A un siglo de su primera edición, Molino rojo continúa siendo uno de los libros más singulares de la poesía argentina del siglo XX. Publicado en 1926, el primer libro de Jacobo Fijman (1898-1970) no sólo atravesó el tiempo: también atravesó las interpretaciones que intentaron fijarlo. Su vigencia no reside en la leyenda que acompañó a su autor, sino en la fuerza de unos poemas que todavía conservan una capacidad intacta de extrañeza.
Los años veinte fueron un período de extraordinaria renovación poética en nuestra lengua. Mientras aparecían Trilce, de César Vallejo, y Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo, la poesía buscaba nuevas formas de percepción y una relación distinta con la palabra. En Buenos Aires, Fijman participó del grupo de la revista Martín Fierro, junto a los protagonistas de la nueva literatura argentina. En ese clima publicó un libro que participaba de la transformación vanguardista pero que, al mismo tiempo, escapaba de sus límites. Impreso en septiembre de 1926 en los Talleres Gráficos El Inca, con una tirada de 502 ejemplares, Molino rojo fue publicado por Manuel Gleizer y concebido también como objeto artístico: la cubierta estuvo a cargo de Pompeyo Audivert y el volumen incluyó xilografías de Audivert y José Planas Casas. El propio Fijman explicaría años después el origen del título: “Molino rojo recuerda la demencia, el vértigo. Yo buscaba un título para esa obra que significara mis estados. Y reparé en un molino viejo que tenía en la cocina”. Poco después, en enero de 1927, Fijman viajó a Europa, donde entró en contacto con el clima de las vanguardias parisinas y el surrealismo.
La singularidad de Molino rojo comienza por su lenguaje. Sus poemas avanzan mediante asociaciones inesperadas, imágenes de poderosa densidad simbólica y desplazamientos sintácticos que alteran la percepción del lector. No buscan ilustrar una idea previa: producen, más bien, un estado de conciencia. El suyo es un discurso poético que se realiza y se desrealiza, donde la palabra deja de describir el mundo para modificar nuestra percepción de él. Detrás de la irracionalidad de sus versos existe una construcción verbal rigurosa: ritmo, repeticiones, silencios y tensiones convierten cada poema en una estructura cuidadosamente elaborada. En Fijman, la imagen poética no ilustra una idea: es una forma de conocimiento. Esa revelación se construye mediante una gradación de luz y movimiento: las imágenes no permanecen inmóviles, sino que se transforman unas en otras hasta producir la experiencia visionaria del poema. Lo sagrado aparece como una experiencia límite, una búsqueda que atraviesa el cuerpo, el dolor y la contemplación. En él, la novedad de la imagen es un salto súbito del psiquismo: una poesía-límite entre la destrucción de un mundo conocido y la revelación de una realidad nueva. Fijman vio la resurrección santa de las cosas, vio brotar el milagro del presente y en el presente vio a Dios. Anheló nada: “vuélveme al polvo, a lo que ayer he sido”. Fue bendecido por la idea suave y santa de ver y sentir el milagro de la vida en una fiesta luminosa de visiones purificadoras. La experiencia mística no llega para ordenar el mundo sino para revelarlo en su misterio. Así, su poesía no ordena el mundo: lo vuelve más extraño. También sorprende la economía del libro. Sus 41 poemas forman un conjunto de notable unidad interna. Cada pieza parece ocupar un lugar imprescindible. La condensación de sus versos produce una intensidad particular: son poemas que no se agotan en una primera lectura, porque cada regreso revela nuevas tensiones.
Existe, sin embargo, un obstáculo para leer Molino rojo: Jacobo Fijman. Dicho de otro modo: el personaje ha terminado por eclipsar al poeta. Pocos autores en la literatura argentina han debido soportar una leyenda biográfica tan persistente. Antes que los poemas, suelen comparecer las anécdotas; antes que la voz, el mito; antes que el libro, la leyenda. En vida publicó solamente tres libros de poesía: Molino rojo (1926), Hecho de estampas (1929) y Estrella de la mañana (1931). Luego, la retirada interior absoluta. En 1942 fue internado en el Hospital Borda. Sin embargo, incluso en las condiciones más adversas, Fijman no abandonó la escritura. Desde fines de la década de 1960 comenzó a consolidarse una imagen que, con el tiempo, ocuparía más espacio que su obra: la del poeta iluminado, marginal y extraño. Esa construcción no fue ajena a algunos de sus propios exegetas, quienes, al reconstruir su figura, contribuyeron también a fijar una lectura atravesada por la excepcionalidad biográfica. Poco a poco, la anécdota desplazó a los poemas; el padecimiento biográfico, a la elaboración verbal; el personaje, a la escritura.
Ese proceso no implica negar la excepcionalidad de una vida marcada por experiencias extremas. El problema aparece cuando esa fascinación termina reemplazando aquello que explica la permanencia de Fijman: una poesía de notable precisión y potencia imaginativa.
A cien años de su aparición, volver a Molino rojo implica restituirle su autonomía. Leerlo antes que explicarlo. Suspender la tentación biográfica para escuchar una voz que no necesita ninguna leyenda que la justifique. Propongo una obra reunida sin prólogos, notas biográficas ni cronologías. Ni siquiera las fechas de nacimiento y deceso. Literalidad absoluta.