CULTURA
feria del libro 2026

Celebración y resistencia

En su 50ª edición, la Feria del Libro de Buenos Aires se erige como un hito cultural que combina memoria, masividad y debate en un contexto atravesado por la crisis editorial y las transformaciones tecnológicas. Con más de mil actividades, presencia internacional y una fuerte apuesta a la formación de nuevos lectores, el encuentro reafirma su carácter como espacio de circulación de ideas, tensiones políticas y defensa de la lectura, mientras el sector enfrenta caídas en la producción, cambios en los hábitos culturales y el desafío de sostener, una vez más, el vínculo vital entre autores y público.

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Las hojas del otoño arremolinan las hojas de libros cada año en Buenos Aires. Una cosecha imparable de caracteres en miles de moldes que reponen las voces que vienen detrás y amplifican las que están delante. Cada una de las cincuenta ediciones de la Feria del Libro, desde aquellas corajudas durante la dictadura, o las masivas posteriores a la hecatombe de 2001 y la reciente pandemia, marcaron el pulso de este encuentro comercial y cultural que consolida las posturas de las editoriales y los escritores. Unas que quiebran los pabellones de la Rural y resuenan en la política. A diferencia de otras más especializadas, u otras menos prensadas, la Feria del Libro de Buenos Aires que llega a la 50, con un cuño de libertad de expresión, independencia y masividad grabado en el histórico eslogan “El libro del autor al lector”, mantuvo la firme convicción que derrotará la estupidez y la ceguera de las falanges de mandones porque, en palabras de Tomás Eloy Martínez del discurso inaugural en la feria 2006, “en el libro ha estado siempre lo mejor de nosotros”.

Desde su aparición a mediados de la década del setenta impulsada por la Sociedad Argentina de Escritores, con ilustres antecedentes en la Primera Exposición Nacional del Libro de 1928 y la organizada por la Cámara Argentina del Libro en 1943, más las inveteradas intenciones de la industria del libro de comercializar de manera visible y lo más masivamente posible, la Feria con sus stand, charlas, ciclos, jornadas, congresos y debates encontró su público entusiasta que fue desbordando lugares, primero el Centro Municipal de Exposiciones y recién en los 2000 Palermo, y superando anualmente el millón de asistentes cómodamente desde el regreso de la democracia. “Llegar a la edición 50 habla a las claras de la clara visión que tuvieron los fundadores”, asegura Alejandro Vaccaro, un histórico organizador de la feria, hoy secretario de Cultura de la fundación, “antes había ferias, desde luego, se ponían libros, la gente compraba, pero ese primer acontecimiento le permitió al lector ir a la feria, encontrarse con su autor favorito, cruzarse con él en los pasillos de la feria, sacarse una foto, hacerle preguntas, que le firmen libros, y creó la feria sus propios personajes. Esto es muy importante. A partir de ese momento la feria creció en esa dirección y hoy, ya en la Feria 50 –que debió haber sido el año pasado pero padeció el parate por la emergencia sanitaria del covid–, estamos realizando una feria con 1.500 actos culturales con presentaciones, charlas, conferencias y debates”, cierra haciendo la cuenta de que hace cinco décadas fueron 116 editoriales y 140 mil personas, mientras que 2026 arranca el 23 de abril con 476 editoriales de todo el país, desde las multinacionales a las invitadas del Nuevo Barrio, independientes de Argentina y Latinoamérica, a quienes la fundación solventa en parte gastos para que se capaciten en las previas jornadas profesionales –allí emergen vitales vínculos con el ecosistema editorial regional– o participen en otras capacitaciones en educación y narración oral.

“Crecí en Entre Ríos, así que la Feria para mí eran las publicidades que veía en la televisión y alguna vez que nos trajo la escuela. Empecé a ir con más frecuencia cuando me mudé a Buenos Aires, hace veintipico de años. Recuerdo con mucho cariño una mesa que compartí con Liliana Bodoc, una de las primeras veces que fui invitada como autora”, suma la dimensión nacional Selva Almada, quien junto a Gabriela Cabezón Cámara y Leila Guerriero, con la moderación de María O’Donnell, presentarán una mesa distinta a los discursos que comenzaron en 2001 con Juan José Saer, pasando por los memorables de Tomás Eloy Martínez, Rita Segato y Quino, y tuvo de último orador a Juan Sasturain acertando con “la lectura no existe. Existen personas que leen. Y al hacerlo se hacen (más) personas, se llenan de más personas, se encuentran con más personas en diálogo personal. Leer es compartir, conocer, abrirse callado pero atento a lo que ese otro como uno tiene para decir”.

