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CULTURA / Entrevista a Carlo Rovelli
sábado 25 agosto, 2018

“En el universo no somos más que migajas insignificantes”

En 2016 publicó un volumen delicioso de indagación científica que se convirtió rápidamente en un éxito de ventas. Con una prosa sencilla y cautivante, despliega en sus lecciones un mapa de la física moderna desde una perspectiva filosófica. Ahora, en su nuevo libro, indaga en los enigmas que circundan al tiempo y a nuestra existencia. Entrevista exclusiva con el divulgador científico del momento.

Fabián Soberón

Planteo. Para Rovelli no hay un tiempo absoluto, como creía Newton; el universo no posee una dirección temporal y no existe un presente común en el cosmos. Foto: cedoc

Carlo Rovelli es un físico inusual. Lector de poesía y filosofía, en sus libros analiza cuestiones claves de su disciplina desde una perspectiva que integra la reflexión filosófica, el budismo, y la poesía de Lucrecio y Horacio. Tanto en Siete breves lecciones de física como en El orden del tiempo, el autor atiende a preguntas que se han hecho los filósofos desde la antigüedad y a cuestiones que atañen a la física moderna. Su pensamiento, expuesto de modo claro, arriesga hipótesis sobre el universo, el tiempo y el lugar del hombre en el cosmos.

Siete breves lecciones de física surge de las columnas que escribía para el diario Il Sole 24 Ore. Desde la plataforma del periodismo, contribuye a atacar la ignorancia del público no científico. Para Rovelli la difusión del conocimiento científico tiene una dimensión política “porque la falta de cultura científica y el escaso valor que se otorga a los instrumentos de conocimientos  provistos por la ciencia, lleva a cometer errores, tanto en la vida individual como en la vida social. A menudo, estos errores son más visibles cuando los cometen los otros. Por ejemplo, existen estados africanos que han dejado explotar epidemias como el SIDA solo por desconfianza hacia la medicina científica. Ahora están tremendamente arrepentidos. Sin embargo, errores similares se cometen en muchos países.”

En las Siete breves lecciones brinda un panorama variado y amplio de la física moderna. Para Rovelli, la “última” teoría física aún no ha dado un modelo explicativo de ciertos fenómenos, aún no se ha producido la deseada unificación de las teorías fundamentales. En cierta medida, nuestro conocimiento es insuficiente: “Sabemos muchísimas cosas acerca de cómo  funciona el mundo. Nuestras sociedades modernas han podido desarrollarse gracias a este conocimiento. Sin embargo, aún nos falta muchísimo por conocer”.  

Las lecciones sobre física pueden ser leídas como un poema sobre la historia de las teorías sobre el universo. El libro es una especie de elegía alegre (valga el oxímoron) y a la vez un canto sereno, vital, un canto que sostiene la idea de que el hombre es parte de la naturaleza, parte inseparable de la compleja trama del cosmos: “Ah… ¡usted lo ha dicho mejor que yo! ¡Gracias! El hecho de formar parte de la naturaleza, de ser mortales, de estar limitados en nuestros conocimientos no es motivo de tristeza. Al contrario, torna a la vida preciosa, la vuelve más nuestra. No estamos exiliados en este universo, estamos en nuestra casa.”

Es impactante leer cómo las lecciones despiden de un plumazo algunas ideas de filósofos como Kant y Heidegger. Sin embargo, a diferencia de Stephen Hawking, quien considera que la filosofía ha muerto, Rovelli piensa que la filosofía no es el resultado indirecto de la ignorancia que tienen aún los físicos: “Pienso que la filosofía es muy útil también para la ciencia: no se puede dejar de lado el pensamiento filosófico para seguir avanzando. La importancia de los grandes filósofos como Kant se engrandece si descubrimos después que el mismo Kant ha cometido algunos errores. Por otro lado, sus errores se han señalado ya hace tiempo, y no soy yo el primero en evidenciarlos. La mejor filosofía es aquella que escucha a la ciencia de su tiempo, y la tiene en cuenta, tal como han hecho los grandes filósofos del pasado; y no como Heidegger, quien es profundamente ignorante de la ciencia y no entiende su sentido.”

Rovelli se refiere al tamaño de nuestra ignorancia. Es consciente de que la vida breve del hombre ocupa un mínimo lugar en el cosmos. A pesar de esa constatación, no cree que eso deba ser motivo de sufrimiento. A su vez, reconoce las limitaciones y las virtudes de la ciencia: “Existen muchas preguntas a las que la ciencia ha ya dado su respuesta, otras a las cuales probablemente responderá y otras que son muy complicadas y a las cuales, probablemente, no sabremos responder. Y sobre todo, hay muchas preguntas que son simplemente preguntas equivocadas. En este caso es necesario salvarse de ellas, más que buscarles una respuesta.”

