jueves 07 de julio de 2022
CULTURA La ciudad pensada XX

Einstein en Buenos Aires

En 1925, invitado por la UBA, el célebre físico alemán desembarcó en Buenos Aires para brindar una serie de conferencias sobre su afamada Teoría de la Relatividad. ¿Cuáles fueron sus actividades durante su estancia en la ciudad?

26-11-2021 12:55

El barco llegó a su destino. El 2 de marzo de 1925 el Cap Polonio atracó en el puerto de Buenos Aires. Su travesía comenzó en Hamburgo. Del navío recién llegado irrumpió un hombre de mediana edad, cabellera ensortijada, expresión simpática, frente despejada. Albert Einstein sonrió en la dársena de desembarco a quienes lo recibían.    

Una colmena de entusiastas periodistas obtuvo fotografías e imágenes para inmortalizar el momento.     

    

La preparación de una visita única   

El ingeniero francés Jorge Duclout, profesor de ingeniería de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires (UBA), lo mismo que el ilustre visitante, estudió en el Instituto Politécnico de Zúrich, y fue el primero en dictar una conferencia sobre la teoría de la relatividad en Sudamérica. Duclout fue quien, en 1922, propuso la invitación de Einstein para dictar una serie de conferencias sobre su afamada teoría.    

La difusión de la teoría de la relatividad ya había despuntado aquí cuando en 1924 el gran ingeniero Enrique Butty, rector de la Universidad de Buenos Aires en 1930, publicó una Introducción filosófica a la teoría de la Relatividad.   

Además de la UBA, la Asociación Hebraica Argentina (hoy Sociedad), se sumó a la invitación de Einstein por estimarlo representante de altos valores morales e intelectuales. Leopoldo Lugones también contribuyó a la convocatoria.   

Así, cuando el Obelisco no era todavía una imagen de postal de la ciudad, a ésta llegó no solo un personaje célebre sino también un símbolo de la ciencia moderna.     

   

Un itinerario nacional y sudamericano   

El científico más popular en el siglo XX había nacido en la bella ciudad alemana de Ulm, a orillas del Danubio, en 1879. Para cuando era un humilde empleado en la Oficina de Patentes en Berna, Suiza, y luego de completar su doctorado, en 1905, elaboró la teoría de la relatividad especial, en cuyo contexto emergió la ecuación más difundida de la física: la equivalencia masa-energía, la icónica E=mc². Era el llamado annus mirabilis  (“año milagroso”), en el que además de otras contribuciones a la física teórica, escribió su fundamental artículo sobre el efecto fotoeléctrico, uno de los pilares de la mecánica cuántica. Por este trabajo, y otros aportes, Einstein recibió el Premio Nobel de Física en 1921.   

En sus conferencias en Buenos Aires, su modo de exposición era flexible, abierto a las participaciones del público, a sus preguntas y comentarios. Su estancia en Argentina duró dos meses.   

En la ciudad de la Plata, inauguró el año académico de 1925. Allí investigaba un notable físico compatriota del visitante, Ricardo Gans, creador de una importante revista científica de la Universidad de La Plata. Gans y sus alumnos organizaron una reunión científica en honor de Einstein, quien además tuvo tiempo para visitar el por entonces prominente Museo de Historia Natural.   

Pasó por Rosario, y Córdoba, donde dio dos conferencias en la Universidad Nacional, y también conoció las sierras cordobesas y el Lago San Roque. Visitó incluso La Falda, donde disfrutó de un banquete en el legendario hotel Edén. Y en la capital cordobesa coincidió con su amigo, el notable Georg Friedrich Nicolai, que primero fue profesor de fisiología en la Universidad de Berlín, y que en ese momento enseñaba en la Universidad de Córdoba, en la Cátedra de Filología. Nicolai y Einstein compartían un intenso pacifismo, una profunda aversión a la guerra. En octubre de 1914, con la Primera Guerra Mundial ya desatada, Nicolai publicó el Manifiesto a los europeos, luego incluido en su obra La biología de la guerra, alegato pacifista que solo fue firmado por tres intelectuales, uno de ellos Einstein.    

Einstein recorrió el país en tren, en cuyas estaciones, en muchos casos, las colonias judías lo agasajaban. Visitó también Brasil y Uruguay. En el país carioca, lo deslumbró la vegetación selvática que “supera los sueños de las mil y una noches”, y “la deliciosa mezcla étnica de la gente”, según consignó en su Diario de viaje. Mucho tiempo después fue rescatado el documento escrito por Einstein en Brasil, el texto original de la presentación hecha por el físico ante la Academia Brasileña de Ciencia en Rio de Janeiro sobre la teoría de la luz.   

En Montevideo repitió su rutina de charlas, conferencias multitudinarias en la Universidad, homenajes de la comunidad alemana y judía y otras, y paseos por la rambla, y su famoso encuentro con el filósofo Carlos Vaz Ferreira, recordado hoy por un grupo escultórico en un banco de la Plaza de los Treinta y Tres en la Av. 18 de Julio, lugar del diálogo entre el físico y el filósofo.    