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De intercambio abierto entre notables escritoras se espera en un ámbito inusual, debido a que será en la pista central del predio, en esa connotación de barro y poder de los desfiles ganaderos, políticos y militares. Se anuncia además este espacio para espectáculos de magnitud como la Noche de la Feria, con entrada gratuita el sábado 25 de abril desde las 20. “Como cordobés y asiduo visitante a la Feria del Libro de la Ciudad de Córdoba, participar todos los años desde 2005 de la Feria del Libro de Buenos Aires fue, sin saberlo del todo, una de las maneras más lindas de empezar a ser parte de esta ciudad, de su vida cultural”, completa el investigador del Conicet, especialista en políticas del libro, Alejandro Dujovne, que se “pierde” los primeros días la feria porteña porque inaugura los jornadas profesionales de la simultánea Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Y enfatiza el profesor de la Universidad de San Martín, Dujovne: “Organizar un evento cultural y comercial no es fácil. Menos aún si es de cierta magnitud. Ahora bien, lo difícil, lo realmente difícil, es sostenerlo y hacerlo crecer en el tiempo. La Feria ha logrado instalarse en la agenda cultural del país, no solo de la Ciudad, y alcanzar cifras de público sorprendentes, gracias a la persistencia, a la terquedad, de una organización como la Fundación El Libro. Un espacio que tiene el gran mérito de reunir y poner en discusión a cámaras y organizaciones del libro muy diversas y con miradas a veces muy distintas y distantes”, marcando que en otros países como Chile “les ha sido imposible crear y sostener un evento comparable”.

Sembrar lectura. Una de las preocupaciones fundadoras de la Feria fue el fomento de la lectura y los nuevos públicos. Con estadísticas que ubican el nivel de lectura de los argentinos debajo de brasileños y mexicanos, y con los números de que en 2025 se imprimieron en el país 40 millones de libros contra 129 millones de una década atrás, “lo cual es un atentado no solo desde el punto de vista económico, sino cultural. Millones de chicos, de jóvenes, perdieron la oportunidad de leer libros y eso ya no tiene retorno. Ese es un daño irreversible”, apunta Vaccaro, los organizadores intentan no perder de vista los cambios en los hábitos de consumo cultural de la sociedad ni las vertiginosas transformaciones en la propia industria del libro.

Zona Futura es la respuesta que se erige “radar de nuevas tendencias alrededor del libro y la lectura, pensado como festival transdisciplinario de cultura alternativa: desde las editoriales independientes hasta los cruces del libro con otras disciplinas y las formas expandidas de la literatura. Hoy sigue siendo un espacio vital de encuentro entre escritoras y escritores, músicos, cineastas, historietistas, artistas visuales, periodistas y público, donde descubrir nuevas maneras de leer, producir y compartir cultura”, comenta el escritor y editor Esteban Castromán, quien viene trabajando desde 2012 con sus colegas Lorena Iglesias e Iván Moiseeff en crear cruces que se agrandaron en el ostensible aumento de booktubers que inundan corredores y salas.

Iván Moiseeff señala que “la creación de nuevos lectores depende de sostener, acompañar y fomentar las fuentes que estimulan el encuentro entre lectores o interesados en distintos temas y los libros. Es una cadena que va desde potenciar las políticas públicas que impulsan la lectura hasta generar incentivos para la cadena del libro (escritores, editoriales, librerías), pero también ciclos de lecturas, residencias, fiestas y festivales literarios, difusores del libro en sus distintos niveles (periodistas, influencers, etcétera)”. Y limita la ola digital y la fiebre de pantallas en “el papel que resiste porque está arraigado a nuestra cultura y en una época de saturación de estímulos y asalto de la atención y la reflexión por parte del ecosistema digital, se resignifica como santuario: la posibilidad de conectar con la lentitud, el aislamiento, la ritualidad, el pensamiento y la emoción profunda y prolongada. Es como la bicicleta, décadas hablando del futuro del transporte y luego uno ve a las bicis como protagonistas de la movilidad”, sonríe a la par que Castromán advierte: “La IA tiene muchos apóstoles que presentan un mundo automatizado, casi mágico, donde la inteligencia artificial resuelve todo. En ese paisaje digital, la verdadera literatura en los libros es casi un virus para esta perspectiva del mundo maquinal”. Aun el Paraíso tiene la forma de una biblioteca de libros, papel y memoria de la especie humana.

