Hace ya algunos años que investigo y estudio, tanto como puedo y lo poco que se puede, uno de los más controvertidos asuntos de la ciencia empírica: el tema de la suerte.
Me propongo en este pequeño libro contar las cosas que aprendí, algunas que he vivido, y muchas más que me explicaron los propios protagonistas relacionadas con el tipo de vínculo que cada uno establece con la deseada, buscada y temida diosa Fortuna.
Como muchas otras cosas de mi vida, todo empezó en un viaje...
El vuelo 1134 de Aerolíneas Argentinas alcanzaba la altura de crucero. Después de dar la bienvenida a bordo, el comandante apagaba la señal de abrocharse los cinturones. Algo más de diez horas me separaban de Madrid, veinte días de Costa Rica, un mes de México, casi tres de la feria de Montevideo, y algo más de mi regreso a Buenos Aires...
Extraña situación para un médico que abandonó la pediatría aún antes de graduarse, cambiándola por la psiquiatría, y que, con el paso de los años, se alejó un poco de los enfermos para trabajar mucho con los sanos. Antes había sido (y me siento orgulloso de todo ello) vendedor callejero de calcetines, payaso, agente de seguros, almacenero y taxista. En resumen, un estudiante de un barrio de clase media devenido en médico, devenido en psicoterapeuta, devenido en docente, devenido en conferenciante, devenido en columnista de radio, devenido en presentador de televisión, devenido en autor de una docena de libros de reflexión que circulan por varios países de habla hispana y hoy traducidos a una decena de idiomas.
En España me esperaba algún reportaje que incluiría, sin duda, una pregunta infaltable:
—¿A qué se debe, doctor Bucay, el vertiginoso fenómeno de venta de sus libros?
Justo antes de reclinar el asiento para encarar el desafío de dormir a bordo, tomé la decisión de que esta vez contestaría algo diferente del irónico “sería-bueno-saberlo” con el que siempre respondía a esa pregunta. Esta vez sería totalmente sincero. Pondría la mejor cara y diría lo que pienso realmente:
—Tuve suerte... Mucha suerte...
Al cerrar los ojos, me imaginaba al periodista dudando acerca de cómo calificar la respuesta: como un exceso de humildad, como una frase elusiva o como una simple y llana estupidez.
Pensé, por último, que posiblemente mi respuesta implicaba un poco de las tres cosas pero que, de todas maneras, yo podía asegurar que era la pura verdad. Ciertamente, tuve mucha suerte.
Descreo y cuestiono la mayoría de los méritos que algunos suponen que me corresponden por haber llegado hasta aquí. Sobre todo porque otros, muchos otros, de quienes aprendo y muchos a quienes conozco y admiro, nunca han podido acceder a algunas de las cosas que me pasaron a mí, ni han tenido aún una verdadera oportunidad de que sus obras trasciendan tanto como se merecen.
Fiel a mi costumbre de intentar reemplazar con un cuento corto alguna explicación que sería demasiado larga, recurro hoy a esta historia que, proféticamente, me contaba mi abuelo, medio siglo atrás.
Había una vez un pueblo muy particular en un país muy lejano, cuyos habitantes compartían hábitos y tradiciones tan extraños como originales. Al crecer, cada joven de la ciudad debía acercarse a un enorme local instalado cerca de la plaza al que todos llamaban “La Proveeduría”. Allí cada joven podía y debía retirar un cubierto (cuchara, cuchillo o tenedor) que le entregaría el Municipio y que cada uno usaría durante los siguientes años para poder comer.
Como decían los más ancianos del pueblo: “Para comer, en el mundo en el que vivimos, se han de usar cubiertos... Por lo menos para comer con dignidad...”.
Uno de esos jóvenes, al que llamaremos Giorgio, se enteró un día, junto con otros vecinos y compañeros del barrio, de que debía presentarse en “La Proveeduría” a retirar el cubierto que le entregarían para poder comer valiéndose de él. Después de postergar la decisión varias veces, una mañana decidió ir por el suyo.