Desde su primer día en Buenos Aires, Einstein se alojó en el barrio de Belgrano, en la fastuosa casa del exitoso comerciante de origen judeo alemán, Bruno Wassermann. Allí pasó un mes en un lugar imponente que contrastaba con sus hábitos más humildes. Wasserman también tenía una residencia de vacaciones en Llavallol. Por eso el físico germano, luego nacionalizado suizo y norteamericano, descansó varios días en el bosque Santa Catalina, hoy reserva natural municipal, en el partido de Lomas de Zamora.    

   

Einstein en Buenos Aires    

Para 1925, Buenos Aires gozaba del primer subterráneo de Latinoamérica, la Línea A, construida en 1913; al edificio del Congreso Nacional aún le faltaban dos décadas para su conclusión; la Avenida de Mayo inaugurada en 1894 ya había sido el marco de las fiestas del Primer Centenario. Tiempos en los que muchos observadores, nacionales y extranjeros, imaginaban un futuro dorado para el “granero del mundo”.    

Esto último lo suscribió Einstein en su diario de viaje; y percibió a Buenos Aires como cómoda, pero aburrida. Y un mes luego de su arribo sobrevoló la ciudad en un Junker de la marina alemana que se encontraba circunstancialmente en estas latitudes del sur. Su primer vuelo cuando la principal forma de desplazamiento todavía era por mar y tierra.    

Y ni bien arribado fue conducido a los Boques de Palermo (en ese entonces émulo del Bois de Boulogne parisino o del Central Park neoyorquino), y al Mercado de Abasto, que treinta años después sería recordado por una famosa película protagonizada por Tita Merello.    

Y también visitó los talleres del diario La Prensa, para el que, luego veremos, escribió un importante artículo. Recorrió escuelas, hospitales, orfanatos, y un periódico de la comunidad judía. Estuvo, asimismo, en Tigre, y en Ezeiza para departir con el ingeniero Ducluot.   

Sus conferencias lo desplazaron entre el Salón de Actos del Colegio Nacional Buenos Aires, el Hotel Savoy, la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, cuyo decano era en ese momento el filósofo Coriolano Alberini; y también fue recibido con honores en la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.   

Pero el lugar de su mayor predilección en la ciudad quizá fue el Tortoni. En el histórico bar, el más antiguo de la ciudad, en Avenida de Mayo, Einstein disfrutó de su ambiente singular que atrajo a otras grandes personalidades.   

Y un descanso reparador encontraba en la mansión de Wasserman, hoy la Embajada de Australia en cuya esquina de Villanueva y Zabala se encuentran dos placas que recuerdan su paso por la Reina del Plata.    

   

Einstein y Lugones   

En la época de la visita de Einstein existía el Comité de Cooperación Intelectual de la Liga de las Naciones, un ámbito de importantes discusiones entre personalidades intelectuales de la que participaron Einstein, Madame Curie, Henri Bergson, y también, sí, Leopoldo Lugones, entre otros. En 1923 Einstein había renunciado a este organismo como protesta ante la reocupación de la región del Ruhr por el ejército francés el año anterior. Pero antes de su visita a Buenos Aires se reintegró a ese Foro internacional en el que conoció a Lugones, quien fue enviado como representante de la Argentina.    

Einstein conocía el ensayo de Lugones: El tamaño del espacio: Ensayo de Psicología Matemática, publicado por El Ateneo, en 1921; conferencia que había dictado el 14 de agosto de 1920 en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), y que fue incluida en ediciones posteriores de Las fuerzas extrañas, la obra de Lugones fundacional de la literatura fantástica argentina, en 1907.   

Lugones, el poeta modernista de Lunario sentimental, socialista en su juventud y partidario de “la hora de la espada” de un nacionalismo autoritario en su madurez, el que en su conferencia El payador (El Ateneo, 1916), propuso al Martín Fierro como arquetipo del ser nacional. De Edgar Allan Poe y su ensayo cosmológico Eureka obtuvo la inspiración del literato que se entrega a especulaciones sobre la naturaleza y origen del universo. Así el poeta cosmólogo Lugones en El tamaño del espacio discurre sobre las ideas de Einstein, divulga su teoría de la evolución, lo llama el “moderno Newton”, incluye gran cantidad de datos de física, astronomía, química, fisiología, alude a muchos científicos como Gauss, Laplace, Riemann o Poincaré, y, con errores incluidos, introduce sus propias ideas en un estilo siempre grandilocuente.    

Y critica el superado paradigma del espacio y tiempo absoluto newtoniano; y piensa un universo esférico y finito tal como el primer modelo cosmológico relativista, cuyo tamaño podría ser calculado, y que luego habría sugerido, equivocadamente, que en esta idea antecedió al propio sabio alemán.   

Y además, Lugones adhería a la teosofía, una corriente espiritualista que unía Oriente y Occidente y que subordinada la ciencia dentro del mensaje teosófico como saber unificador superior.    