Esta búsqueda por los nuevos lectores, presente en la pionera creación de la Feria del Libro Infantil y Juvenil en 1989, que adelantaron se muda este año al Centro de Convenciones Buenos Aires en Recoleta –casa natal de la feria madre–, será reforzada por la fundación, que financiará junto al Ministerio de Capital Humano y las editoriales, 60 mil vouchers para que los 60 mil alumnos de escuelas públicas, que regularmente transitan los pasillos de lunes a viernes, se lleven un libro al valor de diez mil pesos.

Puentes al Inca. Casi sesenta patrocinantes e instituciones participan de este “festejo único”, superando también adhesiones de años anteriores. Una de las novedades es que esta vez será un país el homenajeado, Perú, y cambiando también la costumbre de una ciudad invitada, instaurada en 2013 con Ámsterdam. “Hemos sido honrados verdaderamente. Sobre todo en una de las ferias que creo que es la más importante en el mundo de habla hispana. A eso hay que añadir la relación especial que tenemos con Argentina en cultura con puentes de escritores, artistas y periodistas. Para nosotros es una oportunidad de mostrar nuestra diversidad”, anticipa el embajador del Perú, Carlos Chocano Burga, “porque dentro de nuestra delegación tenemos a mucha gente que ha ganado premios, entre los sesenta escritores, pero también traemos representantes de nuestros pueblos originarios”, anticipa de un stand de 500 metros cuadrados que tendrá un escenario, un espacio de infancias y un sector de negocios para que las “editoriales peruanas se junten con las editoriales argentinas”. Ilusionado Chocano Burga de hacer a la vez partícipes activos de la Feria a los más de 400 mil peruanos residentes.

Dar vuelta la página. El español Juan Casamayor, el prestigioso editor de Páginas de Espuma que impulsó en Europa las carreras de Mariana Enriquez y Samanta Schweblin –ganadora del millonario Premio Aena 2026–, asevera que es “una situación compleja la del libro en español, que brilla en la feria de Buenos Aires, si la enfrentamos a cada escenario nacional de Latinoamérica. Una radiografía unívoca (y probablemente injusta) nos ofrece una inestabilidad generalizada, con diferentes vaivenes provocados por economías problematizadas, contracción de consumo, políticas que chocan frontalmente con una vida cultural normalizada en libertad, carencia de unas políticas (o su aplicación) que atentan directamente contra la salud del fomento de lectura y el uso social del libro, y un largo etcétera. Y frente a ello un sector beligerante, entusiasta, abnegado en ocasiones, heroico en otras, con grandísimos profesionales en una cadena de valor del libro en un constante intento de mejora”, pondera.

Alejandro Dujovne entrega una visión entre el análisis y la perplejidad: “El mundo del libro argentino vive una paradoja: un elevadísimo reconocimiento literario y comercial internacional, y una crisis interna alarmante. Una crisis producto del poder adquisitivo medio de la sociedad, pero una crisis por el desinterés y maltrato constante de un poder político que ha hecho de la cultura una de sus arenas de combate más virulentas”, sostiene en las vísperas del microclima que genera cada feria, aquella creencia de que un mundo mejor es posible. Finalmente Selva Almada, escritora que encenderá la chispa federal en la apertura del próximo jueves, indica que “acontece en un momento muy complejo para el país, no solamente para los escritores, y de desmantelamiento de la cultura. El acto de apertura de la Feria, en los últimos diez años, con más o menos intensidad, es el lugar donde los autores y las autoras nos expresamos como parte de una comunidad, mostramos nuestra disconformidad con las políticas culturales de los últimos gobiernos, ya sean nacionales o de la Ciudad de Buenos Aires, el ambiente se caldea... y creo que está muy bien que suceda”.

