¿Alguna vez te preguntaste qué importancia tiene lo que hacés? En un mundo donde pasan tantas cosas y somos tantas personas, a veces sentimos que somos apenas uno más. ¿Qué puede cambiar por lo que yo haga? ¿Quién soy yo para hacer una diferencia? Hay algo que siempre me llamó la atención cuando leo el relato de la Creación en el Génesis.
Todo parece ser creado en abundancia. La vegetación, los peces, las aves y los animales aparecen en distintas especies, como parte de una creación inmensa. Pero cuando llega el momento de crear al ser humano, algo cambia: Dios comienza con uno solo, Adán. ¿Por qué? En medio de una creación tan vasta, ¿por qué la humanidad comienza con un solo individuo?
Quizás haya en ese detalle una invitación a pensar en el valor de cada persona. En un mundo de multitudes, cada uno de nosotros tiene una historia, una responsabilidad y una capacidad de influir en los demás. Sin embargo, muchas veces vivimos sin ser conscientes de ello. Hacemos nuestro trabajo, cumplimos con nuestras obligaciones y pensamos que lo que hacemos no tiene demasiada trascendencia. Pero no siempre sabemos hasta dónde puede llegar nuestra influencia.
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La historia de Elyasaf Miara es un ejemplo extraordinario. Elyasaf es un pintor que vive en el sur de Israel, una región donde las alarmas por los cohetes obligan a las personas a buscar refugio en cuestión de segundos. Por eso, en las calles hay pequeñas construcciones de hormigón reforzado, conocidas como migunit, destinadas a proteger a quienes no tienen tiempo de llegar a un lugar seguro.
Elyasaf quería que el refugio cercano a su casa fuera un lugar más agradable para los chicos. Pensó en una madre que tuviera que entrar corriendo con sus hijos, en un pequeño asustado por las sirenas y en una familia que quizá debiera permanecer allí durante diez minutos o incluso dos horas. ¿Por qué no hacer que esas paredes grises fueran un poco menos frías?
Entonces empezó a pintar. En un refugio dibujó el rostro sonriente de una niña; en otro, un jardín de infantes; en otro, el rostro de un niño feliz. Cada construcción tenía su propio mural, una imagen que la distinguía de las demás.
Su trabajo gustó tanto que la municipalidad decidió contratarlo para pintar otros refugios de la región. Elyasaf siguió trabajando: elegía los colores, preparaba las paredes y plasmaba sus imágenes. Hacía lo que sabía hacer. Hasta que llegó el 7 de octubre de 2023.
Ese día, durante el ataque terrorista de Hamás contra Israel, muchas personas buscaron refugio en esas pequeñas construcciones. Algunas quedaron atrapadas en medio del caos y llamaron a la policía para pedir ayuda, pero tenían un problema: no sabían indicar con precisión dónde estaban.
¿Cómo explicar una dirección cuando uno está asustado, no conoce bien la zona o no tiene referencias para ubicarse? Entonces comenzaron a describir lo que veían en las paredes. Algunos hablaban de una niña; otros, de un jardín de infantes o de un niño pintado. Esas imágenes se convirtieron en referencias para identificar cada refugio.
La policía comprendió que podía recurrir a quien conocía cada mural: el hombre que los había pintado. Elyasaf Miara recordaba sus obras y pudo ayudar a localizar los refugios a partir de las descripciones que recibía. Lo que hasta entonces había sido un detalle artístico se convirtió en una referencia concreta en medio de una emergencia. Su trabajo contribuyó a orientar a quienes buscaban a las personas que necesitaban ayuda.
Esto no te pasó a vos, nos pasó a los dos
Detengámonos un momento en lo que significa esto. Elyasaf no había construido los refugios. No era policía, rescatista ni militar. Era un pintor que había decidido que unas paredes de hormigón podían ser un poco más humanas. Y, sin saberlo, había hecho algo más: había creado una manera de distinguir cada refugio. Había dejado una señal que, llegado el momento, permitiría identificar dónde estaban quienes necesitaban ayuda.
Imaginemos que alguien le hubiera preguntado, unos meses antes, a qué se dedicaba. "Soy pintor", habría contestado. Una respuesta sencilla, perfectamente cierta. Pero ¿cómo podía saber que aquel trabajo cotidiano terminaría teniendo semejante importancia? ¿Cómo podía imaginar que, en una de las jornadas más oscuras de Israel, recordar dónde había pintado una niña sonriente podía ayudar a localizar a personas en peligro?
No lo sabía. Y justamente ahí está lo extraordinario. A veces hacemos cosas cuyo verdadero alcance desconocemos. No sabemos quién las va a necesitar, en qué momento ni de qué manera. Solo vemos la tarea que tenemos delante y, quizás por eso, no le damos la importancia que merece.