Luego también impulsó la visita del físico a la Argentina. Y el 1 de marzo de 1925, en la noche del día en el que sobrevoló la ciudad de Buenos Aires, Einstein compartió su única cena privada en el país con Leopoldo Lugones, luego de una caminata por la calle Florida.    

Seguramente por cortesía el científico visitante le habrá hecho creer al poeta argentino que éste podía intercambiar ideas con él de igual a igual sobre la naturaleza física del universo.      

   

Las ideas de Einstein en la ciudad de Borges    

La fama de Einstein realmente estalló en 1919. Para la teoría de la Relatividad general, de 1915, el espacio se curva por la fuerza gravitatoria. Una nueva teoría de la gravedad, y una cosmología. La luz debe aparecer curvada por el campo gravitatorio solar. Esto solo podría verse durante un eclipse, caso contrario el brillo solar hace invisible este efecto.    

El 29 de mayo de 1919 se produjo un eclipse solar. El astrofísico Arthur Stanley Eddington se trasladó a la isla de Príncipe, cerca de África, para observarlo. Entonces pudo fotografiar la luz de las estrellas en torno al sol. Y comprobó así el efecto de curvatura de la luz. Así se dio la comprobación experimental de una predicción teórica. Momento de gloria para la ciencia y para Einstein. Desde entonces el fulgor de su aura legendaria nunca decrecerá.     

Como fenómeno cultural, la ciudad de Buenos Aires fue así participe de la difusión de la teoría de la relatividad, por su propio autor, en la cresta de su ola expansiva. Era también la participación en una revolución filosófica que supuso el paso del modelo de la mecánica newtoniana a un nuevo paradigma en el que el tiempo y el espacio no son absolutos, sino relativos a la ubicación de un observador en un sistema de referencia determinado. Por ejemplo, para un viajero que se desplaza a la velocidad de la luz la medida del tiempo será distinta respeto al tiempo de otro observador que permanece en la Tierra.     

Y Einstein despliega todas las aristas de su cosmovisión como libre pensador en El mundo como yo lo veo (Tusquet, 2005); y su nueva física la expone como la resolución de un enigma detectivesco en La física aventura del pensamiento (1938), escrito junto con al físico polaco Leopod Infeld.   

Y en una famosa carta emergió también el Einstein como espíritu religioso. Frente a la pregunta de si creía en Dios respondió que sí, pero en el Dios de Spinoza, el famoso filósofo judeo-holandés del siglo XVII. Este Dios es el orden divino que se expresa por las leyes universales de la naturaleza, lo opuesto de un Dios personal que ordena, castiga, y al que se le puedan dirigir rezos y oraciones.     

Una mentalidad científica y religiosa a la vez entonces, para la que el universo no pierde su misterio, y para la que el conocimiento de la ciencia es solo inicial e insuficiente, y que demanda siempre la curiosidad del niño para no cejar en la busca de las doradas manzanas del saber.    

        

Un pensador pionero de la unidad europea en Buenos Aires.    

En el día anterior a su desembarco en Buenos Aires, el diario La Prensa publicó el artículo de Einstein titulado "PanEuropa", texto en el que crítica los nacionalismos, y se manifiesta como defensor de una comunidad europea al menos a nivel cultural.    

Luego, sus exposiciones en Buenos Aires ante un auditorio múltiple constituido por intelectuales de humanidades, artistas, escritores o estudiantes universitarios. Pero fueron ciertos científicos los más fascinados. Entre ellos se encontraba un joven fisiólogo Bernardo A. Houssay, que dos décadas después sería Premio Nobel de Medicina, o el naturalista y escritor Eduardo L. Holmberg.   

   

El regreso y los recuerdos de un viaje   

Einstein, el genio excéntrico, se marchó de Buenos Aires y de la Argentina. Al final, se radicó en Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos. Su imagen de socialista causó preocupación en sectores conservadores recalcitrantes del país del Norte. Durante mucho tiempo fue investigado por el FBI. Y la llegada de la segunda guerra mundial y de las bombas atómicas, lo sumergieron en el dilema ético de apoyar o negar el uso de la energía nuclear con fines bélicos, cuya física en parte había permitido comprender y manipular. Finalmente, ante la amenaza de que los nazis lo hicieran primero, aconsejó iniciar la investigación nuclear que derivó en el Proyecto Manhattan y en las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, pero esto siempre apabulló su conciencia en sus últimos años.    

Finalmente partió en 1955 y su propio cerebro fue robado por otro científico. En ese cerebro se encendieron sus ideas sobre el universo, el Dios de Spinoza, su visión humanista; y también en esos circuitos neuronales birlados, anidaron sus recuerdos sobre su paso por una ciudad muy lejana, en un margen del mundo.   


 (*) Esteban Ierardo es filósofo, docente, escritor, su último libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad, Ediciones Continente; creador de canal cultural “Esteban Ierardo Linceo YouTube”. En estos momentos dicta cursos sobre filosofía, arte, cine, anunciados en página de Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (www.fcpa.com.ar), y cursos y actividades anunciados en su FB.