Con cierta serenidad, sostiene que pertenecemos a un género de vida breve y que nuestra especie no durará mucho. No hay dramatismo en su tono y cita a Lucrecio para reafirmar un materialismo consecuente con el resto de su libro: “No solamente yo sostengo que todos nosotros tenemos una vida limitada: es una afirmación que me parece más que evidente. El hecho de que nuestra especie no durará mucho me parece una probabilidad, si continuamos sin considerar los daños ambientales que nosotros mismos causamos. Pero yo no veo nada de trágico en todo esto. La vida es breve, pero puede ser maravillosa. “Materialismo” es una palabra grande, porque  nos reenvía a la idea del Siglo XIX de un mundo hecho de piedras. La naturaleza es más compleja que las piedras. Está hecha de estrellas, de luces, de árboles, de sonrisas, de jóvenes, de emociones… Todo esto, creo yo, es  gran complejidad de la naturaleza, que es lo suficientemente rica y bella así como es; sin la necesidad de agregar cosas como un alma inmortal, un dios creador o la trascendencia más allá de la naturaleza. Todas ideas que considero fábulas sin fundamentos.”

Ante la pregunta de por qué decidió dedicar un libro exclusivamente al tiempo, responde: “porque muchos de mis lectores me pedían que profundizara más en el tema. La cuestión de la naturaleza del tiempo ha sido el centro de mi investigación científica durante toda mi vida y pienso que es fascinante.”

 En la primera parte de El orden del tiempo, da cuenta de las diferentes pérdidas en relación con el concepto de tiempo: unicidad, dirección, presente absoluto, independencia. Estas pérdidas suponen un concepto físico del tiempo que dista del sentido común. Esto nos da la impresión de que el concepto científico del tiempo confirma la insignificancia del ser humano en el universo. A esto ya lo sabíamos, pero el libro nos hace pensar de nuevo en esta idea: “Usted habla de “insignificancia”. “Insignificancia” quiere decir irrelevancia, falta de importancia, de significado, ausencia de sentido. Si nosotros cometemos el error de pensar que “el sentido” de nosotros mismos o de nuestra importancia debe provenir del exterior, del universo que nos rodea, de cosas o entidades que son externas a nosotros, entonces permanecemos desilusionados y frustrados al descubrir la irrelevancia del hombre y de su modo de pensar en el universo. Pero yo pienso que todo lo que nosotros llamamos “sentido” y todo aquello que consideramos importante viene de nosotros mismos, no del exterior. Para una madre, su hijo tiene un significado inmenso, no porque el niño haya sido elegido en el universo, sino porque lo ama. Y lo ama porque ha sido hecha de esa manera. Nuestra vida está llena de sentido para nosotros, aunque en el universo no somos más que migajas insignificantes.”

Entre las pérdidas enumeradas, está la pérdida del presente absoluto. Según Rovelli, no existe un ahora absoluto para todo el universo. Esta idea puede ser abrumadora y también desoladora. Sin embargo, argumenta que esta idea “no puede ser ni angustiante ni dolorosa. Lo es solo si queremos quedarnos pegados a las ideas pasadas y no nos dejamos sorprender por la bellísima vertiginosidad de ver el mundo con ojos nuevos.”

En uno de los capítulos más destacados del libro, dice que la idea de un tiempo uniforme, independiente de las cosas y de su movimiento no es una idea natural sino que es solo una intuición de Newton, un constructo intelectual. Así como Newton confundió intuición personal con dato objetivo, en la física contemporánea también existe un constructo consensuado acerca del tiempo y “es la idea de que también el espacio curvo y relativo de la relatividad general de Einstein es como un contenedor de todas las cosas del universo. En vez de ser solo uno de los tantos ingredientes del mundo cuántíco.”

En el capítulo 10, realiza una de las afirmaciones más contundentes: “Así pues, quizás el fluir del tiempo no sea una característica del universo: puede que, como la rotación de la bóveda estrellada, sea la perspectiva concreta del rincón del mundo al que pertenecemos”. Al pedirle que expanda esta idea, aclara que no es una idea fácil de explicar: “He escrito el libro para tratar de aclararla. Y no creo de poder hacerlo en dos renglones. En una excesiva síntesis, podría decir: el fluir del tiempo tiene que ver más con nosotros mismos que con el universo.”

 Para el autor, la inquietud frente al tiempo nos ha llevado a imaginar la eternidad y la adoración del tiempo (como lo hizo Heráclito) no nos ha ayudado a comprender el tiempo. En este sentido, pareciera que el miedo o el fervor (las emociones) nos alejan de la compresión del tiempo. Sin embargo, debemos atender a las emociones para comprender mejor lo que entendemos por tiempo: “Sí, parece que el miedo y las emociones nos alejan de la comprensión del tiempo. Pero en el libro sugiero lo contrario: para comprender qué es el tiempo para nosotros, debemos comenzar por comprender cuáles son los miedos y las emociones que el tiempo nos provoca. El motivo es que si no lo hacemos, reemplazamos nuestras emociones por cosas objetivas que están fuera de nosotros, en el mundo. Las emociones no son falsas, son verdaderas. Pero están dentro de nosotros, no en el mundo. Para comprender por qué un hermoso anochecer nos emociona debemos entendernos a nosotros mismos, no la puesta del sol.  Lo mismo vale para el tiempo.”

