En febrero de 1996, Buenos Aires no dormía, la ciudad vibraba bajo una tensión eléctrica que mezclaba el fanatismo pop con la herida abierta de la historia política argentina. Cuando el avión privado de Madonna tocó la pista del Aeropuerto de Ezeiza, el aire parecía espesarse. No llegaba simplemente una estrella de la música a dar un concierto, sino la mujer que iba a encarnar a Eva Perón, la "abanderada de los humildes", en la ambiciosa transposición cinematográfica de Alan Parker.
Se calcula que más de 5.000 periodistas y fotógrafos se movilizaron para cubrir su arribo, mientras cientos de fanáticos y militantes se agolpaban en los alrededores del aeropuerto y del Hotel Hyatt. La ciudad se transformó de inmediato en un hormiguero mediático y político.
El desafío no era menor: Madonna debía convencer a un país escéptico de que su interpretación no sería una profanación, mientras el gobierno de Carlos Menem mantenía una postura ambivalente entre la apertura al mundo y el respeto por la ícono justicialista.
Cada movimiento de la cantante, desde sus salidas custodiadas hasta sus ensayos vocales, era diseccionado. El rodaje generó un impacto económico inmediato: hoteles completos, aumento del turismo y contrataciones de técnicos, mientras la cobertura alcanzó picos de audiencia que superaron los 70% en los canales de noticias nacionales.
El asedio de la Recoleta y la diplomacia del carisma
La estancia de Madonna en el Palacio Duhau convirtió el barrio de la Recoleta en un estado de sitio mediático. La producción lidiaba con permisos municipales y protestas de sectores que veían el musical como una afrenta al peronismo. Mientras, la actriz desplegaba una estrategia de mimetismo y discreción inesperada de la reina del pop. Durante las primeras jornadas, cientos de curiosos pasaban horas bajo el sol con la esperanza de ver un movimiento de cortinas.
El verdadero giro se produjo cuando Madonna, consciente de que necesitaba el balcón de la Casa Rosada para la veracidad de la obra, inició gestiones que rozaron la alta diplomacia. La reunión con el presidente Menem fue decisiva: la cantante utilizó todo su magnetismo para desarmar las reticencias del mandatario, quien finalmente cedió ante la magnitud de la producción internacional.
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Este acceso al corazón del poder político transformó la percepción de la opinión pública, que empezó a ver en el rodaje una oportunidad de proyección global para el país. Las calles de San Telmo y la Plaza de Mayo se poblaron de extras vestidos con ropas de los años cuarenta, creando una atmósfera donde la realidad y la ficción cinematográfica se fundían frente a los ojos de transeúntes fascinados.
La transformación de la Plaza de Mayo en un set de historia
El clímax llegó cuando las cámaras se encendieron en la histórica Plaza de Mayo, escenario natural donde Eva Duarte había forjado su leyenda. Miles de extras caracterizados como los "descamisados" clamaban por su líder bajo luces de neón y reflectores de gran escala. Madonna, ya completamente imbuida en el papel, aparecía en los balcones de la Casa de Gobierno luciendo los icónicos peinados y vestidos que definieron la estética de la primera dama.
El silencio que caía en la plaza al iniciar cada toma era sepulcral, solo roto por las notas de Don't Cry for Me Argentina resonando contra las fachadas históricas. Este momento representó una catarsis colectiva: los mismos sectores que semanas atrás pintaban paredes con la consigna "Fuera Madonna" ahora se agolpaban para presenciar la reconstrucción de un pasado aún doloroso.
La meticulosidad de Alan Parker y la entrega profesional de Madonna, trabajando jornadas extenuantes bajo el calor húmedo de Buenos Aires, ganaron el respeto de técnicos locales y escépticos.
Al caer la noche, cuando el rodaje se trasladaba a interiores o a estaciones de tren que simulaban el viaje fúnebre de Evita, la ciudad sentía que formaba parte de algo más grande que una película. Buenos Aires no solo prestó sus calles, sino que entregó su mística, permitiendo que Madonna dejara de ser la estrella de MTV para convertirse, durante ese verano inolvidable de 1996, en la reencarnación fílmica de la mujer más poderosa que había dado la tierra argentina.
El rodaje contó con un presupuesto aproximado de 70 millones de dólares y generó un impacto mediático que trascendió el país, consolidando a Evita como un hito del cine internacional rodado en Argentina.