“Pensar que el escritor quien en estos días permanece como espectador de la desgracia de su pueblo, es un cobarde; y si toma partido por quienes los sojuzgan y lo embrutecen, es un traidor”, fueron las palabras de Ezequiel Martínez Estrada para la Sociedad de Escritores en 1959, publicadas por una editorial de Bahía Blanca, y luego censuradas durante la dictadura. En el mar de papel impreso de la Rural, un murmullo persistente y sustancial que llamamos literatura, a 50 años de la primera edición, a 50 años del inacabable golpe militar, y allí encontrar ese fermento de tintas de insubordinación y protesta que da vuelta la página.

“Nuestra meta hoy es que todos salgan con un libro”

Nuevo logo, más metros cuadrados que incluyen la novedad de la pista central de la Rural, exposición central con la historia de la Feria y un laberinto interactivo dedicado a Jorge Luis Borges, un primer programa de fellowship con editores internacionales, nuevos ciclos y otras novedades de alta repercusión para “la edición 50 de la Feria del Libro porque queremos que sea el impulso decisivo al sector en medio de la crisis y los cambios económicos. Poner otra vez al libro en el foco de la Argentina”, arranca el editor de Guadal, Christian Rainone, presidente de la Fundación El Libro, organizadora de la feria a partir de 1984, y que reúne en una entidad civil sin fines de lucro a las más importantes cámaras de la industria editorial del país. Ezequiel Martínez, el periodista director de la Feria desde 2022, afirma que “es un momento de alegría para todos llegar a los 50 del encuentro cultural más relevante de la Argentina y América Latina, que siempre tiene algo nuevo para ofrecer, y en un año especial que recordaremos a los perseguidos y censurados de las primeras ferias con un maratón de lecturas y un espacio para subrayar “nunca más”. A mí me tocó justo la primera feria récord después de la pandemia, con aquella grata avalancha de lectores y encuentro multiplicador con nuestros autores. Y aún reconozco que lo que más me sorprendió es que todo este trabajo para más de un millón de personas en veintiún días, que no se compara en público y cantidad de jornadas con ninguna otra feria, lo realiza durante un año un equipo de no más de veinte personas. Quienes además organizan otras grandes en Rosario y Santiago del Estero”, acota.

—Justamente, Christian, usted pertenece al sector, en representación de la Cámara Argentina de Publicaciones, ¿qué significa para ustedes la Feria del Libro?

RAINONE: Para los editores es el momento donde podemos mostrarle a la gente quiénes somos. Por eso los expositores nos peleamos para estar en la feria, hay mucha pelea por el tema de los lugares y de los metros, y también invertimos mucho en mostrar quiénes somos. Este año hicimos el esfuerzo desde la fundación, reconociendo lo que les cuesta participar a las editoriales, de ofrecer espacios con valores por debajo de la inflación. Eso hizo que haya 30 stand más.

—¿Se nota el esfuerzo de las editoriales en ventas luego de la Feria?

R: Sí, se nota, porque además se utiliza la Feria para presentar el catálogo a libreros y cadenas. El año pasado hicimos un relevamiento estadístico con algunos resultados de interés como que las librerías siguen siendo las preferidas para las compras. Otros fueron que se vendieron 1.400.000 libros, o sea casi la misma cantidad de visitantes, pero con la salvedad de que solo el 50% de los asistentes se llevó al menos uno. Nuestra meta hoy es que todos salgan con un libro. Otro dato importante es que el 80% de los asistentes concurre todos los años, muchos más de una vez, por lo que nuestro desafío es ampliar los públicos con nuevas propuestas en la Zona Futuro, fortalecer la relación con los nativos digitales, y novedades como la Tribuna del Hincha por el mundial de fútbol.

—Generalmente, Ezequiel, los discursos inaugurales de los escritores son muy esperados, ¿por qué decidieron cambiar que en vez de un escritor sea una mesa en la inauguración?