En el camino, Giorgio pensaba en cuál iba a pedir. Después de todo, era una herramienta que posiblemente lo acompañaría durante muchísimos años. Este sería el único cubierto que recibiría gratuitamente...
El joven se decidió por el tenedor. Una herramienta práctica, estéticamente hermosa y, como se iba diciendo mientras se acercaba, posiblemente insustituible.
—¿Tenedor? —le preguntó el dependiente con una expresión compasiva—. No, jovencito. Los tenedores se agotan cada mañana con las primeras cincuenta personas. Todos quieren tenedores. La gente hace colas frente al local durante tres noches para pedir un tenedor.
Giorgio se sintió casi halagado al saber que su elección era acertada, aunque por el momento su acierto no alcanzaba para conseguir lo que pretendía.
—Entonces voy a llevarme un cuchillo —dijo, negándose por principio a hacer una cola de tres días para conseguir un tenedor.
—Cuchillos tampoco tengo —sonrió el dependiente—. Después de los tenedores, lo primero que se agota son los cuchillos. Si pretendes conseguir uno deberías venir muy temprano por la mañana... Mucho más temprano que hoy.
Giorgio sabía que la única cosa que le molestaba más que levantarse temprano era tener que hacer dos viajes para la misma cosa. Posiblemente por eso preguntó, con cierta ingenuidad:
—¿Y qué hay?
—¡Cucharas! —le contestaron, como era previsible.
—¿Cucharas? —repitió—. ¿Y eso es todo? ¿Solamente cucharas?
—Es lo único que nos queda —concluyó el dependiente a modo casi de disculpa—. A esta hora...
“Cucharas”, pensó Giorgio. “Las cucharas no cortan ni pinchan...”
Las personas que estaban en la fila, detrás del joven, esperando ser atendidos, cuando escucharon la conversación fueron abandonando la tienda mientras pensaban en volver temprano al día siguiente por el cuchillo, o regresar esa noche y acampar frente a La Proveeduría para intentar conseguir uno de los deseados tenedores.
—A ver las cucharas... —se animó a pedir Giorgio.
Las que quedaban, que no eran muchas, le recordaron la casa de su abuela.
Eran unas de aquellas enormes cucharas amarillentas, reliquias de la época de María Castaña. No eran bonitas ni prácticas ni brillantes, y hasta Giorgio, que no era demasiado refinado, se dio cuenta enseguida de que estaban allí porque nadie las había querido... Pero él estaba ya en La Proveeduría, y era todo lo que había.
Como siempre pasaba, los madrugadores y los esforzados se habían llevado lo mejor...
El señor que despachaba miró impaciente el reloj de pared; se acercaba la hora de cerrar.
—Me llevo ésa —dijo al final el joven, señalando la menos abollada.
Más conforme que satisfecho y más aliviado que contento, el muchacho salió de La Proveeduría con su enorme cuchara en la mano.
Esa tarde, cuando Giorgio salió a la calle con lo único que había podido conseguir, sucedió algo inesperado, algo que nunca antes había pasado...
¡¡¡Llovía sopa!!!
Quise empezar por esta historia que me contaba mi abuelo porque más allá de la fábula, en la vida real y cotidiana, todos nos enfrentamos, de vez en cuando, con momentos especiales; situaciones en las que algunos hechos, que no hemos decidido ni elegido del todo, cambian significativamente el rumbo de todo lo que sigue.
A mí me pasó... Y quizá por eso me vi tentado a dedicarle todo este tiempo al asunto.
Aprendí que en estos y en otros casos, siempre hay algunos que aplauden de pie lo que interpretan como tu sabia decisión de elegir una cuchara cuando estaba a punto de llover sopa… cuando vos ni siquiera tuviste demasiada elección.
Aprendí que siempre están aquellos que dicen envidiar la lucidez que en realidad no tenés....
Aprendí que siempre aparecen los que sin darse cuenta de lo sucedido dicen que admiran tu visión anticipatoria de los hechos...
Aprendí que muchas veces cuando la gente no sabe cómo explicar un suceso prefiere atribuirlo al azar y llamarlo un golpe de buena suerte.