Rovelli arguye que podemos ver desde la física un mundo sin tiempo. Y que los humanos somos tiempo, somos memoria, somos ese “claro abierto por las huellas de la memoria en las conexiones de nuestra memoria”. En este sentido, el tiempo parece un concepto subjetivo, humano. Sin embargo, el tiempo como percepción no es solo el resultado de un componente subjetivo: “el tiempo como percepción es una combinación de muchas cosas diversas. Algunas de las cuales pertenecen a la naturaleza que está fuera de nosotros, mientras otras dependen de cómo funciona nuestro cerebro y por lo tanto, nuestras emociones.”

 No es un dato menor que Rovelli encabece los capítulos con poemas de Horacio. Como si fuera el continuador de la tradición presocrática, ante la pregunta sobre el lugar que le otorga a la poesía en relación con la verdad sobre la naturaleza, afirma: “La poesía nos enseña mucho sobre la naturaleza, pero nos enseña muchísimo más sobre nosotros mismos. Y esto nos ayuda a entender a la naturaleza.”

 

Fragmento de “El orden del tiempo,” Anagrama, 2018

 Yo creo, como sugiere Hans Reichenbach en El sentido del tiempo, uno de los libros más lúcidos sobre la naturaleza del tiempo, que fue para huir de la inquietud que nos produce el tiempo por lo que Parménides quiso negar su realidad, Platón imaginó un mundo de ideas que vivían fuera del tiempo y Hegel habló del momento en que el Espíritu superaba la temporalidad y se identificaba con el todo; es para huir de esa inquietud por lo que hemos imaginado la existencia de la “eternidad”, un extraño mundo fuera del tiempo que querríamos poblado de dioses, de un solo dios o de almas inmortales. Nuestra actitud profundamente emotiva hacia el tiempo ha contribuido a construir catedrales filosóficas más de cuanto hayan podido hacerlo la lógica y la razón. También la actitud emotiva opuesta, la adoración del tiempo, la de Heráclito o de Bergson, ha dado origen a otra filosofía, sin que tampoco ella nos haya acercado apenas a entender qué es el tiempo.

La física nos ayuda a profundizar en las diversas capas del misterio. Nos enseña que la estructura temporal del mundo es distinta de nuestra intuición. Nos da la esperanza de poder estudiar la naturaleza del tiempo liberándonos de la niebla causada por nuestras emociones.

 Pero en esa búsqueda del tiempo, cada vez más alejado de nosotros, quizás hayamos terminado por descubrir algo de nosotros mismos, tal como le ocurriera a Copérnico, que, creyendo estudiar los movimientos de los Cielos, terminó por descubrir cómo se movía la Tierra bajo sus pies. Al final, tal vez, puede que la emoción del tiempo no sea esa pantalla de niebla que nos impide ver la naturaleza objetiva del tiempo.

Quizás la emoción del tiempo sea precisamente lo que el tiempo es para nosotros.

No creo que haya mucho más que entender. Podemos plantearnos más preguntas, pero debemos estar atentos a las preguntas que resulta imposible formular correctamente. Si hemos encontrado todas las características decibles del tiempo, hemos encontrado el tiempo. Podemos gesticular incoherentemente aludiendo a un sentido inmediato del tiempo más allá de lo decible (“Sí, pero ¿por qué ‘pasa’?”); pero creo que en ese punto lo único que hacemos es confundirnos, transformar ilegítimamente términos aproximativos en cosas. Cuando no somos capaces de formular un problema con precisión, a menudo no es porque el problema sea profundo, sino porque es un falso problema.

¿Lograremos comprender el tiempo aún mejor? Pienso que sí: nuestra comprensión de la naturaleza ha aumentado de manera vertiginosa a lo largo de los siglos, y constantemente seguimos aprendiendo. Pero algo vislumbramos ya del misterio del tiempo. Podemos ver el mundo sin tiempo, ver con los ojos de la mente la estructura profunda del mundo donde el tiempo que conocemos ya no existe, como el loco de la colina de Paul McCartney ve girar la Tierra cuando contempla la puesta del Sol. Y empezamos a ver que el tiempo somos nosotros. Somos ese espacio, ese claro abierto por las huellas de la memoria en las conexiones de nuestras neuronas. Somos memoria. Somos nostalgia. Somos anhelo de un futuro que no vendrá. Ese espacio que de tal modo nos abre la memoria y la anticipación es el tiempo, que quizás a veces nos angustia, pero que al final es un don.


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