MARTÍNEZ: Nos pareció que necesitábamos en esta ocasión un cambio porque la comunicación está cambiando, y hoy quizá dos o tres palabras distintas en un foro tienen más potencia. Pasaba además que cuando teníamos discursos muy potentes es difícil mensurar los tiempos, porque tampoco le podemos decir a un gran escritor que le quedan diez minutos. Yo digo que la inauguración de la Feria del Libro es un género en sí misma, es un género también casi literario. Y mucha gente la espera con mucha expectativa, empezando con el presidente de la fundación y los funcionarios en primera fila, porque se vienen los reclamos. Yo, medio en chiste medio en serio, digo que a veces los discursos serían más cortos si los mismos problemas de cada año se solucionaran. El reclamo de 1975 es el mismo que el de 2026. Más allá de las históricas dificultades con el papel, o la falta de sostenidas políticas públicas, es muy destacable que suceda en esta instancia de tanta relevancia y prensa, ya que quiere decir que la Feria es clave para que se discutan cosas que son importantes para la sociedad.

—En otras partes del mundo, Frankfurt o Guadalajara, se valoran bastante los millones de dólares que generan las ferias desde el taxista al café de la esquina, ¿midieron el impacto económico?

R: Empezamos con el Gobierno de la Ciudad a hacer una medición del impacto económico, aunque después no se siguió. Sabemos por nuestros sondeos que el año pasado estuvo más o menos en 35 o 40 millones de dólares. Contamos, entre los largos ítems, la gente que trabaja desde el armado de stands a la atención del comprador, a los aviones y hoteles de invitados y visitantes, la gastronomía que se genera en la Ciudad, el transporte público y privado y, claro, la gran venta de libros. Es un número. Y eso es lo que nosotros usamos cuando nos sentamos con las instituciones públicas de las distintas gestiones. Las ferias importantes en el mundo tienen un fuerte apoyo gubernamental y en la Argentina, si bien participan con programas como el de las Bibliotecas Populares –que supera los veinte años en continuidad, este año con mayor inversión para que se lleven material a mitad de precio en tres días– o con la Agencia de Inversiones, no existe una continuidad. Siempre es una negociación infinita. Entonces, esta es una feria casi 95% financiada y organizada por el sector, años luz de los países cercanos como Brasil y México, o incluso de provincias argentinas como Santiago del Estero.

—Con los indicadores económicos y de la calle, que marcan una inocultable baja del consumo, y sabiendo que el libro es considerado un artículo suntuario por los economistas liberales, ¿qué expectativas tienen por la Feria 50?

R: No es el mejor momento. El año pasado estaba bastante entusiasmado porque se evidenciaba una recuperación en el consumo de libros. De hecho, fue mejor Feria que la anterior de 2024, y hubo editores que me comentaron que vendieron el 100% aunque el promedio era un 30%. Este año arrancamos un poquito más abajo, con problemas financieros y retrasos en la cadena de pagos. El ánimo del sector tampoco es el mejor.

—¿Qué ánimo nota, Ezequiel, de los escritores para esta edición de oro?

M: Siempre están felices de participar y tienen ganas de estar. Yo los trato de exprimir, sobre todo los que vienen del exterior, es un esfuerzo traerlos, en particular ahora a los dos premios Nobel –el sudafricano J.M. Coetzee y el chino Mo-Yan–. Para los autores es el momento de encontrarse con ese lector que les hace una devolución de la lectura. Ahora están las redes, por ahí eso también puede pasar. Pero el contacto del escritor con el lector, presencial, es un momento exclusivo de la feria.

R: Los escritores valoran el carácter independiente que tiene la feria, y que no estamos alineados con ningún bando. Saben que representamos la pluralidad y la bibliodiversidad de la Argentina. Saben que se pueden expresar con libertad, sin censuras de ningún tipo ni calaña, con las únicas restricciones en temas que vulneren los derechos humanos. Diferente de la industria editorial, que termina la Feria y tiene que seguir conviviendo con los gobiernos, muy especialmente los sellos de libros de texto. Hay una relación con Cultura y Educación municipales, provinciales y nacionales que quizá podemos estar o no de acuerdo en estas tres semanas, pero después debemos seguir conversando. Por eso, cada uno tiene que ir a lo que va.