el alma del artista, su sensibilidad, su dolor, su imaginación, su humanidad. Por eso una pintura puede valer millones, mientras que una foto apenas unos pocos dólares.

El Rebe sonrió.

—Exactamente. Los ángeles son fotografías. Pero los seres humanos… son obras de arte.

Porque es precisamente el drama de la existencia humana —la lucha, las contradicciones, las heridas, las dudas— lo que puede transformar una vida en algo sublime. Hay una belleza que sólo nace de quien tuvo que pelear consigo mismo para encontrar luz en medio de la oscuridad.

Quizás por eso me conmueve tanto una antigua historia china.

Una anciana caminaba todos los días hasta el río con dos baldes colgados sobre sus hombros. Uno estaba perfecto; el otro tenía una grieta y perdía agua durante el trayecto.

El balde roto vivía avergonzado. Sentía que no servía, que fallaba, que nunca lograba cumplir correctamente con su tarea. Hasta que un día, cansado de sentirse insuficiente, le pidió disculpas a la mujer por ser defectuoso.

La anciana sonrió y le dijo:

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—Mirá el camino de regreso a casa. ¿Ves todas esas flores que crecen de tu lado? Yo las planté allí porque sabía de tu grieta. Y todos los días, mientras creías que estabas perdiendo agua… en realidad estabas dando vida.

Y quizás esa sea una de las lecciones más profundas de la vida. Las grietas que tanto escondemos pueden ser exactamente aquello que riega flores en el camino de otros.

Tal vez las partes de nosotros que consideramos fracasos sean, en realidad, los lugares desde donde más amor, más sensibilidad y más luz somos capaces de entregar. Porque D-os no busca fotografías perfectas. Busca obras de arte vivas. Y las obras de arte más bellas nunca nacen de la perfección… sino de almas que aprendieron a transformar sus roturas en jardines.

(*) Rafael Jashes - Rabino