El Día de los Reyes Magos conmemora la Epifanía, momento en que la tradición cristiana celebra, cada 6 de enero, la manifestación de Jesús ante los pueblos gentiles, representados por los sabios de Oriente.
Su origen se remonta a los primeros siglos del cristianismo, vinculándose directamente con el relato del Evangelio de Mateo. En los textos sagrados, no se especifica que fueran reyes ni que fueran tres; se les describe como "magos" (del griego magoi), término que en la antigüedad designaba a hombres sabios, astrónomos o sacerdotes. Estos personajes seguían una señal estelar que simbolizaba la búsqueda de la verdad universal. Fue recién en el siglo III cuando el teólogo Orígenes propuso que eran tres, basándose en el número de presentes ofrecidos al Niño Jesús.
A lo largo de la Edad Media, la figura de estos visitantes experimentó una transformación iconográfica y simbólica fundamental para la Iglesia Católica. Fue en el siglo VI cuando aparecieron por primera vez los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar en el mosaico de la basílica de San Apolinar el Nuevo, en Rávena. Cada uno de ellos comenzó a representar las tres edades del hombre y los tres continentes conocidos hasta entonces: Europa, Asia y África.
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Los obsequios entregados por los magos —oro, incienso y mirra— poseen una carga simbólica que justifica la importancia de la efeméride en el calendario litúrgico. El oro representaba la realeza de Jesús; el incienso, utilizado en el culto divino, subrayaba su naturaleza; y la mirra, un compuesto empleado en los embalsamamientos, prefiguraba su pasión y mortalidad. Estos elementos no eran mercancías de altísimo valor en la Ruta del Incienso, sino que establecieron las bases doctrinales sobre la identidad de Cristo, fusionando las dimensiones política, religiosa y humana.
Del rito litúrgico a la festividad popular
La transición de una festividad estrictamente religiosa a una celebración popular centrada en los niños comenzó a gestarse en España durante el siglo XIX. En 1866, se celebró en la localidad de Alcoy la primera cabalgata de reyes de la que se tiene registro, un desfile que pretendía escenificar la llegada de los soberanos a la ciudad. Esta costumbre se expandió rápidamente por toda Hispanoamérica, adaptándose a las particularidades locales pero manteniendo la esencia del desfile. La víspera del 6 de enero se convirtió así en una noche de vigilia con la expectativa por los regalos.
En el contexto internacional, la conmemoración varía significativamente entre las naciones de tradición católica y las ortodoxas. Mientras que en países como España, México y Argentina la entrega de juguetes es el eje central, en otros lugares como Italia la figura de la "Befana" —una anciana que reparte dulces— cumple una función similar pero con raíces folclóricas distintas. Por otro lado, en las iglesias orientales, el 6 de enero suele estar más enfocado en el bautismo de Jesús en el río Jordán que en la visita de los magos, demostrando la riqueza y la complejidad de las interpretaciones.
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En Argentina, la conmemoración mantiene una estructura clásica heredada de la colonización española, pero con matices propios de la convivencia social. La tradición de dejar los zapatos junto al pesebre o la puerta, acompañados de agua y pasto para los camellos, refuerza el vínculo entre el relato bíblico y la naturaleza. Aunque no es un feriado nacional inamovible, la actividad comercial y social se detiene en torno a la mesa familiar, donde el consumo de la "Rosca de Reyes" actúa como el cierre simbólico del ciclo navideño, marcando el fin de las festividades de invierno o verano.
Finalmente, la arqueología y la historia han intentado dotar de realidad física a estos personajes. En la Catedral de Colonia, Alemania, se encuentra el Relicario de los Tres Reyes, que según la tradición contiene los restos de los magos trasladados desde Milán en el siglo XII. Aunque la veracidad histórica de las reliquias es materia de debate académico, su existencia convirtió a Colonia en uno de los centros de peregrinación más importantes de Europa.