La primera vez que llegué a Jinan, pensé que sería una escala más en uno de tantos viajes de trabajo por China. Me equivoqué. Con el tiempo regresé una y otra vez, recorrí sus calles, compartí interminables cenas de trabajo en banquetes corporativos o en restaurantes populares con mesas bajas, comidas simples y cerveza helada, viajé por sus caminos rurales, autopistas, buses de larga distancia y trenes súper rápidos.
Conocí ciudades vecinas como Linyi, Liaocheng, Linshu y, más recientemente, Weifang. Y entendí algo que no aparece en las estadísticas ni en los informes económicos: para comprender a China hay que salir de los circuitos tradicionales y vivir el país desde adentro.
Jinan, capital de la provincia de Shandong, es una de esas ciudades que rara vez aparecen en las revistas de turismo occidentales, pero que explican gran parte del milagro económico chino. Tiene algo de la Córdoba argentina. Combina industria, tecnología, agricultura, universidades y una enorme capacidad para generar riqueza. Pero también posee una escala que desafía cualquier referencia latinoamericana.
Cada vez que aterrizo en China, vuelvo a sorprenderme con la infraestructura. Los trenes de alta velocidad parecen desafiar las leyes de la física. Salen puntualmente, recorren cientos de kilómetros a velocidades superiores a los 250 kilómetros por hora y conectan ciudades que, en otros países, requerirían vuelos internos. Las estaciones son gigantescas, limpias y organizadas.
Lo mismo ocurre con las autopistas. Son interminables. Cruzan regiones agrícolas, parques industriales y ciudades enteras con una fluidez que ayuda a entender cómo China logró integrar un territorio de dimensiones continentales. Pero lo más interesante no está en el hormigón ni en el acero. Está en la vida cotidiana.
En Jinan, como en buena parte de Shandong, la sensación permanente es que la economía está en movimiento. Los hoteles de negocios están llenos, los restaurantes trabajan sin descanso y los centros comerciales reciben una afluencia constante de consumidores. A cualquier hora aparecen cafeterías repletas de jóvenes trabajadores y profesionales tomando café, familias compartiendo postres, estudiantes comprando golosinas y ejecutivos cerrando acuerdos alrededor de una mesa.
Una sociedad que consume
Y ahí aparece otra sorpresa para quienes llegan desde Occidente con una imagen antigua de China. China consume. Consume mucho. Consume cada vez más.
En las calles abundan las panaderías modernas, las cafeterías de especialidad, las tiendas de snacks, las casas de té, las heladerías y los pequeños comercios gastronómicos. El maní aparece en todas sus formas posibles: dulce, salado, tostado o condimentado. Para un cordobés resulta imposible no pensar en General Cabrera o General Deheza. La diferencia es que aquí se percibe con claridad la potencia de un mercado interno gigantesco.
En muchos aspectos, la gastronomía popular china es una experiencia fascinante. Los mercados callejeros ofrecen una mezcla de aromas, sabores y colores difícil de describir. Hay brochettes, pescados, mariscos, panes al vapor, fideos recién preparados y especialidades regionales que cambian de una ciudad a otra. Comer en China es viajar dentro de otro viaje.
Y luego está la cultura del banquete, quizás uno de los aspectos más interesantes de la vida social y empresarial china. Las reuniones importantes rara vez terminan en una oficina. Continúan alrededor de una gran mesa circular donde los platos llegan sin pausa. Pescados, carnes, vegetales, sopas, mariscos y especialidades locales. Todo se comparte. Todo circula. Y también llegan los brindis, muchos brindis.
Los anfitriones consideran un honor agasajar a sus invitados y la hospitalidad se expresa a través de la abundancia. En esas cenas uno comprende que en China los negocios no se construyen solamente con contratos. Se construyen con confianza, respeto mutuo y relaciones personales cultivadas durante años.
Qingdao, la otra cara de Shandong
Desde Jinan, uno de mis destinos favoritos siempre ha sido Qingdao. Si Jinan representa la potencia productiva de Shandong, Qingdao representa su elegancia. La antigua colonia alemana conserva una personalidad única dentro de China. Sus edificios históricos, iglesias, avenidas arboladas y barrios costeros tienen una atmósfera europea difícil de encontrar en otras ciudades del país.
Por momentos recuerda a ciertas zonas de Hamburgo. Por momentos evoca el Mediterráneo. Y cuando el mar aparece detrás de las colinas, algunos paisajes hacen pensar en Río de Janeiro o incluso en Ciudad del Cabo.
Qingdao es famosa por su cerveza, probablemente la más conocida de China, pero reducirla a eso sería injusto. Es también una ciudad tecnológica, industrial, turística y cultural. Su paseo marítimo es uno de los más atractivos de Asia. Los cafés están llenos, las terrazas se extienden frente al mar y la vida urbana tiene un ritmo relajado que contrasta con la intensidad de Shanghái o Beijing. Y sin embargo, detrás de esa belleza costera sigue latiendo el mismo motor que impulsa a toda China: la vocación por producir, comerciar y vender. Porque si hay algo que impresiona después de años de viajar por el país es la extraordinaria capacidad comercial de los chinos. China no solo fabrica. China vende. Vende dentro de China y vende al mundo.
La cultura comercial aparece en todos los niveles. Desde el pequeño comerciante hasta el gran industrial. Desde la empresa familiar hasta las corporaciones globales. Existe una comprensión profunda de los mercados, una velocidad notable para identificar oportunidades y una voluntad permanente de mejorar productos, procesos y servicios. Quizás por eso cada viaje termina dejando la misma reflexión.
Mientras los trenes atraviesan campos perfectamente cultivados, mientras las autopistas conectan ciudades enteras, mientras las familias llenan cafeterías, heladerías y restaurantes, uno comprende que la verdadera historia china ya no es solamente la de la producción. Es la de una sociedad que ha construido infraestructura, poder industrial y una enorme clase media consumidora al mismo tiempo.
Y es precisamente esa combinación la que convierte a lugares como Jinan, Qingdao, Linyi o Weifang en algunos de los destinos más interesantes para quienes desean conocer la China real. La que está lejos de los estereotipos. La que no siempre aparece en las postales. Y quizás también la que mejor permite entender el futuro.
(*) Ex secretario de Comunicaciones de la Nación