Y aprendí también, triste y dolorosamente, que nunca faltan los que se retuercen de odio, quizá porque hubieran querido estar en tu lugar en ese momento y deciden, desde el rencor, o desde la peor de las envidias, que no te mereces nada de lo bueno que pueda sucederte.
Pero este libro no habla de esas miserias y malas interpretaciones, este libro parte de la idea de que, si bien la suerte no depende solo de vos, depende también de vos.
Quiero decir, intento demostrar que siempre hay algún mérito en el que tiene suerte.
A mí me pasó... Y mi responsabilidad en todo caso, fue aceptar como hizo el protagonista del cuento, el único papel que había para mí en el reparto. Se podrá decir que de alguna manera me conformé con lo que otros no querían y hasta con lo que otros despreciaron, no sé si es verdad, pero puedo asegurar que nada ocurrió porque yo fuera un visionario porque era imposible para mí y para cualquiera poder prever lo que después sucedió.
Siguiendo con la metáfora del cuento:
Podría no haber llovido.
Podría haber llovido pollo al horno.
Podrían haber caído piedras.
Pero llovió sopa.
Y yo estaba ahí… con la cuchara.
¿Existe la suerte? ¿Puede beneficiarnos o perjudicarnos su influencia?
El teatro, el cine y la literatura de ficción de todos los tiempos han estado siempre inundados de referencias a la influencia de la suerte en nuestras vidas. Desde William Shakespeare hasta Woody Allen, el azar y el destino recorren las palabras de todos los personajes de ficción y de la historia para hacernos conocer las situaciones que les toca vivir siendo víctimas o beneficiarios del manto de la diosa Fortuna. Y, si bien es cierto que las publicaciones un poco menos profundas, dirigidas a un público quizá menos exigente, periódicamente se hacen eco de este interés, también es verdad que, como bien lo señala Albert H. Carr, se han dicho sobre la suerte más tonterías que sobre ningún otro tema, incluso más que sobre el amor, sobre la política o sobre la justificación de las guerras.
Al leer acerca de afortunados y desgraciados, un par de interrogantes aparecen una y otra vez en los libros y en la mente de todos los que nos hemos detenido a investigar un poco sobre el tema...
¿En pleno siglo XXI se puede creer seriamente que existe la suerte?
Dicho de otra manera, ¿es posible que alguien medianamente inteligente sostenga con seriedad que una fuerza externa a nuestra conducta y pensamiento es capaz de influir significativamente en nuestras vidas?
Y todavía una duda más.
Tal vez la más trascendente.
Aun aceptando que existe la suerte, ¿es admisible caer en actitudes ridículas o francamente irracionales para intentar volcar la suerte a nuestro favor, cambiando la lógica y natural correspondencia entre lo hecho y el resultado obtenido?
Como les ocurrió a muchas otras personas, estas preguntas captaron mi interés desde la primera vez que me las formulé, tanto en mi vida personal como en mi tarea de psicoterapeuta, tanto más cuando, al empezar a buscar información, me di cuenta de que fueron realmente pocos los científicos de la conducta, los filósofos, los terapeutas o los expertos en management que se han animado a abordar el asunto de la buena y la mala fortuna. [...]
Un poco de teoría. Las diferentes posturas
Generalizando, se podría decir que existen tres grandes líneas de pensamiento que resumen más de un centenar de ideas, explicaciones o teorías acerca de la suerte. [...] Las tres ideas fundamentales son básicamente estas:
1- La suerte no existe.
2- La suerte existe y su influencia no depende en absoluto de nuestro deseo o nuestras acciones.
3- La suerte existe y nos afecta, pero se puede actuar sobre ella para conseguir buenos o malos resultados.
1- La suerte no existe
Esta es básicamente la postura de todos los cientificistas que intentan privilegiar siempre la razón y que, por norma, se niegan a aceptar todo lo que no sea medible, producible y registrable. Para muchos de los que viven interpretando los hechos a través de la lógica, simplemente no existe la suerte.
Afirman que todo cuanto sucede tiene un motivo, una causa (aunque permanezca desconocida), una razón de ser y suceder.
