En mi experiencia personal, la denominación de maestro, más allá de la edad que habitualmente la acompaña, le cabe a la perfección a dos amigos: Oscar Masotta y Carlos Gorriarena. Con el tiempo, esta idea se me fue confirmando al escuchar lo que trasmitían las personas que pasaron por su enseñanza.
Recorto arbitrariamente lo que Carlos escribe en su Autorretrato: es un tío, en este caso hermano de su madre, quien decide su vocación de pintor. Me gusta la palabra, “autorretrato”, que Gorriarena elije para bosquejar su vida.
Hay en su posición como artista una política que subvierte la encerrona del Yo cuando declara que nunca se trata de una poética personal, ya que esta siempre se transforma en la propia cárcel del artista. Afirma haber roto puentes con la realidad fenoménica. Es decir, pinta ese poco de realidad, como le gustaba decir a André Breton.
En un reportaje de 1999, Raúl Santana, hablando sobre el lugar del artista en la sociedad contemporánea, le pregunta: “¿Cuál sería su postura frente al compromiso que implica la cuestión creativa?”. Gorriarena responde: “Creo que es imposible autodefinir; eso le corresponde al tiempo, a la historia.Yo creo fundamentlamente en la pasión del arte; un pintor es pintor porque no puede ser otra cosa, y esto lo aplica a las diversas entregas del hombre. La pasión, aunque a veces uno se vaya al diablo por ella, siempre es un compromiso. El hecho de pintar en serio es un compromiso y eso vale tanto para un figurativo como para un abstracto. Depende de la pasión del individuo, de su relación con el objeto a pintar”. Es claro que el compromiso va más allá de cualquier escuela.
Pintor del contraste entre lo natural y lo inventado, entre lo cuidado y lo descuidado, fue un artista al que la realidad interrogaba y se le cruzaba en cada pincelada. Lo cito, armando un rompecabezas de sus afirmaciones: “Considero infinitos los caminos hacia la realidad, que es siempre móvil y fluctuante. Yo considero que un pintor debe estar situado en el centro de los acontecimientos artísticos, culturales, sociales y políticos de su época”. Esto no quiere decir que él se definiese como un pintor social. No hace una pintura política meramente referencial de la realidad, sino que representa la política practicando una política de la pintura.
Haber conocido a Gorriarena se lo debo a la generosidad de Raúl Santana. Respecto a anécdotas personales, nos juntábamos a cenar una vez por semana o cada quince días en el Club Vasco Francés. Ellos dos, Jorge Jinkis y yo. Hablábamos de política, literatura, pintura y mujeres. Y los tres tratábamos de encontrar un hueco en la memoria infalible de Santana, que siempre salía invicta. Y hasta sospecho que sería motivo de envidia para el mismo Funes el Memorioso.
Siempre nos contábamos cosas de la vida. También de lo otros, ya sea con admiración o críticamente. Raramente hablábamos de lo que nosotros hacíamos.
Quedamos en encontramos para celebrar nuestros respectivos cumpleaños en en el balneario uruguayo La Paloma, el último verano que estuvo con nosotros. El de Carlos ya había sido el 20 de diciembre y el mío era la última semana de enero. No pudo ser. Se fue una semana antes. Un 16 de enero de 2007.
Nuestra revista, Conjetural, tiene una tapa con Gorriarena. En el número 55 de septiembre de 2011 está la pintura en la que puede verse a la madre de Gorriarena, con un sombrerito amarillo y zapatos azules. El título: 1925 Retrato imaginario de mi madre. 2003.
Yo, en blanco y negro, tengo otro retrato de la madre de Gorriarena: 1925. La encuentro parecida a la mía. Por supuesto, una cuestión estética de la época.
Conservé durante años un mensaje suyo en el contestador telefónico. Sabiendo que mi madre estaba enferma, Carlos dejó una serie de recetas, dietas, indicaciones sobre lo que debía comer. Esa calidez era un rasgo de su generosidad.
También le agradezco haber ilustrado una edición de mi libro El frasquito. Esos dibujos a la sombra y a la luz de los cuales escribo en mi escritorio.
Todos los días en el lugar donde trabajo veo el retrato de Freud con un lápiz en la mano, cuya punta es roja. Ese detalle, hace que la mirada, magnetizada, se dirija inevitablemente hacia ese color que ilumina el cuadro.
Me pregunto, por qué no le pregunté: “¿Cómo titulás tus pinturas?”.
Por los pintores que pasaron por su taller, me enteré de que titulaba sus obras después de haberlas terminado.
Entonces, cada vez que su libro me encuentra en la biblioteca, voy a sus cuadros como la primera vez para detenerme en los títulos.
Elijo para los títulos una pintura de 2001: Vestir al desnudo. Una mujer semidesnuda está calzándose una bota. Que eligiera decir desnudo, y no desnuda, revela para mí cómo la pintura introduce en el mundo desnudo aquella tela humana que lo viste.
Sus títulos nunca son un catálogo, un vértigo de las listas; sí hay en sus pinturas series o secuencias. Sospecho que cada vez era cada vez.
Quiero evocar el nombre de una pintura de 1982: Sobre una blanca pared. Unas espaldas uniformadas están arrastrando un cuerpo. Eso me lleva directamente a lo que decía Gorriarena: “Cuando se cuelga un cuadro, la pared se debe venir abajo”.
Otra pintura de 2001: El viento mueve las cortinas, es el título justo para describir la sensación que me invade cada vez que me cruzo, o me intercepta, un cuadro de Gorriarena.