CULTURA
crítica

El alma sin metáforas

Ese Pushkin era también completamente diverso al que unos años más tarde la autora encontraría en los manuales de las escuelas de la ciudad que, en sus palabras, era un “Pushkin vuelto inofensivo, domesticado”.

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| cedoc

Mi Pushkin, de Marina Tsvietáieva, es un libro que no necesita más presentación que su título y el nombre de su autora. En sus primeras líneas se llega a la central: lo primero que supe de Pushkin fue que lo mataron. Este recuerdo signa el libro en el espacio donde poesía y martirio se fusionan sin par en los ojos de una niña. El primer amor nace de esa posesión dolorosa que se extiende a todo un país. Con este disparo, sigue el recuerdo de la niña al hablar del cuadro que representa la muerte de Pushkin, nos hirieron a todos en el estómago.

La escena inaugural está cantada para siempre y las líneas que siguen en el resto del libro tienen la forma de ese disparo: “Pushkin fue mi primer poeta, y a mi primer poeta - lo mataron”. El adjetivo posesivo del título se lleva puesta a toda la nación, aquella que funda sus territorios y leyes sobre los nombres endurecidos de autores de carne y hueso como Dante, Cervantes, Hernández, etcétera. El Pushkin de la autora lleva su país a la intemperie de la infancia y el primer amor, al Pushkin que la niña veía en la plaza de juegos con su madre y hermanas. Ese Pushkin, el de Marina Tsvietáieva, era negro y era una estatua, era la Estatua-de-Pushkin.

Luego, los poemas. La niña leía los libros de su poeta y lo que decían los versos era la única verdad posible del amor, de la vida, del mar. Ese Pushkin era también completamente diverso al que unos años más tarde la autora encontraría en los manuales de las escuelas de la ciudad que, en sus palabras, era un “Pushkin vuelto inofensivo, domesticado”.

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Todo lo que en 1937, cuatro años antes de su suicidio y ya con el exilio a cuestas, Tsvietáieva recuerda con su libro, todo lo que se da el lujo de poseer en un solo título, es Rusia. Otras líneas sugieren que todo eso es su infancia y si le abriéramos el pecho encontraríamos dos ojos celestes. ¿Cuáles? Los que ella lee en un verso de Pushkin: Oh, ustedes, ojos celestes.

Mi Pushkin es una lección de lectura brutal. Los ojos de la niña, que se encandilan con el Pushkin del cuadro en la casa de su infancia o con el monumento de la plaza de Moscú, leen sin metáforas, leen el poema Al mar y están en el mar, leen los versos y son esos versos. Así es como la autora alcanza la consecuencia de su lección: “Tamaña plenitud de posesión y tamaño sosiego de posesión nunca más he podido experimentar. Este mar estaba hecho a mi medida”. La lección nos enseña que leer la obra de un autor no consiste en reparar en la relación entre las palabras y las cosas que logra, sino en dar con la palabra más íntima, la propia, en el nombre ajeno, incluso en el de un prócer nacional.

Hay libros que rompen todo tipo de escala e ingresan en el exclusivo registro de los libros únicos. No importa cuántas páginas tengan. A veces las miles de páginas de un ejemplar pueden valer por veinte o treinta. A veces unas pocas valen por el país más grande del planeta. Y esto no es una metáfora. Mi Pushkin, de Marina Tsvietáivea, es el alma rusa.

Mi Pushkin

Autora: Marina Tsvietáieva

Género: novela

Otras obras de la autora: El diablo; El muchacho; Cazador de ratas; El poeta y el tiempo; Mi madre y la música; Cartas del verano de 1926; Viva voz de vida; La amiga; Un espíritu prisionero

Editorial: Partícula, $ 20.000

Traducción: Irina Bogdaschevski y Fulvio Franchi