Lo que antes de 2020 era un síntoma ignorado o apenas mencionado en los consultorios, hoy se ha convertido en una preocupación de salud pública. Según proyecciones basadas en datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el último Censo Nacional, se estima que en Argentina cerca de 2 millones de personas conviven con algún grado de disfunción olfativa. La información se da en el marco del Día Mundial de Concientización sobre la Anosmia, que se conmemora cada 27 de febrero, una fecha que busca visibilizar una condición que, según los expertos, presenta un profundo subdiagnóstico y cuya consulta médica ha crecido exponencialmente en el último tiempo.
En este contexto, la Dra. Dalma Álvarez Burgos, médica otorrinolaringóloga del Sanatorio Allende de Córdoba, advierte que este sentido brinda seguridad esencial al advertir la presencia de humo o escapes de gas. La especialista local señala que, además del riesgo físico, existe un fuerte impacto emocional: las personas afectadas suelen aislarse y pueden desarrollar cuadros de depresión, fundamentalmente porque el olfato aporta el 80% del sabor, comprometiendo así el estado nutricional del paciente.
“El subdiagnóstico sigue siendo muy frecuente. Muchas personas se adaptan a la pérdida progresiva del olfato y no buscan atención médica. Otras lo confunden con el envejecimiento o con cuadros respiratorios transitorios, cuando en realidad puede existir una patología subyacente que requiere evaluación. También hay casos de personas que nacen sin sentido del olfato, lo que se denomina anosmia congénita”, explicó la especialista.
El factor post-pandemia y las causas
Si bien el COVID-19 puso el tema en la agenda global, el problema persiste en el tiempo. La medicina distingue hoy entre dos estados críticos: la hiposmia, que es una disminución gradual y progresiva del sentido, y la anosmia, que es la pérdida total y puede manifestarse de manera súbita. Según explica Álvarez Burgos, aunque muchas consultas tras la pandemia fueron temporarias, otras evolucionaron hacia cuadros crónicos con repercusiones psicológicas importantes.
Más allá de los virus como la gripe o el coronavirus, existen otras patologías subyacentes que requieren atención. Una de las principales es la poliposis nasal, donde pólipos benignos obstruyen las vías y bloquean los olores de forma física. Es frecuente que quienes la padecen normalicen la obstrucción y posterguen la consulta, pero estos signos no deben considerarse normales ni necesariamente pasajeros. Asimismo, la pérdida del olfato puede ser una señal temprana de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer, o derivar de traumatismos cráneo-encefálicos, el envejecimiento natural o la exposición a sustancias tóxicas.

Diagnóstico y prevención
La recomendación de la especialista del Sanatorio Allende es taxativa: cualquier alteración del olfato que persista por más de dos semanas merece una evaluación profesional. El proceso diagnóstico actual incluye desde interrogatorios completos y exámenes endoscópicos hasta estudios por imágenes para establecer la causa específica y definir un tratamiento adecuado.
A nivel preventivo, la profesional insta a no subestimar síntomas como la congestión persistente o la alteración del sabor. Recomienda mantener una buena higiene nasal, evitar el consumo de tabaco, vacunarse contra enfermedades respiratorias y utilizar protección en ambientes contaminados. El abordaje oportuno es la clave para recuperar no solo un sentido, sino la seguridad y el bienestar en la vida diaria.