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CULTURA / entrevista a valerie mrejen
domingo 7 octubre, 2018

De paseo con el fantasma

Novelista, artista plástica y audiovisual, Valérie Mréjen es una de las escritoras europeas del momento. La editorial Periférica ha publicado en español cuatro de sus obras. Antes de su arribo al país para participar de una nueva edición del Filba, que arranca la semana próxima, la autora parisina dialogó con PERFIL.

María Eugenia Villalonga

Mrejen. Nació en París en 1969. Se trata de una de las escritoras y artistas visuales más destacadas de la Europa actual. Foto: stephanie solinas

Próxima a desembarcar en Buenos Aires como invitada al Filba y con cuatro títulos recientemente publicados en nuestro país por la editorial Periférica, la escritora francesa y artista audiovisual Valérie Mréjen habló con PERFIL sobre su obra, que gira alrededor de unos lazos familiares tironeados entre el amor y el desamor, donde la incomunicación, los malentendidos, los mandatos y los clichés resultan su materia prima.

—De las novelas que se publicaron en la Argentina, “Mi abuelo” es el texto del que se desprenden muchos de los relatos familiares. ¿Esto fue surgiendo espontáneamente o fue pensado desde el comienzo?

—Por supuesto yo había elegido la familia como tema y esperaba recuperar estas historias crueles, absurdas o más o menos secretas pero a decir verdad, la idea de escribir me vino hablando con un amigo sobre nuestros padres. Yo me escuchaba enumerar las anécdotas horribles y me dieron ganas de componer un texto denso pero que a la vez fuera cómico. Después, los recuerdos vinieron intuitivamente. Entonces yo diría que es un poco las dos cosas: como punto de partida fue una suerte de ejercicio y después las otras frases se fueron encadenando como un hilo enhebrado.

En cuanto a lo formal, las frases son como pequeñas postales en las que la enunciación reemplaza a la narración, sobre todo en Eau sauvage, donde la voz paterna pone en escena todo el universo sonoro familiar.

—¿Cómo encontró la forma de trabajar con la pura oralidad?

—Para Eau sauvage, yo tenía ganas de hacer un retrato de hombre que estuviera inspirado en mi padre. Pensé qué forma literaria darle y me dije que la manera más justa y real era escribir un monólogo compuesto de todas sus palabras repetidas desde siempre. Entonces intenté sacarlas del espacio oral y hacerlas entrar en el espacio de la escritura. Yo sentía que esas palabras eran comunes a muchos padres, así que intenté no caracterizar al narrador ni acentuar lo que dice. De hecho, la gente piensa a veces que es un retrato de mujer, de madre, y eso me parece bien.

—¿Su trabajo como artista audiovisual tiene relación con tu literatura o son dos caminos separados?

—Los dos están ligados, por supuesto. Es misterioso esto de los temas porque uno no los elige, ellos se imponen. Después uno se da cuenta de que nuestro trabajo habla de esto o de aquello, o el tema me lo han contado y funciona como una revelación. Los films me permiten interesarme en temas exteriores a mí, por medio del documental, cosa que sería incapaz de hacer en un libro. A veces quisiera abordar el mismo tema en paralelo, en la literatura y en el cine, porque no se dicen o muestran las mismas cosas. Estas cuestiones del soporte y de la forma no dejan de provocarme preguntas.

En Selva Negra, gran parte de la novela está narrada en tiempo condicional, con el que la protagonista imagina un reencuentro con su madre, muchos años después de su muerte. Como una suerte de viaje al futuro y a la vez, al pasado, ya que la madre es descripta como una princesa de cuento de hadas.

—¿La literatura es un modo posible de elaborar ese “maremoto de tristeza de intensidad difícil de imaginar”?

—La ficción es el único lugar, para mí, donde puedo proyectar cosas imposibles y hacerlas existir. Hay una fuerza de la ficción en la que uno se siente arrastrado. Este paseo con el fantasma, yo tengo la impresión de haberlo hecho a fuerza de haberlo leído. Cuando el diálogo con alguien ha sido interrumpido tan bruscamente, es necesario elaborar una estrategia para soportar la ausencia. Algunos rezan, hablan con sus muertos. Yo soy atea pero creo en la literatura.

—Esta novela intenta interrogar, en todas las muertes posibles, aquello que no tiene explicación: el suicidio de la madre, pero logra esquivar, a pesar de todo, la melancolía. ¿Cómo elaboró el tratamiento de la muerte?

—Hace muchos años, como mucha gente, descubrí la serie Six Feet Under. Cada episodio comienza con la muerte de algún personaje. Yo me inspiré en esa manera de tratar la muerte: en la aterradora banalidad con que la tratan las personas para quienes es algo cotidiano. Nosotros sabemos que todo el mundo muere, pero para aquellos que trabajan en una funeraria o en un hospital es una realidad de todos los días. Quise acercarme a todas las historias de muertes familiares sin neutralizar la pena pero retrocediendo algunos pasos para mirar las cosas con un poco más de distancia.

—¿Está trabajando en algún proyecto en este momento?

—Preparo un documental sobre estudiantes de bellas artes. Quisiera seguir a cinco o seis estudiantes durante dos años, ver emerger su trabajo y la forma como el discurso lo elabora. Como yo estudié bellas artes, es una cuestión que me interesa particularmente y a la que un artista siempre se enfrenta: ¿cómo hablar de lo que se hace, qué se busca, qué se experimenta sin saber mucho hacia dónde se va? Es un ejercicio difícil. Y estoy a punto de comenzar, paralelamente, un libro sobre ese momento, una suerte de diario de una estudiante de bellas artes.


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