La historia de Elyasaf podría terminar acá. Pero hay otra, ocurrida a bordo de un avión, que lleva esta misma idea todavía más lejos. El 30 de septiembre de 2026, un vuelo de Flydubai que viajaba de Dubái a Tel Aviv atravesó una emergencia cuando el copiloto atacó al capitán e intentó tomar el control de la aeronave. Mientras el avión descendía abruptamente, varios pasajeros intervinieron para reducir al atacante y ayudar a la tripulación a recuperar el control. Entre ellos estaba Yaniv Hayun, un israelí que trabaja como plomero.
Yaniv no era el capitán de un Boeing. No era ingeniero aeronáutico ni piloto militar entrenado para enfrentar una situación de combate. Era un hombre que se dedicaba a reparar cañerías y que había subido a un avión para llegar a destino.
Pero, según los reportes del incidente, cuando se presentó la oportunidad de intervenir, Yaniv actuó. Ayudó a reducir al atacante y, al advertir que la aeronave descendía, intervino sobre los controles para contribuir a estabilizarla. Después, otros pilotos que viajaban a bordo asumieron el mando y lograron aterrizar de emergencia en Arabia Saudita. Todos los ocupantes sobrevivieron.
Pensemos en ese hombre durante esos segundos. No tenía tiempo para prepararse, estudiar aviación ni preguntarse qué decía su currículum. Tenía delante una situación que podía terminar con la muerte de quienes viajaban en el avión. En ese momento, ser plomero no era lo que definía todo lo que podía aportar.
Su profesión seguía siendo la misma. Pero la situación le exigía algo que iba mucho más allá de ella. Hay una frase que solemos decir, a veces sin pensar demasiado: "Yo soy una persona común".
Como si ser una persona común significara que no podemos hacer nada extraordinario. Como si nuestra profesión, nuestro lugar en la sociedad o la imagen que tenemos de nosotros mismos determinaran de antemano hasta dónde podemos llegar.
Pero ¿quién dijo que la importancia de una persona se mide por su cargo? ¿Quién decidió que solo los grandes líderes, los expertos o quienes ocupan puestos de responsabilidad pueden cambiar el curso de una historia?
Elyasaf no sabía que sus pinturas podían ayudar a localizar personas atrapadas. Yaniv no había subido a ese avión pensando que tendría que intervenir para evitar una tragedia. Ninguno podía prever lo que iba a suceder. Y, sin embargo, cuando llegó el momento, cada uno tenía algo que aportar.
Uno recordaba dónde había pintado cada refugio. El otro se encontró frente a una emergencia y decidió actuar. Sus contribuciones fueron distintas, pero ambas nos recuerdan algo fundamental: no siempre sabemos qué importancia puede adquirir aquello que hacemos ni cuándo alguien va a necesitar de nosotros.
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No hace falta encontrarnos en una situación extrema para que esto tenga sentido. Nuestra influencia también aparece en los momentos más cotidianos: en una conversación con alguien que está pasando por un mal momento, en una decisión que tomamos en el trabajo, en una mano que tendemos cuando sería más fácil seguir de largo o en algo que hacemos bien, aunque nadie nos aplauda por ello.
Muchas veces no veremos las consecuencias. Quizás ni siquiera lleguemos a enterarnos de que ayudamos a alguien. Pero eso no significa que nuestra acción no haya tenido valor. Volvamos a aquella primera pregunta: ¿por qué el ser humano aparece en singular en el relato de la Creación?
En medio de una creación inmensa, la historia comienza con uno. Quizás porque una sola persona nunca es simplemente una más. Porque cada individuo tiene un valor propio y una capacidad de influir que no siempre puede medir por adelantado.
Y porque, aunque no podamos cambiarlo todo, nunca sabemos cuándo lo que hacemos puede cambiarlo todo para alguien. Tal vez por eso no deberíamos vivir pensando que somos insignificantes. No porque todos vayamos a protagonizar una historia extraordinaria, sino porque no sabemos qué lugar nos tocará ocupar en la historia de otra persona.
Elyasaf pintaba refugios. Yaniv era plomero. Ninguno sabía lo que el futuro le iba a pedir. Nosotros tampoco lo sabemos. Lo que sí podemos hacer es dejar de subestimar lo que está a nuestro alcance, hacer bien aquello que nos toca y estar dispuestos a actuar cuando alguien nos necesita.
Porque quizás nunca lleguemos a salvar cientos de vidas. Pero tal vez podamos cambiar una. Y, para esa persona, eso puede significar un mundo entero.
Que tengas un hermoso fin de semana.
(*) Rafael Jashes - Rabino