Siendo así, preguntan: ¿cómo se puede hablar de suerte? [...]
Para ellos, lo que acontece en nuestra vida y en la historia de todos es la consecuencia de la suma confluyente de todas sus causas (aunque desconozcamos algunas) y, a partir de ellas, la realidad se constituye en el único resultado posible e inevitable. Su discurso, como suele serlo, es sólido y convincente. [...]
En la práctica, no importa cuán escéptico sea alguien con respecto a este tema ni cuán racional aparente ser. Lo cierto es que pocos son los que nunca le dirían a un amigo “te deseo suerte” cuando se enfrenta a un complicado desafío, o los que se resistan a utilizar una fórmula equivalente cuando uno de sus hijos está a punto de realizar un examen importante. Supongo que habrá algunos, aunque personalmente nunca me he topado con ninguno.
Ese hecho aparentemente vano y sin importancia nos obliga a pensar que, aunque no estén dispuestos a admitirlo, los más racionales también reconocen, muy en el fondo, la presencia de lo casual en cuanto nos rodea, la influencia de la suerte en sus vidas, cierto poder de lo fortuito en el destino de los hombres.
2- La suerte existe y su influencia no depende en absoluto de nuestro deseo o nuestras acciones
Para muchos otros, en el extremo opuesto, la suerte aparece indiscutiblemente asociada a la realidad comprobable de los hechos cotidianos.
Esta creencia, muchas veces justificada por algunas conclusiones más o menos irracionales, está emparentada, hay que admitirlo, con supersticiones o antiguas costumbres familiares o populares de origen incierto, nacidas de la humana necesidad de explicar por qué las cosas suceden como suceden, más allá de lo previsible.
Para disgusto de algunos, sobre todo de los más fanáticos racionalistas, la posición de estos “devotos de la diosa Fortuna”, plagada de ideas claramente ingenuas e infantiles, se completa con la convicción (cuando no certeza), de que se podría hasta cierto punto condicionar nuestro futuro apoyándonos en los “infalibles poderes” que poseen sobre lo imprevisto, los tréboles de cuatro hojas, los espejos rotos, los números nefastos o las patas de conejo, por hablar solamente de los mitos más conocidos. [...]
3- La suerte existe y nos afecta, pero se puede actuar sobre ella para conseguir buenos o malos resultados
Esta tercera posición podría responder al desafío de intentar compatibilizar de alguna manera razonable las dos posturas anteriores, dado que aquéllas nunca se sostienen por sí mismas o por lo menos parecen fácilmente cuestionables.
Esta postura es la que sostienen, con diferentes matices, todos los que creen que es posible aprender racionalmente a construir nuestra suerte, a crearla, cambiarla o convocarla. [...]
La tercera posición está maravillosamente expuesta por Alex Rovira y Fernando Trías de Bes en su exitoso libro La buena suerte. En él, los autores nos proponen, entre otras cosas, que “nos ocupemos de” y que “aprendamos cómo” crear las circunstancias de la buena suerte. Los autores explican esta postura e intentan enseñarnos didácticamente desde su libro cómo podríamos llevar a cabo el reto de “crear la buena suerte”.
Los que trabajan y piensan desde esta posición, y también los que intentamos encontrar nuevas posturas, quisiéramos, seguramente, resolver el conflicto que enfrenta, desde hace siglos, a los que confían y a los que se burlan del concepto de la suerte y de su influencia.
Si entre todos lo consiguiéramos, habríamos colaborado para que nuestra sociedad se deshiciera de algunos molestos obstáculos para su crecimiento, dado que es indudable que un mundo que permanece dividido y ambivalente respecto de un tema cualquiera –no sólo el de la suerte– no puede ofrecer sobre el mismo más que mensajes contradictorios.
Esta simple conclusión quizá nos ayude a comprender por qué los mensajes recibidos en nuestra infancia (llenos de mandatos y permisos) nos condenan, como veremos más adelante, a sostener posturas confusas y contrapuestas respecto del azar, la suerte y el destino.