Una de las damas del Sur que soslayaron la pertinaz compañía del espectro de William Faulkner, cuya sombra se cernía implacable sobre algodonales, negro spirituals, ultrajes y malditas estirpes al cobijo de mansiones victorianas, en tanto creaba la literatura dominante que profundizó la herida abierta por Sherwood Anderson. Una, entre otras fundamentales –Flannery O’Connor, Carson McCullers, Eudora Welty–, que nacería en Indian Creek, Texas: la serena y silenciada Katherine Anne Porter, escritora de escritores, nacida dentro del llamado “cinturón bíblico”, donde la religión y la magia suscitaron milagros literarios. La precisión de una prosa –aguda, cruel y asimismo bella– de una narradora guarecida tras la escena, alejada y a la vez dentro de sus personajes, hábilmente agazapada en sus cuerpos, urdiendo sagaces tramas. La perfecta armonía y su contrario, tal vez las secuelas del góspel y del rag-time.
Su espíritu inquieto la arrastró rápidamente hacia la frontera y pronto más allá, hasta México. Porter se formó con lecturas inabarcables, en su propia casa, donde hasta los ocho años recibió la instrucción de un maestro. Tras una educación formal, aunque no universitaria, hija de padres amantes de la lectura y de la música, y tras dos matrimonios fallidos (Eugene Pressley, funcionario del servicio exterior de su país, y Albert Erskine, editor de Southern Review), escribiría relatos de amores desdichados.
Lo cierto es que Porter no se hacía notar y fue poco leída en su país, sin perjuicio de recibir el reconocimiento de sus pares y de la crítica (destino semejante al de ese otro magistral escritor texano, William Goyen). Porter no se hacía notar. Trabajó como periodista. “Empleo mi vida entera en saber quién soy, dónde estoy y en qué me ocupo”, habría dicho. Y a juzgar por la tardía traducción de su obra, la notoriedad no era un propósito en su vida.
La confesión de que los hechos que relataba le concernían muy de cerca y que, por eso mismo, no lograba ser objetiva respecto del valor artístico de los mismos revela su implacable honestidad. Le fue concedido el Premio Pulitzer en 1966 y en 1967 obtuvo el máximo galardón que otorga el Instituto Nacional de Arte y Literatura de Estados Unidos. A partir de entonces, su salud la llevó a recluirse en una ciudad cercana a Washington.
Pálido caballo, pálido jinete (Palmeras Salvajes, traducción de Matías Battistón) es a la literatura lo que el punctum a la fotografía en Barthes, o el punto ciego que retoma Javier Cercas a las letras. El libro se inicia con Las muertes pasadas. María y Miranda, de doce y ocho años, criadas a la sombra de un retrato: el de la tía Amy, bella y prematuramente muerta, en torno a la cual, pasados los años, la familia continúa organizando la suerte de la estirpe. Henry, hermano de Amy, se encarga de que sus dos hijas inicien sus vidas atadas al misterio por ese amor de vivos que evocaban y “… atesoraban a esos muertos”. Amy es amada por Gabriel. Ella se deja amar con displicencia. Sin embargo, se prometen en matrimonio, se casan. El Mardi Gras de aquel año, el pagano carnaval de Nueva Orleans, despertaría en tía Amy todo su esplendor, pero la repetida fiebre de la tarde y una sorpresiva hemorragia denuncian que para Amy son sus últimos días. Para Gabriel: el derrumbe emocional. María y Miranda no conocían a Gabriel. Vivían en pueblos vecinos. Aquel se dedicaba a los caballos y a la bebida, había vuelto a casarse, y el comentario de Henry (en voz baja) era que jamás había olvidado a Amy y que la bebida era su consuelo. Dos años más tarde –en la formulación del texto– Miranda y María, ya adolescentes y estudiantes en el Convento del Niño Jesús de Nueva Orleans, donde se sentían prisioneras, conocen a Gabriel. Harry resuelve que lo visitarían. El tío Gabriel vivía de los caballos y de las carreras. Debían apostar por la yegua favorita de Gabriel: Miss Lucy, y así lo hacen. Miss Lucy gana. Las hermanas (descubren) que Gabriel “era un hombre desaliñado, gordo, con ojos azules inyectados en sangre, ojos tristes y derrotados”. La tercera parte de la novela se inicia en 1912, dos años antes de que se desatara la Primera Guerra. Miranda, emancipada de la familia, anticipa el desenlace que Porter desplegará con una prosa falsamente elusiva en la última novela del libro.
Irrumpe en la lectura la segunda novela –la considero la mejor–: Vino al mediodía. Esta transcurre en una pequeña granja en el sur de Texas. Allí los personajes son Mr. Thompson, dueño de esa pobrísima tierra, su esposa y un misterioso Mr. Helton, quien aparece de la nada, ofrece su trabajo –que cumplirá estricta y eficazmente, en su soledad, con la sola compañía de sus preciadas armónicas, y una única melodía que lo acompaña como si fuera su sombra–. Helton es aceptado y termina siendo considerado parte de la familia. Así lo sostienen Thompson y su enferma esposa. El relato revela cómo es ser de ningún sitio, no tener a nadie salvo a sí mismo, cómo es ser leal y por eso mismo amado por seres rústicos que ven en él una especie de ángel; caído quizá, pero un ángel al fin.
En la tercera parte que abre la novela corta que da título al libro: Pálido caballo, pálido jinete, Miranda, de 24 años, es periodista y sigue soñando con sus caballos Fiddler, Graylie y Miss Lucy (esta “con el hocico largo y la mirada torva”) y con ser escritora. La redacción del diario en el que se desempeña es donde transcurre la mayor parte de la acción de esta joven rebelde, que reniega de la guerra y se opone a contribuir con los Liberty Bonds para asistir a los soldados norteamericanos, resistiendo con coraje a las amenazas del macartismo de la época, designado por esos años como Comité Lusk. Se enamora de Adam, un joven que también la ama y viste uniforme y se prepara para el llamado a filas, y como si repitiera el derrotero de Amy, gravemente enferma, es internada. Se augura su muerte, pero increíblemente se recupera. Convaleciendo recibe un telegrama: Adam había muerto de gripe en un hospital militar.
El amor, la muerte, el dolor: las materias con que la autora mapea un país que aún hoy no abandona sus afanes colonialistas. Katherine Anne Porter falleció en Silver Spring, Maryland. Su obra la sobrevive.